¿Hasta cuándo la derechita liberal va a seguir claudicando, obsequiosa, ante la izquierda?

Despierta

No hay muertos que gocen de mejor salud que la “derecha” y la “izquierda”. Mil veces se las ha declarado superadas, y mil veces se han mantenido en la palestra. Su combate sigue marcando el mundo; también su oposición respecto a lo siguiente: “la izquierda —dice aquí Carlos Esteban— es eficaz; la derecha, no. La izquierda tiene un plan, y se lo toma en serio. La derecha acepta mansamente el campo de juego que le ha diseñado la izquierda”. Así actúa la derecha. Entendamos: la derecha liberal, la derechona, la derechita, la pusilánime “derecha centrista”. Porque hay otra Derecha totalmente distinta, valiente y arrojada, opuesta a la anterior, para la que sería mejor encontrar otro nombre, pero a la que, a falta de ello, habría que ponerle una mayúscula.

 


 

Creo que me va a dar una apoplejía como vuelva a oír o leer la frase «no somos como ellos». Claro que no somos como ellos, es evidente que no somos como ellos. Por eso perdemos siempre, incluso cuando ganamos.

La izquierda es eficaz; la derecha, no. La izquierda tiene un plan, y se lo toma en serio. La derecha acepta mansamente el campo de juego que le ha diseñado la izquierda y se limita a poner objeciones menores y a administrar cuando le dejan.

Así es imposible. No es que no haya «moral de victoria», es que ni siquiera hay voluntad política real, con las consecuencias reales que eso significa. Nada parece gustarle más a la derecha que decir que tal o cual medida «no se puede hacer». Pero claro que se puede; la izquierda lo demuestra casi a diario.

La izquierda ha dado la vuelta a todo lo que «no se podía hacer», no a años, sino a milenios de conceptos civilizatorios aceptados, como que un hombre no puede convertirse en mujer por la mera voluntad declarativa o que un influjo masivo de extranjeros no suele acabar bien, sin que se le mueva un pulso. Y mientras culmina sus locuras, la derecha acaba aceptándolas e incorporándolas porque lo contrario “no se puede hacer”.

 

En la Asamblea Nacional Constituyente celebrada en París el 11 de septiembre de 1789 se estableció, mediante ubicación a uno u otro lado de la tribuna, la distinción “derecha” e “izquierda”

 

Sobre todo: la derecha hace declaraciones cuyas consecuencias lógicas ignora. No sé cuánto tiempo llevo escuchando que este gobierno es ilegítimo, que Sánchez es un traidor a sueldo de intereses extranjeros y lindezas por el estilo. Pero si quieren que les creamos, tendrán que actuar de forma coherente con estas declaraciones. Uno no mantiene la normalidad institucional con un traidor; si uno cree de verdad que gobierna un dictador, ya debe saber que los «cauces institucionales» no van a llevarles muy lejos.

No es cosa de aquí. En Estados Unidos, hace unos meses, la responsable de la Inteligencia nacional, ya dimitida, Tulsi Gabard, anunció públicamente que el expresidente Barack Obama podría haberse conjurado con la CIA para implicar al entonces candidato Trump en un falso caso de colusión con Rusia. Eso es alta traición. ¿Pasó algo? No, nada, ahí sigue Obama dando conferencias y declaraciones como el Maestro Yoda del Partido Demócrata. Eso no es serio.

Esta mañana me desayunaba con un montón de testimonios en redes sobre la actitud innecesariamente violenta de la policía de Marlaska contra los pacíficos manifestantes de las marchas que se han producido en toda España en solidaridad con Ceuta. Muchos establecían el apolillado contraste entre la contundencia con ciudadanos cumplidores de la ley y la cortesía entre versallesca y franciscana con los invasores de Ceuta.

¡Oh, vale, es que justo ahora nos hemos dado cuenta! ¿No hemos dicho tropecientas veces que Sánchez está en connivencia con el sultanato, que es tan implacable con los ciudadanos descontentos con su régimen como suave con los enemigos de España? ¿Y por qué da la sensación de que no nos lo creemos?

 

¿Por qué la REMIGRACIÓN es la única posibilidad de evitar la guerra entre ellos y nosotros?

Aquí se explica

Quizá sepan ya que no soy demasiado entusiasta de las manifestaciones, menos aún en una fase tan avanzada del cáncer político. Supongamos que me equivoco: aun así, los manifestantes deberían saber lo que se van a encontrar, cuál va a ser la respuesta del gobierno que hemos definido previamente como tiránico.

Mi pregunta es: ¿cuántas veces tiene que pasar exactamente lo mismo antes de que se siga denunciando como si fuera una sorpresa? Cuando alguien sigue sorprendiéndose de lo que pasa invariablemente una y otra vez, tenemos un serio problema.

© La Gaaceta

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