Sociedad y milicia

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El reciente anuncio del ex JEME Fulgencio Coll postulándose como candidato de VOX a la alcaldía de Palma de Mallorca ha vuelto a activar las tradicionales reservas patrias a la intervención de los militares —exmilitar en este caso— en los asuntos públicos. El salto desde el ámbito militar al político constituye toda una rara avis en la España setentayochista, no así en otras democracias occidentales de larga tradición, donde pervive un remedo de cursus honorum por el que una experiencia previa en las fuerzas armadas aporta un extra de prestigio al candidato político, y que es igualmente valorado por el sector privado por lo que el aspirante pueda aportar de resiliencia, responsabilidad y compromiso.

Partiendo de la máxima atribuida a

Tucídides: “La sociedad que separa a sus intelectuales de sus guerreros hará que cobardes tomen las decisiones y tontos luchen las guerras”.

Tucídides: “La sociedad que separa a sus intelectuales de sus guerreros hará que cobardes tomen las decisiones y tontos luchen las guerras”, podemos afirmar que los guerreros, nuestros militares modernos, continúan cultivando la actividad intelectual durante toda su carrera y no viven de espaldas a lo que acontece en el foro público, por más que la llamada sociedad civil, particularmente la europea, haya sido desgajada radicalmente de cualquier actividad marcial.

Los españoles afectados por la medida de supresión del servicio militar obligatorio conformamos la primera generación en la historia de la humanidad que no tenemos contacto con las nobles artes marciales, y esto no es una licencia hiperbólica, sino un hecho.

No ha existido etapa en toda la historia universal en que el hombre no haya tenido que familiarizarse con las armas para garantizar su supervivencia.

No ha existido etapa en toda la historia universal, con independencia de era, civilización o ubicación geográfica, en la que el hombre no haya tenido que familiarizarse, o más que habitualmente, recurrir a las armas para garantizar su supervivencia. Huelga decir que en toda época las armas fueron empuñadas por una infinidad de causas: por gloria, por engrandecimiento de la patria, por afán de descubrimiento y sí, también por razones desprovistas de nobleza alguna, como saccos y razzias.

Este extrañamiento forzoso entre ciudadano y milicia ha debido provocar indudablemente profundos cambios psicosociales con respecto al hombre histórico, puesto que nosotros difícilmente podemos calibrar las consecuencias de políticas arriesgadas y belicosas, al no poseer vivencias de primera mano de la crueldad e irreversibilidad de la maquinaria de guerra una vez se pone en marcha.  Paradójicamente esta inexperiencia práctica ha coincidido en el tiempo con la proliferación de la violencia abstracta en las manifestaciones populares de ocio como cine, televisión y videojuegos. Una banalización con fines lúdicos que sólo cobra sentido cuando el espectador o jugador carece de referentes experienciales para que, en lugar de rechazo, le produzca una fascinación morbosa. Atracción que no tiene relación con el embeleso metafísico de un Jünger, que veía en la guerra la ordalía por la que nuestro mundo emergería purificado de los desmanes de la industrialización, o de un Marinetti que buscaba la culminación de ese proceso por este medio, sino que se trata de una obsesión bastarda con una violencia nihilista, desnortada y superficial.

Reconectando con la actualidad, los irresponsables, por no decir suicidas, llamamientos a adoptar una “vía eslovena” por parte del presidente de la Generalidad, como si mutatis mutandis se pudiera trasladar a la realidad social, geográfica, política y militar española lo acontecido en la región balcánica hace casi 30 años, junto con el entusiasmo de cierta parte de sus adeptos por esta posibilidad, solo pueden enmascarar o bien un desprecio absoluto por las vidas que inevitablemente serán inmoladas en la persecución de tal camino, o un obtuso desconocimiento de la dificultad logística, preparatoria, sostenimiento en el tiempo, por no hablar de la brutalidad inherente a todo conflicto armado. Sin que sean incompatibles ambas realidades.

La ignorancia de los instrumentos y costumbres bélicas en nuestra sociedad posmoderna; las armas, la estrategia, la táctica, la jerarquía, la disciplina, la camaradería, la lealtad y un largo etcétera nos impide asimismo comprender la fuerza telúrica que esas herramientas humanas han permitido domeñar: la violencia primigenia.

El celebérrimo adagio de Clausewitz “la guerra es la continuación de la política por otros medios” es un postulado bidireccional y hermético. Bidireccional, porque podría argumentarse que la política no es sino la civilización de la guerra que tiene lugar en un momento histórico, en la Grecia clásica, trasladando al foro, a la disputa dialéctica, el conflicto entre iguales. Ciudadanos griegos que comprenden que no pueden poner en riesgo su esfuerzo civilizatorio en una lucha fratricida y sempiterna, y que esas energías han de canalizarse internamente mediante el ejercicio de la retórica, donde puede obtenerse una victoria decisiva a la par que incruenta. Y hermética, porque solo cobra sentido en un sistema cerrado que ha ascendido un gradiente por encima del tribalismo salvaje, donde los enfrentamientos no pueden calificarse de guerra, sino de violencia animal.

Confundidos por la falsa creencia de que con su supresión nos acercábamos a una Pax perpetua, hoy en día hemos renunciado voluntariamente, como sociedad, a un arte secular, el arte de la guerra, cuando jamás se nos ocurriría renunciar a los logros de la ingeniera, la matemática, o la astronomía, que también nos legaron los antiguos para dominar las fuerzas naturales. Esa visión programática tiene más en común con una escatología milenarista que con la planificación sensata de una civilización que pretende prosperar y sostenerse en el tiempo.  Con nuestra desidia guerrera corremos tanto el riesgo individual de hacer saltar las compuertas que contienen nuestros más atávicos y salvajes impulsos, como el de caer colectivamente derrotados, sin capacidad de réplica, frente a quienes hacen del uso de la fuerza elemento inseparable de su afán proselitista.

Prestigiar las armas, normalizar su vínculo con la sociedad y fomentar los vasos comunicantes en una doble dirección, evitará seguir los derroteros que aventurábamos en la cita inicial, y en este sentido, la toma de protagonismo de nuestros strategos en el ruedo político sólo puede ser bien recibida.

 

 

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