Las protestas estudiantiles

Ningún estudiante ha dado las gracias

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Padres, madres y estudiantes en una misma huelga lo dice todo sobre dónde y cómo estamos. Hemos caído muy bajo. Los padres no están para ir a huelgas con sus hijos, los padres no están para enseñarles a sus hijos a armar follón contra el Gobierno. Si les educamos en esta ética, y sobre todo en esta estética, de ninguna manera van a convertirse ciudadanos aprovechables. Hemos perdido el rigor, la tensión, la calidad; hemos perdido el principio jerárquico y de autoridad que vigoriza las sociedades y les da sentido, cuerpo y alma, y vitalidad.

Educar es reprimir
"Menos reprimir y más educar", decían muchas de las pancartas entre la muchedumbre. Educar es reprimir, educar es decir que no, prohibir, marcar límites, insistir en la disciplina. Sin represión no hay educación, los chavales están ansiosos de límites, aunque sólo sea para saltárselos. Educar es reprimir, aunque vivamos en una época tan balndengue e insustancial en que pensamos que todo se nos debe y creemos que no tenemos nada que aportar.
Continuamos tomando la calle con total irresponsabilidad. Continuamos azuzando a la masa, y un día ser romperán todos los cristales y no lo podremos parar. La democracia y la libertad nada tienen que ver con el tumulto y con la calle. Estamos educando a nuestros hijos en la exigencia de todo y en ninguna contención, en la reclamación sistemática y en ninguna generosidad.
No he escuchado de ningún padre ni madre ni estudiante un discurso de comprensión ante la situación en la que estamos. No he escuchado a ningún estudiante diciendo que va a tratar de atender más en clase, de ser más aplicado, de hacer con más atención los deberes para aprovechar la educación gratuita que todavía se le está dando y que es un privilegio de los países que todavía pueden pagarla.
No he escuchado a ninguna madre que lleve a su hijo a un colegio público dar las gracias a todos los que todavía pagan tantísimos impuestos, incluso en estos tiempos de dificultad, para hacer posible la enseñanza gratuita; a ninguna madre ni a ningún padre dirigiéndose en público a sus hijos y a los hijos de los españoles en general advirtiéndoles de que tienen que estar a la altura del enorme esfuerzo que tantos otros ciudadanos, a los que ni siquiera conocen, hacen por ellos.
Tal vez de este modo tendríamos una educación mejor y a unos chicos mejores. Más conscientes de las cosas, más agradecidos, más virtuosos, más nobles. Tal vez si la autoexigencia sustituyera la autocomplacencia, el nivel del debate público ganaría muchos enteros y afrontaríamos con más garantías y entereza los tiempos acibarados que vienen.
Pero sólo hay queja, sólo hay bronca, sólo este desértico “qué hay de lo mío” es lo que impera. Y luego el escándalo moral que representa que estos chicos a los que todo se les ha pagado, a los que todo se les ha regalado, a los que todo les ha sido concedido, tengan el poco sentido de la generosidad y de la decencia de salir a la calle como si encima les debiéramos algo, en lugar de aprovechar mejor los increíbles recursos que como sociedad ponemos a su disposición a cambio de una displicencia del todo impresentable y de unos resultados académicos que, por cierto, dejan mucho que desear.
Un día harán huelga los que pagan, y a ver entonces qué hace la racaille [término francés para designar a la chusma. N. de R.).

© Elmundo.es

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