En el 10.º aniversario del Manifiesto contra la muerte del espíritu y la tierra

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El 12 de junio de 2002 —se cumplen ahora diez años— se publicaba en el suplemento cultural del periódico El Mundo de Madrid, que le dedicaba su portada, el Manifiesto contra la muerte del espíritu y de la tierra. Al nombre de su autor, Javier Ruiz Portella, se sumaba, expresando su apoyo y su aliento, el de Álvaro Mutis, quien acababa de recibir pocas semanas antes el Premio Cervantes de las Letras.

Semejante manifiesto, semejante impugnación del orden de las cosas, y todo ello publicado en semejante periódico…: el revuelo que se originó fue considerable, como es fácil imaginar. Pero aún mayor fue la sorpresa cuando las adhesiones empezaron a fluir a porrillo. Tanto más cuanto que, quince días después, el mismo periódico reincidía publicando otras dos páginas en las que destacados filósofos y escritores españoles (Eugenio Trías, Rafael Argullol, Juan Antonio Rodríguez Tous y José Luis Molinuevo) respondían a las preguntas de El Mundo y expresaban su simpatía con las inquietudes planteadas por el Manifiesto.
 
Gracias a la colaboración de Leddys Valdés se abrió entonces una rudimentaria web (nada que ver con la actual) a través de la cual se canalizaron las firmas que estaban llegando sin parar: unas 1.500 nada más que en aquellos primeros días (luego, con el correr de los años llegarían a las 6.000 actuales, aunque tampoco se ha hecho ninguna campaña especial para incrementarlas). Pero más importante que el número de firmas eran los mensajes de simpatía que nos llegaban: procedían de una gran cantidad de personas que, creyéndose solos en su malestar frente al mundo, habían descubierto en la lectura del Manifiesto un eco a su inquietud y una luz para la esperanza. Y lo más significativo: tales adhesiones y tales mensajes provenían de personas situadas en todos los horizontes políticos, ideológicos y sociales. Eran gentes de izquierdas, de derechas o de nada; católicos, agnósticos, ateos, paganos…; ciudadanos de a pie o significados intelectuales.
 
Al mismo tiempo que el Manifiesto contra la muerte del espíritu y la tierra se traducía y publicaba en otros ocho idiomas, empezaban a organizarse una serie de actividades en diversos puntos de España: curso en la Universidad de Verano en El Escorial (agosto de 2003), conferencias y coloquios en el Ateneo de Madrid y en la Fundación Botín de Santander, actividades que concluyeron en el mes de octubre de 2004 con la publicación del número 1 de El Manifiesto, revista trimestral difundida a través de los kioscos de toda España (sus números se pueden hoy consultar en línea), la cual sería sustituida, a partir del mes de abril de 2007, por el periódico digital que ustedes, amigos lectores, ya conocen.
 
Ésta es la historia de lo acontecido hace diez años. De ello cabe extraer diversas lecciones. Fundamentalmente dos. La primera es la de que no estamos en absoluto solos. Somos numerosos, pese a las apariencias, quienes compartimos la misma inquietud básica ante la pérdida de sentido del mundo. No sólo somos numerosos: también somos profundamente heteróclitos quienes nos situamos en tan variopinto abanico de ideas y tendencias.
 
Pero hay otra lección más importante aún. A partir de nada, contando con cero medios técnicos y con cero medios económicos, situándonos en un entorno hostil y disponiendo de la mera fuerza de la palabra, se ha conseguido llegar hasta donde se ha llegado. Si tal cosa ha sido posible es gracias a haberse producido una milagrosa y fugaz aparición en uno de los periódicos de mayor tirada de nuestro país. Si en tan precarias condiciones se ha llegado adonde se ha llegado, cabe imaginarse adónde sería capaz de llegar un pensamiento alternativo que contara con los medios económicos y de comunicación con los que cuenta el pensamiento ortodoxo y políticamente correcto que hoy lo invade todo.
 
Desde este punto de vista, nada ha cambiado en el curso de los diez años transcurridos. Y, sin embargo, muchas son las cosas que han cambiado desde aquel mes de junio de hace ahora diez años, cuando imperaba una bonanza económica que entonces parecía inconmovible y que hoy está quebrantada.
 
Analizar tales cuestiones, efectuando una especie de actualización o ampliación de lo que se formulaba en el texto inicial del Manifiesto contra la muerte del espíritu y la tierra, tal es el propósito que ha guiado a nuestro director, Javier Ruiz Portella, en el artículo que se publica en este mismo número.

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