Entre el optimismo y el catastrofismo

Toda la verdad sobre el estado de la economía española

Dentro de seis meses habrá elecciones y los partidos ya están calentando motores. Los socialistas intentarán convencernos de que la economía goza de gran vigor. Los populares tratarán de convencernos de que caminamos hacia la catástrofe. Quizá ninguno de los dos tenga exactamente razón, porque ni nos encaminamos a la catástrofe, ni gozaremos de una salud envidiable. Sencillamente, la economía corre a menor ritmo. Sin embargo, ¿qué pasaría si nos creyéramos las tesis de los populares? Nos entrará el pesimismo y los empresarios invertirán menos, las familias gastarán menos, y aceleraremos el declive. ¿Y si nos creemos el optimismo socialista? No estaremos preparados para cuando lleguen los verdaderos tiempos malos. ¿Qué hacer?

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CARLOS SALAS
 
¿Cuál va a ser el protagonista de la política en los próximos meses? Las elecciones, por supuesto. Quedan seis meses para que millones de españoles vayan a las urnas y los partidos ya están afilando sus cuchillos. El tema de debate: la economía. Los socialistas van a aferrarse a un clavo ardiendo para demostrar que la economía española goza de una estupenda salud: muchos puestos de trabajo, mucha inversión, mucho consumo. Pero los populares llenarán su camino de piedras para demostrar que nos encaminamos hacia un colapso económico por culpa de los socialistas.
 
La realidad económica
 
¿Qué dicen las estadísticas? Hay signos preocupantes. Por ahora son sólo signos, pero detrás de los vientos vienen las tormentas. El paro subió en agosto y se situó de nuevo por encima de los dos millones de personas. Lo peor es que la cifra supone dos veces el paro registrado en el mismo mes del año pasado.
 
El sector de la construcción tampoco está viviendo sus mejores momentos. Cada vez es más difícil vender casas, y los propietarios de pisos, además, han sufrido un notable incremento de sus cuotas por culpa de los tipos de interés. Hace un año estaban por debajo del 3%. Hoy están al 4%. Y se espera que sigan subiendo.
 
Según Faconauto, la patronal de concesionarios de vehículos, la venta de automóviles en el pasado junio cayó un 3,6%. Lo mismo puede decirse de la Bolsa, que llegó a sobrepasar los 15.000 puntos, y ahora se bate en retirada por debajo de los 14.000 puntos.
 
Y uno de los índices más importantes, el de la Producción Industrial (nuestro brazo armado), está creciendo al ritmo más lento en los últimos quince meses: un 1,3% (julio, tasa interanual), la mitad de lo que habran previsto los analistas.
 
Las noticias que llegan de ultramar son desalentadoras. La economía americana está atrapada en una crisis financiera por inventarse unos productos complejos (muy americano) que han producido un descalabro económico: las subprime, es decir, hipotecas de alto riesgo. Como su nombre indica, se concedieron hipotecas a familias de dudosa capacidad económica, y ahora que los tipos en EEUU son muy altos (5,25%) muchas familias no pueden devolver el dinero, y están siendo desahuciadas. A su vez, esos créditos eran vendidos a fondos de inversión (titulización), con lo cual muchos fondos de todo el mundo están sufriendo fuertes pérdidas. Y a su vez, eso ha generado pánico entre los inversores, que retiran su dinero apresuradamente de estos fondos, acentuando la caída.
 
El huerto español
 
Para el Partido Popular, hay sobradas razones para creer que nos encaminamos al desastre económico. Seguramente nos encaminamos a tiempos peores, pero ¿al desastre? Muchos economistas conocen el poder sugestivo de la palabra “desastre”, “pánico” o “terror”. Porque con mencionarlas, se acentúa el descalabro y se aceleran las caídas.
 
Como estamos ya en periodo preelectoral, el Partido Popular intentará demostrar en los próximos seis meses que los socialistas no saben manejar la economía, y que los años de bonanza recientes se han debido a los efectos positivos de la era Aznar-Rato. Como estrategia electoral, tiene sentido, pero sus augurios de “fin del mundo” (Zaplana ha hablado de “recesión” a pesar de que la economía crece todavía a un increíble 4%) están ejerciendo un influjo negativo en los empresarios, que pueden verse tentados a contratar menos manos de obra y a paralizar inversiones, para prepararse para ese supuesto Armagedón.
 
Los socialistas, por su parte, ya están diciendo a través de sus portavoces que el tifón de la crisis americana pasará de largo por España. Es su estrategia electoral. Y para combatir el catastrofismo del PP, ha encontrado a un estupendo aliado: Emilio Botín, presidente del Santander, el mayor banco español y uno de los mayores del mundo. El banquero calificó la situación económica española de “excelente”, y felicitó al gobierno por su forma de manejar las riendas económicas del país.
 
¿Exageraciones? Un poco. Pero, ¿se imaginan el terremoto que causaría a escala nacional una declaración catastrofista de Emilio Botín? El banquero, simplemente, aplica la viaja fórmula médica de decir al paciente que está en estupendo estado de salud, para provocar en él un efecto de contagio psicológico. Lo llaman el efecto placebo. ¿No haría lo mismo el PP si estuviera en el Gobierno?
 
Cualquier economista sabe que el sistema se basa en algo intangible que se llama confianza. Cuando sabemos que el futuro es prometedor, nos endeudamos, gastamos, nos cambiamos de trabajo, invertimos, ampliamos… Y cuando sospechamos que las cosas van a ir mal, retrocedemos en todos nuestros proyectos. Pero llega un punto en que estas dos tendencias se convierten en excesos.
 
El antiguo presidente de la Reserva Federal de EEUU, Alan Greenspan, dijo hace unos días que las expansiones empresariales se deben a la euforia y los períodos de contracción al miedo (Abc). En suma, dos estados emocionales. Cuando hay larga expansión, la euforia se apodera de la naturaleza humana y produce burbujas financieras como las que han estallado a lo largo de la historia, la última en 2000. “El miedo como motor, tal como sucede hoy en día, es mucho más poderoso que la euforia”, dijo Greenspan. 
 
Lo peor de todo es que cada partido cuenta con el aliado de sus periódicos. Cada medio de comunicación intentará demostrar las tesis de los dos partidos: catastrofismo para los de la derecha (“Otro jarro de agua fría para el optimismo económico”, titulaba El Mundo el sábado en un editorial a propósito de la caída de las bolsas). Optimismo para los medios de comunicación de la izquierda. (El País entrevistaba el domingo pasado a un economista que afirmaba que “hay potencial para crecer más que la zona euro”).
 
Optimistas y pesimistas
 
Para el PP, el catastrofismo es un arma política porque puede hacerle ganar las próximas elecciones. Su tesis: nosotros lo hacemos mejor en economía. Para el PSOE, el desafío consistirá en demostrar que con ellos, la economía puede seguir creciendo como lo ha hecho hasta ahora.
 
No nos engañemos. Ambos partidos se disputan el millón y medio de votantes que decidirán las elecciones. Lo malo es que si el catastrofismo del PP cala en la mentalidad media, las cosas estarán mucho peor en marzo, incluso peor de lo que deberían estar. Habrán infundido mucho más miedo del que necesitamos. Y si ganan, ¿podrán sacar al país del atolladero? ¿Funcionará la misma fórmula que funcionó en 1996?
 
Si cala el optimismo exagerado del PSOE, puede ser que sólo estemos retrasando una crisis (pequeña o grande) que debía haberse atajado ya, por ejemplo, modificando la terrorífica ley del suelo. Porque la razón por la que la vivienda es cara, proviene de que el suelo es caro, y el suelo está en manos de las corporaciones locales, que no tienen otra forma de financiarse que especulando con licencias y terrenos.
 
Además, el PSOE debería presionar al Banco Central Europeo para que no suba los tipos de interés, porque ése es el ladrillo que sujeta todo el edificio económico. Por ahora, no hay una inflación preocupante en España a pesar de que hayan subido algunos alimentos.
 
Lo importante para cualquier responsable económico es evitar que la maquinaria se detenga, porque en ese momento es cuando empiezan las catástrofes en cadena. Ahora hay muchos desajustes en la maquinaria, y uno de los principales es el precio de la vivienda. Lo sorprendente es que los españoles hayan seguido comprando viviendas a pesar de que son muy caras y de que se llevan buena parte de su salario. Pero actualmente, con el dinero que les sobra pueden conseguir productos de consumo a precios incluso más bajos que hace cinco o diez años: desde ordenadores, hasta televisores. Además, el sistema financiero ofrece cada vez más atractivos para el pequeño ahorro, remunerando los depósitos de una forma que no había hecho nunca. Los concesionarios de coches han aumentado el período de financiación de vehículos de 63 a 80 meses. Todo ello quiere decir que las empresas han respondido a los primeros signos de la crisis con medidas que suavizan su impacto en los consumidores. De hecho, si no lo hacen así, se arruinarían.
 
Gracias a esa mezcla de medidas automáticas de contención y de inercia de otros años, las últimas cifras macroeconómicas indican que hoy día, la situación sigue siendo buena: en julio pasado, la producción de bienes de equipo subió un 7%. La producción de bienes de consumo, se incrementó un 2,8%. ¿Y entonces por qué la producción general creció sólo un 1,3%? Porque se produjo menos energía y menos bienes intermedios.
 
Casi todos los servicios de estudios predicen que el año que viene el crecimiento económico rondará el 3,3%. Nada mal, por cierto (este año terminará en un 3,8%). En caso de que la economía vaya perdiendo fuelle lentamente, los socialistas tendrán motivos razonados para desbaratar el catastrofismo del PP, presentando como “logros indiscutibles” los índices económicos que vayan apareciendo de aquí a marzo. Por eso, el PP debería reflexionar más su catastrofismo antes de usarlo como arma arrojadiza: porque puede volverse en su contra, si se demuestra que la economía no va tan mal.
 
En definitiva, lo que puede distorsionar la realidad económica de los próximos meses no van a ser tanto las variables macroeconómicas como las variables políticas. Si las elecciones fueran el 2010, el Gobierno, cualquier gobierno, podría adoptar ahora las medidas razonables para prevenir una futura crisis, pero nunca desalentar a los empresarios y a las familias. Lo malo es que cada cuatro años hay elecciones, y las próximas vendrán en seis meses. Se alza el telón. Aparecen los partidos con sus excesos.
 

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