Más sobre el autorretrato de ZP

Zapatero, el surfista; la España progre, la ola

La maratoniana entrevista que ha publicado el diario El Mundo con el presidente del Gobierno tiene la virtud de definir con más precisión algunos rasgos de la personalidad de Zapatero que ayudan a entender su cambiante y oscura gestión política. Sus respuestas y, sobre todo, sus reacciones espontáneas ante algunas cosas que le suceden durante la charla con Pedro J. Ramírez, revelan que el Zapatero real no se ajusta al retrato que a veces se ha pintado de él como gran ideólogo que, encerrado en su despacho, diseña fríamente una gran transformación de la sociedad española y de la estructura del Estado. El jefe del Ejecutivo es más bien un oportunista ambicioso que ha llegado al poder y se ha mantenido en él a lomos de una marea ideológica que se ha ido formando a lo largo de los últimos 30 años.

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Ignacio Santa María
 
Zapatero es como un buen surfista que ha sabido encaramarse con su tabla a la cresta de unas olas que se empezaron a formar hace años y que ahora rompen con fuerza en las arenas de la política española arrastrando consigo a la conciencia colectiva. Durante estos cuatro últimos años ha surfeado, manteniendo el equilibrio, apoyándose algunas veces en partidos más moderados, más fieles a la Constitución, pero estableciendo sus principales alianzas con fuerzas extremistas del nacionalismo o de la izquierda, o bien grupos abiertamente antisistema.
 
Culturalmente, Zapatero se apoya en un pensamiento que se ha ido fraguando a lo largo de tres décadas. Son muchas las películas y novelas sobre la guerra civil y la posguerra que han servido para crear una determinada visión mítica sobre la que se apoya la Ley de Memoria Histórica. Son muchas las películas y series de televisión que han servido para vender como algo normal y conveniente el individualismo, la soledad y las relaciones de interés por encima de los lazos familiares y la amistad sincera, antes de poder sacar adelante leyes como la del matrimonio homosexual o el “divorcio-exprés”.
 
En este tipo de pensamiento confluyen la izquierda, buena parte del nacionalismo, el feminismo y el ecologismo, unidos en la creencia de ser los dueños del avance de la historia, del progreso, de la modernidad.
 
Oportunismo y ambigüedad
 
Oportunista obsesionado sólo con aquellos que le pueden mover la silla. Es muy ilustrativa su primera reacción ante el dato del 2% de superávit: “A más de uno le va a sorprender esta cifra… je, je”. Ésta no parece una reacción propia de alguien que debía considerarse presidente de todos los españoles, con la preocupación puesta en el interés general. Por eso sus acometidas más punzantes y las más habituales se dirigen siempre hacia un partido: el PP, por ser el único que puede disputar a los socialistas la victoria en las urnas y por tanto el acceso a la Moncloa. Es el enemigo a batir, más aún que aquellos que socavan el actual marco de convivencia, en los que el Gobierno se ha apoyado.
 
Pone los pelos de punta la pobreza de ideas que muestra el presidente cuando se le pregunta sobre la educación o las relaciones con la Iglesia. A pesar de decir que es el “tema más importante de la entrevista y en el que más ha trabajado”, las preguntas sobre la educación se las ventila hablando del alto índice de analfabetismo que había en España hace 30 años y de la importancia de aprender inglés, y deja traslucir en este asunto un conformismo muy preocupante.
 
De las polémicas suscitadas en torno a leyes como la del “divorcio-exprés” o el matrimonio gay sólo se defiende argumentando que el Gobierno ha cumplido los compromisos electorales del PSOE, pero lo cierto es que el matrimonio entre personas del mismo sexo con permiso para adoptar niños no estaba en el programa socialista, donde sólo figuraba una referencia a una ley de uniones de hecho. Un detalle que hace pensar que su calculada ambigüedad respecto a la cuestión del aborto se convertirá, en caso de que vuelva a presidir el Gobierno, en un apoyo a una ley de plazos que permita abortar en todos los supuestos.
 
Es excesivo considerar a Zapatero el responsable de la gradual desintegración del marco institucional y territorial, del deterioro de la familia y de la convivencia, del incremento del relativismo moral o de las ofensivas laicistas. No es el impulsor intelectual de todo eso, sino alguien que ha arrimado el ascua a la sardina, que ha aprovechado determinadas corrientes culturales e ideológicas en beneficio propio. Por ello, los empeños de quienes son conscientes de estas emergencias no deben centrarse tanto en derribar a Zapatero como en construir alternativas desde todos los ámbitos.
 
(www.paginasdigital.es)

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