Para comprender el drama que sufre Armenia

Nagorno Karabagh

Nagorno Karabagh constituía un enclave de población armenia en el corazón de Azerbaiyán. Y había sido siempre políticamente armenio.

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Thomas de Waal relata, en su indispensable El bosque negro, cómo empezó la guerra entre Armenia y Azerbaiyán, que va de febrero de 1988 a mayo de 1994. Dos intelectuales de la Academia de Ciencias de Ereván debatieron qué deberían de hacer para convertir a Armenia en un país con nacionalismo, algo de lo que hasta entonces carecía. Ambos estuvieron de acuerdo en que sólo había una causa que unía a todos los armenios sin excepción, incluida la diáspora. Y esa causa era Nagorno Karabagh.

Ese territorio constituía un enclave de población armenia en el corazón de Azerbaiyán. Y había sido siempre políticamente armenio. De hecho, el patrimonio artístico único de ese país galopa en valles y llanuras y montañas. Hay iglesias, cementerios, conventos, frisos, hitos, bajorrelieves… todo lo que puedan imaginarse. Fue también tierra de mito amable. En la novela «Alí y Nino«, los protagonistas viven sus proezas diarias en un entorno que parece literalmente el Paraíso antes de la caída, Nagorno Karabagh.

¿Cómo y por qué Stalin prefirió Azerbaiyán a Armenia, la eterna protegida de Rusia? La hipótesis más aceptada es que la URSS daba absoluta prioridad a la consolidación de su naciente Revolución y el enemigo a vigilar era la Turquía de Kemal Ataturk, que, por cierto, era el otro modelo de modernización islámica que amenazaba la identidad soviética de todo su espacio centroasiático. Pueden leer como introducción al tema la excelente monografía de Helene Carrère d’Encausse, Reforma y Revolución en los musulmanes del Imperio ruso. La amenaza no era menor y en el primer juicio de Moscú, de 1937, no sólo cayó el compañero de Lenin, Bukharin, sino también el primer presidente de la República de Bukhara (hoy Uzbekistan), Fayzulla Khojayev, quien confesó su parcialidad hacia el modelo de los Jóvenes Turcos antes de ser fusilado. Así quedó Nagorno Karabagh controlado por la existencia misma del nuevo Imperio, esta vez no de los zares, sino de los bolcheviques. Un caso clásico de sistema de seguridad como el que mantuvo Austria-Hungría en el centro de Europa. Que funcionó muy bien hasta que al Imperio le sustituyeron los Estados-nación, gran lección para los que sueñan con arrasar a Rusia, toda ella en sus doce husos horarios llena de Nagornos Karabagh esperando espoleta y detonador. Sólo que en este caso no bastaba con fronteras, pensaron los académicos armenios.

Hacía falta el nacionalismo y la manera de traerlo era la guerra. Efectivamente hubo guerra. Y no sólo de armas contra armas. Hubo limpieza étnica, violencia de todo tipo, raptos y violaciones, desplazamientos de población, en fin, toda la parafernalia del horror entre dos etnias que se han odiado durante cientos de años.

Si conocen ustedes los eventos caucásicos de la Gran Guerra, puede verse con claridad cómo cada vez que los armenios vencen y entran en Baku, lanzan un pogrom contra los turcos. Mientras que cuando los turcos vencen y llegan a Armenia o, quizás sin llegar tan lejos, matan de manera salvaje y cruel a los armenios. El balance del horror, esta vez, fue de unas ochenta mil víctimas mortales y 600.000 desplazados. Han de añadirse las transferencias de población en favor de azerbaijanos y la ocupación de un 10% del territorio recién conquistado, fuera ya de los límites de Nagorno Karabagh.

En aquel momento mandaba en Ereván el Antiguo Régimen soviético, interesado o en mantener enfrentados a sus vasallos para impedir que se uniesen o que uno de ellos se convirtiese en hegemónico. La persona que terminó por encarnar la filosofía prorrusa, basada tanto en la historia de sus relaciones como en la necesidad de asegurarse un aliado de excepción para poder mantener algo que en definitiva era legalmente azerí, fue Serz Sargsyan. El statu quo se mantuvo hasta el año 2018, en el que una revolución Soros puso en el poder al presente líder Nikol Pashinian. Y fue Soros, porque con él se hizo selfies triunfantes el nuevo Presidente.

Se inició un “déjà vu" de lo sucedido con Sakashvili en Georgia diez años antes. Purgas de civiles y militares pro rusos, dificultades para el idioma de Tolstoy, periodistas silenciados si no parecían dóciles… en fin, la habitual postguerra de una revolución de colores.

En una de sus declaraciones liminares, Pashinian llegó a decir que no necesitaban tanta Rusia en Armenia y que iba siendo hora de resolver ese tema. Construyeron en Washington la Embajada más grande de todo el mundo y recientemente la esposa del Sr. Pashinian visitó a la Primera Dama de Ucrania, gesto simbólico que Rusia consideró inamistoso.

Lo cierto es que el golpe de Soros alteró las aguas. Armenia no podría ya esperar la ayuda irrestricta de Moscú. Pero no pareció importarle mucho a la nueva élite. ¿Para qué servía ya formar parte de la Comunidad de Estados Independientes? Mejor Occidente en su versión neocón.

Terminada la fase nacional se imponía dar el siguiente paso y confirmarla librando al país de la tutela rusa. Y entonces llegó lo inesperado. El tema de Nagorno Karabagh se reabrió con un violento ataque militar de Azerbaijan. Y ya en el año 2020 vino la victoria azerí decisiva, aunque no total. Rusia se negó a intervenir en la guerra por dos razones. Primero, porque tras el Soros de 2018 Armenia ya no era la fiel Cordelia, hija del Rey Lear. Y segundo, porque esa victoria parcial, que recuperaba mucho territorio, mantenía el enclave de Stepanakert en manos de su hombre de confianza, y posible reserva política estratégica, el billonario ruso Ruben Verdanyan. Ahora esa ventana se ha cerrado. Azerbaijan ha detenido al Sr. Verdanyan y ha recuperado el control de todo el enclave. Todo lo que fue Nagorno Karabagh ha desaparecido o desaparecerá el 1.º de enero.

Imposible detallar todas las consecuencias de esta nueva situación. Entre las más importantes, el salto cualitativo que da Turquía en esa parte del mundo, donde ya juega en la mesa de los mayores; Azerbaijan se convierte en el hegemón del Cáucaso sin otro competidor que Rusia; Europa está encantada de tener una fuente cercana de gas y petróleo, Irán contempla todo este ir y venir en sus fronteras con gran preocupación… y Rusia es la gran incógnita. Si juzgamos por los antecedentes de Georgia, tratará de recobrar lo perdido.

¿Cómo? No lo podemos imaginar. Pero no hay que tomar lo sucedido en el Cáucaso como un caso claro de inoperancia estratégica debida a la guerra de Ucrania. Basta ver las fechas; los acontecimientos decisivos (2018, 2020) tienen lugar fuera del calendario bélico ucraniano. Aunque posiblemente este segundo ataque azerí que ha recuperado la totalidad del enclave sea un desarrollo que ha tomado al Kremlin por sorpresa. En cuanto a la causa de tanto empeño ruso, les aconsejo que miren ustedes un mapa del Cáucaso como se mira desde Moscú. De Norte a Sur, Transcaucasia. Pues esos tres mínimos países son los que le consienten a Rusia llegar a Irán, Turquía y más allá, al Oriente Medio. Nada comparable al interés que esa geografía pueda despertar en Washington. Lo que lleva a pensar en un futuro de inestabilidad para la zona.

Resulta inevitable mencionar el cortejo de salvajadas que ha acompañado la recuperación del territorio. Limpieza étnica de armenios que dejan ahora las tierras que ocuparon hace treinta años para que las ocupen quienes las perdieron en 1994, asesinatos de civiles, violaciones…, en fin todo, el cortejo de ese Jinete del Apocalipsis que es la guerra entre enemigos hereditarios. Los azerbaijanos han llegado a bombardear a las tropas rusas que ayudan a la evacuación de la población armenia. E incluso han bombardeado una de las principales estaciones de gasolina de la zona donde acudían todos los armenios a repostar sus coches para poder volver a Ereván. Da una idea del odio acumulado. Y previene sobre optimismos infundados.

A pesar de las palabras tranquilizadoras de los responsables azerbaijanos, fácil es colegir el destino de los armenios que optasen por seguir en un Nagorno ya no bajo la égida de su patria. Palabras, azerbaijanas, por cierto, que en un retorno de horror, recuerdan los argumentos polacos para rechazar los tratados de minorías de la Sociedad de Naciones en vísperas de los Sudetes.

Y una nota final. Las destrucciones azerbaiyanas de la civilización armenia han alcanzado al patrimonio de una de las zonas del mundo más rica en cicatrices de la Historia —no otra cosa son los monumentos del enclave. La UNESCO ha salido al paso de esta ofensa y ha advertido de las consecuencias de un cataclismo cultural extremo. «El resultado será un catálogo arqueológico empobrecido, un pasado humano reconstruido sobre ficciones intolerables de homogeneidad nacional y un futuro al que le faltarán sus monumentos a la creatividad humana, la tolerancia y  la paz».

No se puede decir mejor.

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