En Marruecos, juicios sumarios, condenas escandalosas y el rostro verdadero de una tiranía

Nuestros apreciados presos

28 de febrero de 2013

Multitud de organizaciones internacionales denuncian y poner en evidencia la falta de legitimidad de los tribunales marroquíes, su incompetencia jurisdiccional, la escasa precisión de las acusaciones, la carencia de pruebas que hacen del juicio una farsa y una burla a la legalidad, al derecho y a la justicia.

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 El pasado domingo se hacía pública la sentencia que condenaba a veinticuatro saharauis detenidos desde la destrucción del campamento de Gdeim Izik, también llamado por sus ocupantes de la Dignidad, y mantenidos en prisión preventiva por más de dos años. El Tribunal militar de Rabat, reunido desde el día 8 de febrero, condenaba a los acusados por los delitos de “constitución de bandas criminales, violencia contra las fuerzas del orden con resultado de muerte, premeditación y mutilación de cadáveres”  a penas de prisión a perpetuidad para nueve de los encausados, treinta años de cárcel para otros cuatro, veinticinco en el caso de otros siete detenidos, veinte para tres más y dos para los restantes dos últimos a los que se puso inmediatamente en libertad pues la duración de la detención previa al juicio superaba el tiempo de su condena.

Una vez más, la intransigencia política y el desprecio a la justicia practicados comúnmente por el Reino de Marruecos convertía el libre ejercicio de la opinión de los independentistas saharauis en una traición a un Estado y unas leyes que todos ellos se negaban a reconocer y deuna integración territorial impuesta que la comunidad internacional tampoco acepta. Era otra ocasión más en la que el estado marroquí mostraba su desprecio a la legalidad internacional y trataba de crear una fractura que hiciese naufragar la solución política inminente para el contencioso del Sáhara Occidental propugnada por Cristopher Ross y sepultase en el invierno la primavera política y la esperanza naciente que la significación de Gdeim Izik había hecho germinar entre la población saharaui de los territorios ocupados. Una manera de señalarles que el camino de su reivindicación política de la autodeterminación y la independencia seguía cerrado para ellos.

Muchas han sido las voces que en estos pocos días se han alzado tanto desde las organizaciones de defensa de los derechos humanos, como Amnistía Internacional o Human Rights Watch, diversas instituciones y partidos políticos de diferentes países, juristas y observadores en el proceso, diferentes analistas desde diversas perspectivas (jurídicas, políticas, éticas) para denunciar y poner en evidencia la falta de legitimidad del tribunal, su incompetencia jurisdiccional, la escasa precisión de las acusaciones, la carencia de pruebas que hacen del juicio una farsa y una burla a la legalidad, al derecho  y a la justicia. Y yo no quiero abundar en ellas. Repetir las mismas palabras y argumentos muchas veces no les otorga mayor fortaleza sino que, por el contrario, corre el peligro de convertirse en una letanía de lugares comunes.

Yo, en este pequeño artículo, quiero daros otra perspectiva de esta barbarie que os traiga la memoria, las vivencias y, por que no, el perfil humano de unos hombres, de unos luchadores, de unos ciudadanos comprometidos con la defensa de su pueblo pero que sean también testimonio de su humanidad, de su forma de vivir su compromiso, que pongan en evidencia la injusticia que contra ellos se comete. Porque, al menos, cinco de ellos han compartido conmigo su pan y su esperanza de libertad durante una corta pero intensa estancia en El Aaiún en el año 2010, tan solo unos pocos días antes de la creación del campamento a consecuencia del que hoy se les quiere condenar. Yo conozco, conocí, a Ahmed Sbai, Brahim Ismaili, Cheikh Banga, Ennaama Asfari y Mohamed Tahlil, al menos, tal vez alguno más, de entre todos los encausados; y hoy, aunque me cueste y me duela, quiero trasladaros algunos retazos de esa memoria, de algunas experiencias y emociones compartidas con ellos y con otros compañeros y compañeras luchadores, como todos ellos, por la dignidad y los derechos de su pueblo.  Quizá así podáis percibir mejor la arbitrariedad de su castigo.

Coincidí con ellos en un viaje de regreso desde la Primera Conferencia Internacional sobre “El derecho de los pueblos a la resistencia. El caso saharaui” celebrada en Argel  hasta la capital del Sáhara Occidental y sus diferentes lugares de residencia. Ellos eran un numeroso grupo de defensores saharauis de los derechos humanos y nosotros un pequeño equipo de acompañamiento que buscaba una mayor seguridad personal para su regreso al territorio. Si algo llamaba la atención en ese grupo era la variedad de edades de sus integrantes y el carácter mixto del mismo, garantizado por la presencia de un importante número de mujeres. No pasaba desapercibida la juventud, el empuje y la energía del jovencísimo Cheikh que entonces contaba tan solo con 21 maravillosos e intensamente trabajados años. Detenido y condenado ya por dos veces, miembro del Colectivo de Defensores de Derechos Humanos Saharauis CODESA y de la Asociación marroquí de derechos humanos, AMDH, rama ASA, tenía la impropia y desusada madurez a la que lo condicionaba su trágica historia y la de su pueblo, pues en las dos ocasiones había sido torturado y sometido a violencia física aún siendo menor de edad.

Todo lo contrario que Ahmed o Mohamed, mayores en edad pero más discretos y reconcentrados, menos expresivos en sus manifestaciones externas pero de una gran fortaleza interior que no se correspondía con un físico magro, endeble y enfermizo en el caso del primero. Secretario General del comité para la protección de los presos, miembro de la Asociación Saharaui de las Víctimas de Graves Violaciones de los Derechos Humanos cometidas por el estado marroquí (ASVDH) e integrante del Comité contra la Tortura de El Aaiún Ahmed había sido detenido y condenado en tres ocasiones anteriores.  Mohamed Tahlil es el Presidente de la ASVDH en Boujdour y su acción contra la represión marroquí lo llevó a varias detenciones  y condenas de las que la más llamativa se produjo en 2006 cuando fue arrestado, torturado y abandonado en el desierto a cincuenta kilómetros del lugar de su detención.

Brahim, por su parte, es afable, reposado, con un sentido militante que nace de una convicción internalizada y sin fisuras. Un hombre íntegro y resuelto, casado y padre de dos criaturas encantadoras.      He sido su huésped y he disfrutado de su cordialidad y de la de su familia. Preso ya en 1987, pasó por las cárceles marroquíes en otras dos ocasiones habiendo sufrido  la persecución, el hostigamiento, el acoso físico y verbal para él y los suyos por parte de la seguridad marroquí. Su casa estaba, ya entonces, sometida a constante vigilancia policial por agentes que no solo vigilaban las entradas y salidas sino que seguían a distancia cada uno de nuestros movimientos.

Ennaama es, y espero que no se enfade si algún día me lee, el intelectual de este pequeño grupo. Licenciado en Derecho Público Internacional por la Universidad de MarraKech y Presidente de la Comisión para la defensa de los derechos humanos en el Sáhara Occidental, con sede en Francia, renunció a la comodidad del exilio por vivir los problemas cotidianos de su pueblo siendo condenado en 2008. Despierto, dialogante, defensor a ultranza de la lucha pacífica es la persona menos caracterizada para propiciar ese clima de revuelta armada que todo el proceso pretende describir. Yo lo he visto argumentar, en una discusión encendida, a favor de la no violencia como estrategia de acción y no he dudado de su honestidad y de sus convicciones que se asientan en su formación como jurista.

Pequeños retazos de grandes historias al servicio de una inmensa causa. La de la justicia y la dignidad para todas las gentes, incluido el sufrido y engañado pueblo marroquí. A quien sus medios de comunicación le informan acerca de unos feroces criminales que, en número reducido, secuestran y retienen en el campamento a 20.000 de sus conciudadanos, atacan a la fuerza pública y denigran sus cadáveres, silenciando que esa misma fuerza y el ejército sometían a un constante acoso y vigilancia al campamento cuya consecuencia más grave (y olvidada) fue el ametrallamiento por los militares, el 24 de octubre de 2010, en las inmediaciones del campamento, de un coche en el que viajaban seis personas con el resultado de cinco heridos de bala y un muerto: el menor de 14 años Najim Elgarhi, enterrado sin autopsia y sin la presencia de su familia, cuando aún no se había desatado violencia visible alguna. Que fácil resulta modificar lo sucedido a base de silencios y artificios verbales.

Se califica de barbarie el desprecio a los muertos pero no se investiga el menosprecio de los vivos por el ejercicio sistemático y continuado de la tortura sobre los presos produciéndoles quemaduras, violaciones físicas, arrancamiento de uñas, ahogamientos simulados, alteración del sueño… Quienes han denunciado públicamente estas violencias están entre los condenados a las penas más duras.

Nada se ha demostrado sobre sus supuestas acciones y todas las preguntas han girado sobre su militancia, sobre su actividad propagandista en otros países, sobre sus relaciones con el Frente Polisario y el movimiento independentista. Un juicio para nada político y ajustado a las reglas del derecho.

Ahmed y Brahim han sido condenados a cadena perpetua, Cheikh y Ennaama a treinta años, Mohamed a veinte. Y con ellos Abadalahi Bhai y Abdalahi Lakfaouni, Deich Eddaf, El Bachir Jadda, El Hussein Ezzaui, Hassena Alia y Hassena Dah, Hussein Zaui, Larosse Abdeljalil Lemghaimad, Mohamed Ayubi, Mohamed Bani, Mohamed Burial, Mohamed Elbachir Butenguiza, Mohamed Kuna Babeid, Mohamed Lamin Haddi, Mohamed Embarek Lefkir, Sidi Abdulah Tubali y Sidi Ahmed Lemjeyd. Todos ellos culpables confesos de haber soñado una aurora de libertad para el Sáhara Occidental y para su pueblo. 

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