En todas partes cuecen habas, y en Argentina, al igual que en la Madre (o la Abuela) Patria, los males también se llaman disolución nacional, inmigración invasiva y precariedad económica, todo ello acompañado y fomentado por el anzuelo de las ‘paguitas’ lanzadas por el zurdo-capitalismo. Sus dádivas, «lejos de limitarse a administrar la pobreza —escribe Trystan Mordrel—, tienden a reproducirla, a estructurarla y a integrarla en un circuito de dependencia que asegura su perpetuación».
Llueve sobre Buenos Aires como llueve a veces sobre las almas en partida. Una lluvia lenta, persistente, ya casi fría, que lava las veredas y anuncia el término de un ciclo. El verano se retira sin estridencias, llevándose consigo esa ilusión de permanencia que conceden las largas jornadas de calor. Aquí, a orillas del Río de la Plata, el otoño no es solamente una estación, sino una revelación, la de un mundo donde el fuego y el hielo cohabitan, donde la dulzura puede trocarse en herida.
Contemplo esta ciudad inmensa con una gratitud teñida de melancolía. Me ha ofrecido, como cada año, una pausa americana, un respiro casi culpable, una breve licencia antes del retorno a las líneas de frente de la historia. Y sin embargo, algo en mí se endereza ya, como el soldado que, concluida su licencia, recoge sus efectos y vuelve al combate sin ilusiones. Mi mirada se aparta, mi espíritu regresa a Europa, a ese escenario más antiguo donde, presiento, se juega lo esencial. Porque conviene decirlo con sobriedad, las civilizaciones no siempre sucumben bajo el golpe del enemigo; a menudo se extinguen por sí mismas, por fatiga, por renuncia, por incapacidad de defenderse.
La Argentina, en ese sentido, constituye una lección silenciosa, casi ejemplar.
Este país, que se recorre como un continente, desde las tierras cálidas del norte hasta los vientos ásperos del sur, encierra una promesa que no acaba de cumplirse. Y en el corazón de esa tensión se encuentra una realidad política que desde Europa se percibe con dificultad: el peso desmesurado del conurbano bonaerense en la vida nacional, verdadero eje invisible alrededor del cual gravita el poder de la provincia de Buenos Aires, centro de gravedad del país.
He leído esta mañana un editorial de La Nación que lo expone con claridad inquietante. La provincia de Buenos Aires concentra una proporción extraordinaria de la población y de la riqueza del país. Pero lo decisivo no reside tanto en esas cifras como en el mecanismo político que encubren. Las mayorías no emergen del interior laborioso, sino de ese cinturón urbano donde el Estado ha organizado, durante decenios, una dependencia sistemática que termina por confundirse con la propia estructura del poder.
El conurbano no es solamente un espacio geográfico, sino un dispositivo político en sentido pleno. Es allí donde el kirchnerismo, con la colaboración activa de organizaciones de izquierda, de extrema izquierda y de amplios sectores del aparato mediático, ha consolidado un sistema de fidelización basado en la asistencia, el control territorial y la producción de lealtades duraderas. En ese entramado, más administrativo que cívico, más orgánico que espontáneo, Axel Kicillof ha edificado sus victorias provinciales, no como expresión de una adhesión libre, sino como resultado de una ingeniería política paciente, cuidadosamente mantenida en el tiempo.
Ese sistema, lejos de limitarse a administrar la pobreza, tiende a reproducirla, a estructurarla y a integrarla en un circuito de dependencia que asegura su perpetuación.
Desde hace años, bajo la consigna de la «Patria Grande», se ha impulsado una política migratoria que responde menos a consideraciones humanitarias que a una lógica de poder. La llegada sostenida de poblaciones provenientes de países vecinos, su rápida regularización y su inserción en redes clientelares han contribuido a modificar de manera profunda el equilibrio demográfico del país. No se trata de un fenómeno espontáneo ni de un simple efecto colateral, sino de una orientación política que encuentra en esas nuevas poblaciones un recurso estratégico.
La Argentina, nación de raíz europea afirmada durante generaciones, ve así transformarse lentamente su fisonomía, no por una presión exterior, sino por la acción persistente de sus propias élites.
Y lo que se observa en estas tierras encuentra en España un eco singularmente inquietante. El gobierno de Pedro Sánchez impulsa hoy procesos de regularización masiva de inmigrantes ilegales, con el respaldo activo de fuerzas autonomistas e independentistas de izquierdas, en una estrategia que no puede comprenderse sino como la búsqueda de un nuevo equilibrio electoral. También en España, bajo el lenguaje de los derechos y de la inclusión, se perfila una transformación profunda del cuerpo político.
En ambos casos, el mecanismo revela una misma lógica. El poder deja de apoyarse en la continuidad histórica de la nación para reconstruirse sobre poblaciones nuevas, más dependientes, más fácilmente movilizables, menos ligadas a una memoria común. La política deja entonces de ser la expresión de un pueblo para convertirse en la administración de una mutación.
Sin embargo, nada está definitivamente sellado
En Europa, pese a las resistencias, los silencios y las descalificaciones, algo comienza a moverse. Una reacción lenta, a veces confusa, pero real, emerge de las profundidades de los pueblos, que redescubren, con una mezcla de inquietud y de lucidez, aquello que son y aquello que podrían dejar de ser. Las nociones de identidad, de continuidad histórica, de civilización, vuelven a ocupar el centro del debate, como si una memoria larga, largamente reprimida, volviera a hacerse oír.
Y también en la Argentina se perciben los primeros signos de una inflexión. Bajo la superficie de los discursos oficiales, comienza a formularse, cada vez con menos reservas, la idea de que este país no es una simple tierra de tránsito, sino una nación dotada de una identidad histórica precisa, que no puede disolverse sin perderse a sí misma. Esa inquietud, todavía dispersa, encuentra ya algunas expresiones políticas. Así, el diputado Ramiro Marra ha planteado abiertamente la necesidad de extirpar las villas miseria del tejido urbano de la ciudad de Buenos Aires, señalando en particular la persistencia de enclaves como la célebre Villa 31, símbolo a la vez de la degradación urbana y de un modelo político que ha hecho de la precariedad un instrumento de control.
De mi ventana en el barrio San Nicolás, miro Buenos Aires una última vez, bajo la lluvia que cae sin prisa, como si quisiera prolongar el instante.
Y me alejo de esta orilla sin resignación, dejando atrás las aguas turbias del Plata para regresar a las aguas azules, gélidas e indómitas del Atlántico norte, con la certeza de que el combate, lejos de haber concluido, apenas comienza. Sé que volveré el año próximo, porque la Argentina forma parte de mí de una manera que no se elige ni se explica, y porque aquí quedan mis amigos, aquellos cuya presencia da sentido a los días, y también aquellos que, privados de su libertad en Argentina, Chile o Uruguay, encarnan una dimensión humana que no puede ser olvidada sin empobrecerse uno mismo.
Porque hay pueblos que se disuelven en la fatiga de su propio olvido, dejándose llevar por la inercia de su decadencia. Y otros que, en el instante mismo en que todo parece vacilar, encuentran aún la fuerza de levantarse, de rehacerse y de volver a afirmarse en la historia.





















