Renaud Camus, el padre de la idea del Gran Reemplazo

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¿Por qué dejamos que nos reemplacen como si nada?

 Se celebró recientemente en Viena un encuentro entre destacados pensadores de diversos países europeos. Una de las figuras centrales fue Renaud Camus, a quien se debe el famoso concepto de «El Gran Reemplazo» (o «La Gran Sustitución», si ustedes prefieren). El filósofo Antoine Dresse, miembro de la redacción de Éléments, estuvo presente en dicho encuentro y lo relata.

 


 

Harrison Pitt, que moderaba el coloquio, planteó de inmediato la pregunta decisiva: ¿por qué parece Europa singularmente más expuesta que otros conjuntos civilizacionales a la sustitución demográfica? Para Camus, la respuesta hay que buscarla, en primer lugar, en los traumas que sufrió nuestro continente durante el siglo pasado. Europa, explicó, salió del siglo XX con una relación consigo misma profundamente alterada. El continente que había dominado el mundo comenzó a mirarse casi exclusivamente a través del prisma de sus errores, sus crímenes y sus catástrofes. El examen de conciencia, tan característico del espíritu europeo, se fue transformando poco a poco en desconfianza hacia sí misma. A fuerza de cuestionar su pasado, Europa llegó a dudar de la propia legitimidad de su continuidad. De acuerdo con este diagnóstico, Martin Sellner subrayó que la amenaza no reside en una presión externa que se ejerza sobre Europa, sino más bien en la pérdida de todo instinto de autodefensa. «Se trata de una enfermedad autoinmune», de un desequilibrio interno, como si el sistema de protección se hubiera vuelto contra sí mismo. Los europeos se han convertido en sus propios adversarios al erigir un sistema mental que les impide querer perseverar en su propia existencia.

Camus, sin embargo, no se limita a invocar la culpa europea. También trata de reflexionar sobre la lógica impersonal de la modernidad que hace posible el cambio de pueblo. El «Gran Reemplazo» no constituye, en efecto, un fenómeno aislado. Sólo es comprensible en el marco de un proceso mucho más amplio de desculturización y, posteriormente, de descivilización. La sustitución demográfica no es ni la primera causa ni un fenómeno autosuficiente, sino el síntoma más visible de una transformación previa que afecta a la relación de Europa con la transmisión, la jerarquía, el legado, el lenguaje e incluso la realidad. Así, recordó que, si bien el «Gran Reemplazo no es un concepto, sino un hecho observable», el reemplacismo global sí es, en cambio, un concepto de la propia creación de Camus. Para él, el reemplazo  no se refiere únicamente a la sustitución de los pueblos; remite, más profundamente, a un mundo en el que todo se vuelve sustituible. Ahora bien, ese mundo es el del igualitarismo triunfante o, como él mismo lo denomina en sus libros, el de la hiperdemocracia, es decir, no de la democracia en el sentido clásico y político del término, sino de su extensión indefinida a todos los ámbitos de la existencia.

 

De la igualdad al desarraigo

La igualdad, legítima en el orden jurídico, se ha convertido en Europa en un reflejo absoluto, una pasión que ya no tolera ni la precedencia, ni la autoridad, ni el modelo, ni el legado. Ya nada debe estar por encima de otra cosa, ya nada debe imponerse por antigüedad, por excelencia o por transmisión. Ahora bien, para Camus, es precisamente a partir de ahí cuando una civilización comienza a desaprender lo que es. Porque la cultura nunca es un mero conjunto de obras ni un decorado de museo. Implica un orden, preferencias, fidelidades, obras consideradas más fundamentales que otras, un lenguaje más refinado, una memoria más densa; en definitiva, una jerarquía. «La cultura es toda jerarquía», ha llegado incluso a escribir. Por lo tanto, una cultura sólo vive si sabe qué es lo que antepone, qué transmite, qué venera y a qué pide a cada uno que se sume. Una civilización que ya no cree ni en la jerarquía, ni en el legado, ni en la centralidad de sus propias formas, se vuelve fatalmente incapaz de resistir al reinado de la equivalencia general. Si todas las culturas son absolutamente iguales, si todos los pueblos se consideran funcionalmente intercambiables, si el pasado ya no tiene autoridad, entonces la sustitución de los pueblos deja de parecer una ruptura trágica. Se convierte, a su vez, en una simple reorganización, una variación en el gran juego de las sustituciones modernas.

 

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