El conspiracionismo
La persecución del ridículo contra los del gorrito de papel de plata va a menos. Demasiadas conspiraciones, más o menos disparatadas, se han cumplido en los últimos años como para que den ganas de ponerse muy exquisitos con las explicaciones complotistas.
Esta nueva cautela, este pensárselo dos veces antes de denunciar a nadie como conspiranoico, es para mí, un rendido partidario de las conspiraciones, un verdadero alivio. Nunca he entendido qué problema podría haber en creer que los poderosos puedan ponerse de acuerdo sin contarlo a los cuatro vientos; y años de ocuparme de la información internacional, donde los líderes no dicen la verdad ni por casualidad, me han convencido de que en los pasillos del poder la conjura es la regla, no la excepción.
Pero mi interés por las conspiraciones es fundamentalmente narrativo, no lógico. Aborrezco esas conjuras de hombres poderosos unidos por intereses tan infantiles y aburridos como la riqueza, ya sea mediante el control de un territorio o el acceso a recursos. Montar algo tan excitante como una conjura con motivaciones tan pedestres debería estar prohibido.
Para que me interesen, las conspiraciones tienen que ser suficientemente intrincadas y con fines inesperados y grandiosos, como reconquistar Constantinopla o liberar Tierra Santa.
La conspiración magiar
Leo que el nuevo primer ministro de Hungría, Péter Magyar, antiguo colaborador y correligionario del vencido Viktor Orbán, ha decretado que los líderes de los partidos en el parlamento de Budapest presten juramento a la corona de San Esteban.
San Esteban fue el primer rey de Hungría en convertirse al cristianismo; es decir, el primero en convertir una horda bárbara del este en un reino occidental y cristiano. Con tan fausto motivo, el papa (alertado por un sueño) envió al rey una corona. Cuenta la leyenda que en el viaje se torció la cruz que campeaba sobre la corona, y es esa cruz providencialmente torcida lo que la hace tan reconocible. Otra leyenda habla de un origen aún más remoto, en el Asia de donde procedían los magiares. Me quedo con las dos.
Lo confieso: se me saltaron las lágrimas al conocer la noticia. Jurar a la corona de San Esteban en un momento en que el papa se enfrenta al nuevo emperador, en una revisitación actualizada de la disputa de las investiduras, me indica que vamos por buen camino, pese a todo.
Esta coincidencia me predispuso a favor de una magnífica teoría de la conspiración húngara que circula por las redes. Advierto de antemano que no creo en ella, pero tampoco descreo: me mantengo en un perfecto agnosticismo al respecto. La cuento porque me parece magnífica.
Estamos en algún momento de 2024. Viktor Orbán lleva catorce años al frente de los destinos de esa aldea gala europea que, con sólo unos diez millones de habitantes, ha sabido resistir a las presiones brutales de Bruselas para que Hungría deje de ser húngara. Pero sabe que es una guerra de desgaste que no puede sostener indefinidamente. Así que llama a su despacho a su estrecho colaborador y miembro de su gabinete, Péter Magyar y le cuenta su maquiavélico plan.
Magyar —le explica— será su sucesor. Pero no como miembro del partido Fidesz en el poder: eso no arreglaría nada, y el cansancio del electorado, siempre veleidoso, echaría por tierra el proyecto. No, Magyar tiene que pasar a la oposición con un partido propio, y combatirle en todos los foros políticos a cara de perro. La izquierda no tiene mucho predicamento en Hungría, así que es probable que el nuevo partido, Tisza, se convierta, por defecto, en el principal partido.
Todo el mundo se pondrá inmediatamente de su lado, simplemente como alternativa a Orbán. No van a mirar con lupa su historial porque para todos, desde los globalistas sin nombre hasta los líderes políticos europeos, le apoyarán de todas las maneras posibles. Una vez que gane las elecciones, se desbloquearán los fondos que Bruselas retiene y se le abrirán todas las puertas. Hasta el propio Soros, añade Orbán, le felicitará con entusiasmo.
Bonito, ¿verdad? Lo que sabemos es que Magyar ha declarado enfáticamente que no va a acoger a los presuntos refugiados que, según Bruselas, le corresponden a Hungría. También ha dicho que no va a romper peras con Rusia, que les va la luz en ello. Y en cuanto a Ucrania, ya iremos viendo. Un cambio gatopardesco de manual.
Por supuesto, es sólo una teoría entretenida y consoladora, aunque no carezca de puntos de anclaje. Las posiciones de Tisza, que desde luego no es de izquierdas, se me antojan un posible indicio de su probabilidad. Pero confieso que lo que me ha ganado ha sido el juramento a la corona de San Esteban, que Dios tiene en su gloria.
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