"¡Que Dios me ayude!", dice el título del tweet colgado por Péter Magyar y donde se le ve recogiéndose ante la corona del rey san Esteban de Hungría, en la basílica del mismo nombre

Cómo Hungría se ha reído dela UE y de los globalistas

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Cada vez parece confirmarse más lo que ya adelantábamos hace un par de  días: no hay ninguna auténtica ruptura entre la política de Órban y la del nuevo primer ministro húngaro. Es cierto que, contrariamente a lo que pretendía la información de la que, con todas las reservas, nos hacíamos eco en estas páginas, es probable que la cosa no llegue hasta un pacto previo entre Orbán y Magyar para, burlando las insidias de la UE, burlarse de ella y de sus amos globalistas.
Hasta ahí  no llegan las cosas (y si acaso llegaran, tampoco nadie lo proclamaría). Pero como señala el analista franco-húngaro Thibaud Gibelin en el siguiente artículo, «Viktor Orbán y Péter Magyar son hermanos enfadados». Enfadados, sí, y mucho, aunque nunca sabremos si lo están de verdad o de mentirijillas. ¡Qué más da! Lo único que importa es que, por enfadados que estén, ambos persiguen, en realidad, los mismos objetivos.

 


 

Poner fin a los permisos de trabajo para los inmigrantes no europeos;[1] poner en cuestión los medios de comunicación públicos;[2] confiar la Educación Nacional a una figura católica… En Budapest, las declaraciones de Péter Magyar durante su primera rueda de prensa no dejan lugar a dudas. Firmeza en materia de inmigración, medidas conservadoras y recuperación del control político: una línea que, en muchos aspectos, encaja con el panorama húngaro de los últimos años.

Y, sin embargo, tanto en Bruselas como en París, se había impuesto una narrativa muy diferente. «Esta noche, el corazón de Europa late más fuerte en Hungría», se entusiasmaba Ursula von der Leyen. Para Nathalie Loiseau, la derrota de Viktor Orbán demostraba incluso que «no hay una ola imparable de la extrema derecha». Incluso en Estados Unidos, donde Barack Obama afirmaba con gozo que se había producido un punto de inflexión.

En pocas horas, las elecciones se convirtieron en una victoria ideológica.

En este coro de entusiasmo, sin embargo, desentonaba una voz. La de Éric Zemmour, quien en X declaraba, refiriéndose a Péter Magyar: «No es ni de izquierdas ni de centro. Todos aquellos que en Francia intentan apropiarse de él se cubren de ridículo.»

Algunos ya invitaban a mirar más allá de la narrativa.

 

Derrotar a Orbán, pero entender quién le sustituye

Porque el entusiasmo europeo parece responder, en primer lugar, a una lógica simple: Viktor Orbán ha sido derrotado. El resto —el perfil de su sucesor, su trayectoria, su línea— pasa a un segundo plano. Sin embargo, Péter Magyar no es un opositor venido de otra parte. Proviene del Fidesz, el partido de Orbán. Conoce sus entresijos, equilibrios y reflejos. Una configuración que Thibaud Gibelin, profesor del Mathias Corvinus Collegium (MCC) de Budapest y especialista en Hungría y Viktor Orbán, resume con una frase: «Son hermanos enfadados»

Los primeros anuncios vienen precisamente a recordar esta realidad. En Hungría, la opinión pública se opone masivamente a la inmigración extraeuropea. Incluso la izquierda local se ha adaptado a ello. En estas condiciones, es imposible gobernar de otra manera. Lo que algunos han presentado como un cambio de gobierno se presenta, por tanto, sobre el terreno, como una recomposición interna. Thibaud Gibelin lo subraya: «Un conservadurismo sustituye a otro.»

Para él, el malentendido es profundo: lejos de marcar una ruptura clara, los anuncios realizados tras su elección parecen situar a Péter Magyar en la prolongación política de Viktor Orbán.

 

Bruselas, el quid de la cuestión

Para comprender plenamente la secuencia, hay que mirar hacia Bruselas. Desde hace varios años, la Unión Europea congela miles de millones de euros en fondos destinados a Hungría. Una presión considerable sobre una economía debilitada, que Thibaud Gibelin califica de «estrangulamiento económico».

En este contexto, la prioridad del nuevo poder es clara: restablecer los flujos financieros. Rodrigo Ballester, director del Centro de Estudios Europeos de Budapest y comisario ministerial húngaro de Educación, estima que Bruselas podría «desbloquear todos los fondos». Y que las concesiones esperadas serán «probablemente cosas que él [Péter Magyar] estará encantado de poner en práctica». La misma lógica se aplica al préstamo europeo de 90.000 millones de euros a Ucrania: allí donde Orbán frenaba, Budapest podría ahora alinearse. Pero queda una pregunta.

¿Y si estas garantías ofrecidas a las capitales europeas no fueran, en el fondo, más que señales hábilmente calibradas? Una forma de tranquilizar a Bruselas, el tiempo necesario para desbloquear la financiación, sin que ello prejuzgue realmente la línea política futura.

[O dicho más llanamente: «Venga, Úrsula, no seas una urraca tan agarrada. Suelta ya la pasta que nos debes; te hacemos alguna concesión de fachada, pero en cuanto a lo mollar, espera un poco y ya verás, ya verás…». Nota de la Redacción]

 

Entre discurso y estrategia

Es aquí donde el análisis de Thibaud Gibelin cobra todo su sentido. Péter Magyar «simplemente promete la cuadratura del círculo y todo lo que la gente quiere oír». Una lógica que confirma Rodrigo Ballester: el nuevo líder húngaro busca, ante todo, «complacer un poco a toda su coalición». En Budapest, anuncios firmes, en sintonía con la opinión pública. En Bruselas, señales de apertura, compatibles con las expectativas europeas. Una línea que no se marca, sino que se ajusta.

En pocos días, el relato se ha resquebrajado. Lo que debía ser una victoria ideológica parece ahora una interpretación precipitada. Lo que se presentaba como una ruptura ya parece un ajuste. Como recuerda Thibaud Gibelin, «las promesas de campaña solo comprometen a quienes creen en ellas».

Queda entonces una pregunta, ahora central. ¿Y si Péter Magyar no fuera tanto el anti-Orbán que algunos han querido ver… sino una versión capaz de llegar a un acuerdo con Bruselas sin romper con los fundamentos húngaros? Fundamentos húngaros a los que Magyar parece apegado. ¿Acaso no publicó el 17 de abril una foto suya rezando ante la corona de san Esteban, el primer rey de los magiares? Una corona que simboliza a la vez las raíces cristianas y la soberanía de Hungría…

 

[1] Se trata de inmigrantes del Sudeste asiático que, con el fin paliar la falta de mano de obra húngara, eran contratados por el gobierno húngaro, por un periodo de cinco año no renovables y sin posibilidad de reagrupación familiar. (Nota de la Redacción.)

[2] Contrariamente a lo que se ha dicho fuera de Hungría, Péter Magyar no pretende cerrar los medios de comunicación públicos. Pretende tan sólo impedir que el gobierno (o sea, él mismo, a partir de ahora) los utilice como medio de propaganda y tergiversación a su favor. (Nota de la Redacción.)

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