La izquierda clásica —la roja, en fin— habría condenado la invasión migratoria como el último recurso del capital para obtener el «ejército industrial de reserva» del que hablaba Marx, un ejército cuya mera existencia contiene los salarios y hace temblar al obrero. Pero resulta que la izquierda roja se ha convertido hoy en izquierda rosa.
A menudo no nos damos cuenta de cómo funciona de verdad nuestra mente, que presumimos racional. En realidad, los términos que designan conceptos despiertan en nuestra cabeza un montón de imágenes asociadas, de modo que cuando el exterior se mantiene, tendemos a pensar que estamos ante la misma cosa, aunque la sustancia haya desaparecido por completo.
Por ejemplo, se nos urge desde el fin de la Segunda Guerra Mundial que oteemos el horizonte vigilando la vuelta del totalitarismo. Pero como lo asociamos con banderas, himnos y uniformes, con una determinada retórica, hemos dejado que se nos cuele sin inmutarnos cuando nos llega de la mano de los «expertos», con el amoroso abrazo de una madre universal.
O la izquierda, que ha logrado desaparecer sin abandonar sus ropajes. Lo que queda está vacío: peor, se ha convertido en su contrario en muchos aspectos, pero sigue convenciendo a los de siempre. Hay que reconocer que la retórica es idéntica, la actitud, los mohínes, las consignas simplonas. Pero no hay un “hay” ahí.
Como nunca he sido de izquierdas, y siempre me ha parecido una forma especialmente insidiosa de suicidio social, no las alabaré. Pero podía comprenderla. Tenía cierta coartada teórica donde tout se tient, una coherencia interna, un método en su locura. Ahora, su sujeto revolucionario, el proletariado, es aborrecido abiertamente, como llegué a ver articulado en una entrevista de Pablo Iglesias, creo que en La Tuerka, con algún otro rojo. No se cortaban: el obrero real, lamentaban, era machista, xenófobo, culturalmente vulgar, sospechoso de mal gusto y alarmantemente resistente a adquirir la conciencia correcta.
El capital internacional ha comprado a la izquierda, le ha lanzado una exitosa OPA y la ha convertido en su división ideológica, su productora de coartadas políticas. Por eso la vemos de la manita de la patronal y el clero, sus enemigos históricos, en la defensa de una invasión que, cuando aún creía en sus principios, hubiera sido la primera en combatir. Porque la izquierda clásica —la de verdad, la histórica— habría condenado la inmigración masiva como el último recurso neoesclavista del patrón para obtener ese «ejército industrial de reserva» del que hablaba Marx, cuya mera existencia contiene los salarios y mete el temor de Dios en el cuerpo del obrero.
La inmigración masiva altera ese equilibrio de forma radical. Permite mantener salarios bajos indefinidamente porque siempre existe una reserva prácticamente inagotable de trabajadores más pobres, más desesperados y dispuestos a aceptar condiciones peores.
La vieja izquierda desconfiaba ferozmente del gran capital, de las fronteras abiertas para mercancías y mano de obra y de cualquier mecanismo que debilitara al trabajador nacional. La nueva izquierda parece diseñada en un laboratorio de Goldman Sachs.
Porque, quitando el argumento más obvio ya expresado, todo lo peor de esta invasión, las consecuencias reales más deprimentes, afectan especialmente a la clase obrera española. A veces, solo a ella. Para quien vive en una urbanización con seguridad privada, que solo se mueve por espacios seguros, este aluvión del Tercer Mundo quizá solo se traduzca en que le resulta más fácil contratar a un jardinero barato. Pero en el barrio el paisaje humano cambia a una velocidad que ninguna sociedad ha conocido jamás en tiempos de paz. Es allí donde se saturan colegios y ambulatorios. Es allí donde el alquiler de los pisos más modestos se dispara porque diez personas recién llegadas aceptan compartir lo que antes ocupaba una familia. Es allí donde aumenta la sensación de inseguridad, aunque luego salga un sociólogo del régimen a explicar que todo es una percepción inducida por la extrema derecha.
Las élites siempre han sabido externalizar los costes de sus decisiones. Lo extraordinario de nuestra época es que además han conseguido convertir esa externalización en superioridad moral. Para eso ha comprado a la izquierda, para quedar bien haciendo lo que le beneficia.
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