¿Lo habrán hecho expresamente, como una especie de mofa retorcida, para que coincida con la visita de Su Santidad a España? Quién sabe. Lo cierto es que el Vaticano, efectuando una decidida defensa de la preferencia nacional (en este caso: preferencia eclesiástica), acaba de prohibir tajantemente la instalación de inmigrantes en el Estado Vaticano (no se sabe, sin embargo, si se aplicará la remigración a quienes ya estuviesen instalados).
Nada que objetar a tan encomiable medida. Ningún otro Estado europeo ha adoptado hasta la fecha resoluciones tan categóricas. Y, sin embargo, resulta imposible aplaudirlas, pues se hallan envueltas en la más heduibda hipocresía. «Lo que es bueno para nosotros —viene a decir con su meliflua voz el Vaticano— es rechazable, amantísimos hijos, para vosotros, a quienes corresponde acoger con caritativo amor a todos los desventurados que, embarcados en frágiles embarcaciones como este cayuco que tengo simbólicamente a mi lado, huyen desde sus lejanas tierras para llegar a las vuestras en pos de amor y salvación». El melindroso (y ahora hipócrita) discurso de siempre, en fin. Para qué seguir.
Y mientras tanto, mientras miles de cristianos son perseguidos, torturados, asesinados, quemados vivos por las hordas islámicas en el África negra y en Oriente Medio, bien pocas palabras salen, sobre ello, de la boca del sucesor de Pedro. Si ya no se puede hacer un llamamiento a Cruzadas, lo que debería salir de la pontificia boca tendría que ser, al menos, un ardiente, un constante clamor.
Es cierto, sin embargo, que, aun siguiendo con la misma línea con la que su antecesor abrazó lo peor del nihilismo moderno, el nuevo pontífice han rebajado algo la rudeza del discurso de Bergoglio. En el fondo, dice lo mismo, pero insistiendo menos y con menos énfasis.
Lo curioso —y triste— es que parece como si esta pequeña moderación por parte de León XIV les hubiera bastado a nuestros amigos católicos (los tradicionalistas, quiero decir). Ha desaparecido el legítimo furor con el que arremetían contra el discurso y las medidas con las que el papa argentino bendecía el nihilismo de nuestros tiempos. Basta ver, por ejemplo, la forma como Infovaticana.com, un periódico de contumaz defensa de la sacralidad, cubre la visita del papa. No hay ni la sombra de una palabra crítica. Ni una referencia al escándalo de que Su Santidad no vaya a visitar el Valle de los Caídos, a punto de ser profanado por el gobierno con la bendición de la Conferencia Episcopal y del papa Francisco.
Cuando parecen surgir ciertos atisbos de renacer religioso —pero sólo en sus manifestaciones tradicionales—, flaco favor hace todo este silencio al eventual resurgir de un aliento sagrado en el mundo.



















