El papa predica el Gran Reemplazo…, menos en el Vaticano

¿Lo habrán hecho expresamente, como una especie de mofa retorcida, para que coincida con la visita de Su Santidad a España? Quién sabe. Lo cierto es que el Vaticano, efectuando una decidida defensa de la preferencia nacional (en este caso: preferencia eclesiástica), acaba de prohibir tajantemente la instalación de inmigrantes en el Estado Vaticano, castigando con penas de prisión de tres y cuatro años a los culpables  (no se sabe, sin embargo, si se aplicará la remigración a quienes ya estuviesen instalados).

Nada que objetar a tan encomiable medida. Ningún otro Estado, salvo los Estados Unidos de Donald Trump, ha adoptado hasta la fecha resoluciones tan categóricas. Y, sin embargo, resulta imposible aplaudirlas…., pues se hallan envueltas en la más retorcida hipocresía. «Lo que es bueno para nosotros —viene a decir con su meliflua voz el Vaticano— es rechazable, amantísimos hijos, para vosotros, que debéis acoger con caritativo amor a todos los desventurados que, a bordo de frágiles embarcaciones como este cayuco que tengo a mi lado, huyen desde lejanas tierras para llegar a las vuestras,  que esperan encontrar llenas de amor y salvación».

El melindroso (y ahora hipócrita) discurso de siempre, en fin. Para qué seguir.

Y mientras tanto, mientras miles de cristianos son perseguidos, torturados, degollados o quemados vivos por las hordas islámicas en el África negra y en Oriente Medio, poquísimas palabras salen, condenándolo,  de la boca del sucesor de Pedro. Si ya no se puede hacer un llamamiento a Cruzadas, que sería lo suyo, lo que debería salir de la pontificia boca tendría que ser, al menos, un ardiente, constante clamor de protesta.

Es cierto, sin embargo, que, aun siguiendo con la misma orientación con la que su antecesor abrazó lo peor del nihilismo moderno, el nuevo pontífice ha rebajado algo llo extremoso  del discurso de Bergoglio. En el fondo, dice lo mismo, pero insistiendo menos y con menos énfasis.

Lo curioso —y triste— es que parece como si esta pequeña moderación por parte de León XIV les hubiera bastado a nuestros amigos católicos (los tradicionalistas, quiero decir). Ha desaparecido aquel legítimo furor con el que arremetían contra el discurso y las medidas con las que el papa argentino bendecía el nihilismo de nuestros tiempos. Basta ver, por ejemplo, la forma como Infovaticana.com, un periódico de contumaz defensa de la sacralidad, cubre la visita del papa. No hay ni la sombra de una palabra crítica. Ni una referencia tampoco al escándalo de que Su Santidad no vaya a visitar un Valle de los Caídos que está a punto de ser profanado por un gobierno que cuenta con la bendición de la Conferencia Episcopal y del papa Francisco.

Cuando parecen surgir ciertos atisbos de renacer religioso —pero sólo en sus manifestaciones tradicionales—, flaco favor hace todo este silencio al eventual resurgir de un aliento sagrado en el mundo. Que es, en últimas, de lo que realmente se trata.

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