Inmigración: con los ojos cerrados ¿hasta cuando?

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Suele decirse que una de las causas de la caída del telón de acero estriba en la  desconexión abismal que se daba entre la “realidad oficial” de la propaganda y la experiencia cotidiana de los ciudadanos en los países de “socialismo real”. Una situación muy comparable a lo que hoy en día sucede con el problema de la inmigración. Algo que ha sido recientemente denunciado por la investigadora del Instituto Nacional de Estudios Demográficos de Francia (INED), Michèle Tribalat, en el libro Con los ojos cerrados. La inmigración en Francia.

 En este libro Tribalat denuncia los “a priori” ideológicos que, desde las instancias oficiales, dificultan en Francia un estudio objetivo de los problemas asociados con la inmigración. Refiriéndose ante todo al “Alto Consejo para la Integración” y a la “Comisión Nacional Consultiva de los Derechos del Hombre” la autora señala que, para estos organismos oficiales, “la realidad y la evidencia de los hechos no cuenta. Es preciso ante todo posicionarse, demostrar que se está del lado del Bien. Cualquiera que sea la realidad, hay que elogiar ante todo los méritos de la inmigración, felicitarse de sus múltiples aportes y del enriquecimiento que suscita. Este corsé ideológico oprime a las ciencias sociales desde los años 80. Trabajar sobre la inmigración es partir en cruzada contra los que piensan mal, y también en gran medida contra los que dudan (…) Se trata de un reclutamiento de las ciencias sociales en detrimento de un análisis razonado a partir de hechos y realidades (…) La inmigración es sacralizada de forma que los desacuerdos no pueden existir ni ser razonablemente debatidos”.
 
Y de esta forma, para no “alimentar el racismo”, los media practican la retención de informaciones, el maquillaje de la realidad y la disuasión ante los enfoques no ideológicos del tema. Algunos ejemplos: el uso torticero de las cifras de matrimonios mixtos para argumentar el “éxito de la integración” (cuando no hay elementos estadísticos que en Francia apoyen esa conclusión). La afirmación de que “la salud demográfica de Francia se debe a la inmigración”, un axioma –según Tribalet – muy discutible con los datos en la mano. La prohibición de las estadísticas étnicas en los estudios sobre la delincuencia (por otra parte sí permitidas en los Estados Unidos). La falta de análisis sobre el fracaso escolar: ¿porqué los jóvenes de origen asiático (no francófonos de origen) tienen más éxito que los de otras procedencias?. O la falta de un análisis desapasionado sobre el discurso victimista de la “exclusión social” como justificación de los estallidos de violencia étnica.
 
De esta forma se produce una desconexión con la realidad comparable a la que sucedía en los países socialistas. Y así, los ciudadanos autóctonos afectados por el choque cultural con la población alógena o atrapados en medio de la conflictividad étnica son considerados, más que como víctimas, como culpables de “racismo” por los bienpensantes de la “Nueva clase” que, bien alejados de las barriadas conflictivas, se complacen en celebrar las alegrías del pluralismo étnico y del multiculturalismo.
 
No es de extrañar que, de vez en cuando, se produzcan sobresaltos. Así pasó en Suiza en noviembre 2009, cuando en un impecable ejercicio de democracia directa los suizos se posicionaron contra la construcción de minaretes en su país (para consternación moral y desgarro de vestiduras de todos los bienpensantes, que acusaron a los suizos de “no comprender la globalización”). O como ocurrió en agosto 2010 cuando el socialdemócrata alemán Thilo Sarrazin, Director del Bundesbank y antiguo Ministro de Finanzas de Berlín, publicó el libro “Alemania se autodestruye”, en el que señala que Alemania está amenazada por los inmigrantes, especialmente por los musulmanes.
 
Entre otras “perlas” Sarrazin afirmaba que  “en todas las épocas la inmigración incontrolada ha amenazado a los Estados y desestabilizado a las sociedades (véase la construcción de la gran muralla por los chinos, el establecimiento del Limes por los romanos, etc etc)”. “La tolerancia no puede extenderse a los intolerantes”. O “cuando quiero escuchar a un muecín, me compro un billete a Oriente”.
 
 Las reacciones del establishment no se hicieron esperar: condenación y oprobio universales para el otrora respetado político. Aunque según las encuestas las reacciones de la opinión pública se orientaban más bien en otro sentido. Tanto es así que el semanario Der Spiegel tituló en su portada: “Sarrazin, el héroe del pueblo”. Tal vez por eso, oliendo por donde podrían soplar los vientos (electorales), la Canciller Angela Merkel (que se había sentido “consternada” por las declaraciones de Sarrazin) se apresuró a proclamar en octubre 2010 que “nos hemos equivocado. El multiculturalismo ha sido un completo fracaso

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