Tan siniestro vaticinio —o tan clarividente constatación— brotó de la pluma de Guillaume Faye (autor que ya presentamos el otro día en nuestras páginas) en el año 2016. De modo que, de los veinte años que faltarían para nuestra muerte como civilización, ya sólo quedan… diez.
No olvidemos, sin embargo, que el vaticinio es condicional. Se producirá tal hecatombe si no se hace nada, si seguimos con los brazos cruzados, si no se emprende lo que constituye, sin duda, la tarea más apremiante —y más dura para nuestra sensibilidad caritativa—: la de esa remigración de la que, precisamente por ello, tanto les hablamos últimamente.
El debate sobre el islam y el islamismo, el laicismo, la integración, la asimilación, el “comunitarismo”, etc., está desconectado de lo real y del sentido común. Está intelectualizado: por lo tanto, fuera de la realidad y, por lo tanto, inútil. Es una ensalada de postulados ideológicos y de píos deseos. Pero el corazón del problema es práctico, material, demográficamente cuantitativo y, además, étnico. Diez principios deberían ser evidentes sobre esta cuestión.
1- No combatir sólo los efectos de la inmigración, sino, sobre todo, sus causas
Querer prohibir los velos en los lugares públicos, controlar la financiación y la altura de los minaretes de las mezquitas, rechazar en escuelas, hospitales –y en cualquier sitio– las prácticas islámicas, etc. – y hacerlo mediante leyes y reglamentos–: todo esto es necesario. Pero habremos perdido desde el principio si no comprendemos que todo esto también es insuficiente. Todo esto fracasará si no se aborda la fuente del problema. Y ésta es a la vez puramente cuantitativa y demográfica, pero también étnica. Se trata de la inmigración extraeuropea de mayoría musulmana en progresión exponencial, así como de la fecundidad netamente superior de los inmigrantes. Ésta es la doble causa que hay que tomar en consideración.
2 – Pensar a largo y no a corto plazo
Matemáticamente, si no se hace nada para bloquear el flujo de la inmigración, si ninguna “remigración” (retorno a su país) es puesta en marcha, dentro de la segunda mitad del siglo los países de la vieja Europa ya no serán países étnicamente “europeos” y el islam será netamente mayoritario. Nuestros países serán países afro-árabes musulmanes que conocerán la pauperización e incesantes violencias etnorreligiosas, con un éxodo masivo de los últimos europeos de origen. Ello, además de una probable y endémica guerra civil de carácter étnico. Es la ley de hierro de la demografía (inmigración y natalidad). En este caso, simplemente nuestros países desaparecerán, y hasta puede que desaparezca su propio nombre.
Pero esta perspectiva a medio y largo plazo es ignorada totalmente por las oligarquías (los dirigentes actuales estarán muertos o serán nonagenarios cuando se produzca el hundimiento final) que piensan y actúan sólo a corto plazo. Es el reflejo de una sociedad de lo inmediato, que no se proyecta hacia el futuro, que olvida su pasado y toma Prozac o fuma porros para no pensar en el presente.
3 – Comprender que las fuerzas que desean la destrucción étnica de Europa están trabajando para ello
Estas fuerzas se infiltran en los diversos Estados, en la tecnocracia europea, en las oligarquías mediáticas, partitocráticas (incluido el FN francés) y sindicales. Imponen la ideología inmigracionista y colaboran con la islamización.
Fundamentalmente antidemocráticas (“antipopulistas”, como dicen en su jerga), animadas por un sentimiento nihilista de odio hacia la cultura, la historia y el arraigo de las naciones europeas, aliadas objetivos del islam invasivo, estas fuerzas empujan a las autoridades políticas de derechas o de izquierdas al etnocidio de los europeos. Todo está hecho para dejar entrar la marea migratoria y para destruir las raíces culturales de las identidades europeas, especialmente en la enseñanza pública y los medios de comunicación.
4 – El etnopluralismo es como el motor de agua: nunca funcionó en ninguna parte y nunca funcionará
Es una idea, al igual que la del comunismo, para enterrar en el cementerio de las utopías. Existe una incompatibilidad de vida en común (convivencia territorial) en una misma unidad política entre poblaciones étnicamente diferentes: sobre todo, si algunas son árabe-musulmanas o africanas. Las excepciones no son más que burbujas artificiales compuestas por élites.
Aunque, sobre todo para quienes viven en una zona étnica, se pone de manifiesto la imposibilidad del etnopluralismo (revelado ya por Aristóteles), plantear tal cosa es un tabú, una prohibición ideológica. Esta imposibilidad no es sentida por las élites inmigracionistas y antirracistas simplemente porque esta gente, contrariamente a los “pequeños blancos”, no vive ni está nunca en contacto con sus queridos inmigrantes arabe-musulmanes o africanos, que no son para ellos más que abstracciones. Es por ello por lo que difunden para los demás –no para ellos– el concepto de “vivir-juntos”
5 – ¿Combatir el “comunitarismo”? Demasiado tarde
El combate contra el “comunitarismo” (esa palabra trampa que sirve para enmascarar el término de “colonización étnica”) no sirve de nada, como tampoco sirve de nada el combate contra la islamización y la radicalización. Es demasiado tarde. A principios de los años ochenta del pasado siglo todavía se podía pensar en integrar y asimilar en la “República” y la cultura franco-europea a inmigrantes extraeuropeos. Pero es rigurosamente imposible desde que suponen porcentajes considerables, mayoritarios en ciertas zonas urbanas. Es inútil intentar mejorar las cosas, hay que darle la vuelta a la cuestión. Es decir, bloquear los flujos migratorios e invertirlos.
La remigración es indispensable. Pero… ¿será posible?
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6 – No hay que ensañarse en la idea de que ellos son “nuestros compatriotas”, ya que no lo quieren
Es rigurosamente imposible construir una nación unida con una proporción creciente de población árabe-musulmana y africana, incluso si hablan francés. La candidez de los inmigracionistas y asimilacionistas, desde el FN al PS, de querer que esos millones de inmigrantes o hijos de inmigrantes sean “nuestros compatriotas” es equivalente a la hostil negativa, por parte de un número cada vez más grande de ellos –sobre todo entre los jóvenes–, a considerarse franceses –o españoles, alemanes, etc.–, incluso si tienen la nacionalidad. No quieren integrarse o asimilarse. Cada vez más jóvenes de origen árabe-musulmán, africano o turco, en toda Europa, incluso con nacionalidades europeas legales, se consideran ciudadanos de sus países de origen, mientras que Europa es detestada como tierra de conquista. Tienen reflejos racistas. Ese es su problema.
7 – Querer crear un “islam de Francia” es una ridícula utopía
El islam no es sólo incompatible con la “República”, sino con todo lo que no es él mismo, ya sea religión o cultura. Implica un profundo enraizamiento psíquico, étnico. De Gaulle lo había visto, de ahí su rechazo a la Argelia francesa como apéndice de Francia. La idea de un “Islam de la Ilustración”, moderado y reformado, es un callejón sin salida. Los musulmanes franco-compatibles o republicano-compatibles son minorías utopistas, o son embaucadores desprovistos de sinceridad. El islam es intrínsecamente hostil a todo lo que representa la civilización europea. Las únicas ideologías que han flirteado con el islam son totalitarias: antes, el nazismo, y hoy día, el marxismo, con el “islamo-izquierdismo”. Y no es por casualidad.
8 – Contra el terrorismo islámico: desislamizar Francia y Europa
No sólo el espionaje y el intento de desmantelar las redes islamistas evitarán los atentados; tampoco se evitarán programando en las cárceles (escuelas del crimen) ridículas e inoperantes (a la vez que contraproducentes) operaciones de “desradicalización”. Se logrará, sobre todo, prohibiendo la entrada en el territorio (inmigración cero) de todo nuevo inmigrante musulmán y revirtiendo los flujos migratorios mediante deportaciones masivas. Está mal decirlo, pero el riesgo de atentados terroristas en un país occidental es proporcional al tamaño de su población musulmana.
9 – Admitir que la influencia musulmana y árabe-africana alcanza la totalidad del territorio nacional
La causa de todos los problemas es demográfica y matemática. Constatación de Patricio Riberiro, secretario general del sindicato de policía Synergie-Officiers: “Ningún lugar es inmune, el fenómeno de la comunitarización y la insularidad de un montón de barrios se observa por todas partes con la infiltración y la invasión del tejido escolar, asociativo y deportivo; es un mar de fondo”. Menciona que “la negación de la realidad por parte de un cierto número de cargos electos” revela, en realidad, “la aquiescencia y la connivencia intelectual”. Piensa que “este buenismo o clientelismo cínico nos conduce a la catástrofe”. Nada que añadir. El problema es estrictamente demográfico, nada más. Por razones de corrección ideológica y semántica hablamos de “comunitarismo”, espantoso neologismo, mientras que se trata sencillamente de una invasión exterior (inmigración) e interior (natalidad).
Por otra parte, el escritor argelino Boualem Sansal señala: “El orden islámico intenta instalarse en Francia, es un hecho patente, en muchos lugares ya está instalado” ´(FigaroVox. Entrevista 17/6/2016).
10 – Integración y asimilación: misión imposible
La integración (es decir, la adopción parcial de las costumbres del país de acogida, como el idioma, pero conservando una parte de sus usos y costumbres de origen) es posible si los inmigrantes no sobrepasan el 5% de la población de acogida. Para la asimilación (la adopción total de la cultura de acogida y el abandono de la propia), el porcentaje es aún más bajo. Para decepción de todos los discursos (del FN, de la derecha y del centro), ni la integración ni la asimilación son posibles por una razón matemática: la proporción de inmigrantes es demasiado alta. Las masas de niños africanos o árabes de origen nunca podrán, salvo excepciones individuales, por supuesto, ser asimiladas o realmente “afrancesadas” por la escuela. La Francia universal, supracultural y supraétnica, es una imposibilidad, el fruto de una utopía intelectual abstracta construida en tiempos en que la inmigración masiva no existía.
Conclusión: resolver el problema global supondrá un enorme choque
Los problemas de creciente comunitarismo, de “guetización”, de fricciones y enfrentamientos incesantes con las costumbres musulmanas en expansión que degradan la vida cotidiana de los autóctonos europeos; los problemas de criminalidad multiforme en alza constante, de hundimiento del nivel de una escuela pública multiétnica, de terrorismo, evidentemente: nada de ello se podrá resolver mediante simples políticas interiores que nunca estarán a la altura de los problemas.
El referéndum británico a favor del “Brexit” ha sido en realidad un desesperado voto de protesta de las clases populares inglesas contra la inmigración. Pero una Gran Bretaña separada de la UE –si el referéndum se respeta–, ¿limitará la inmigración? No es seguro.
La solución general vendrá, en primer lugar, de un restablecimiento de las fronteras nacionales y de una interrupción total de toda inmigración extraeuropea, incluso legal, de trabajo y de reagrupación familiar; en segundo lugar, de una decidida política de expulsión de todos los clandestinos e inmigrantes en situación irregular y de “remigración” para aquellos que están en situación regular. En cuanto a aquellos que, a causa del derecho de suelo (que deberá ser prohibido de manera imperativa), son “franceses de papel” (o de cualquier otra nacionalidad europea), su situación será la más difícil de resolver, pero deberá resolverse.
Cierto, estas soluciones suponen un inmenso coraje. Provocarán choques, dramas y conflictos que habrá que afrontar. Pero continuar sin hacer nada desembocará en una situación aún peor. La ecuación es simple: a partir del momento en que una inmigración-desagüe es autorizada (alentada) por el Estado desde hace cuarenta años, con una tasa de reproducción de dos a tres veces superior por parte de las poblaciones inmigrantes, con un 90% de ellos musulmanes, y una huida de las élites jóvenes, Francia y los demás países europeos estarán muertos en veinte años.
Para no morir como civilización: REMIGRACIÓN, fin de la Gran Sustitución
Pero no basta con gritar
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