Desde que un impostor denominado Marcel Duchamp tuvo la idea en 1917 de presentar como arte un vulgar urinario expuesto en una galería de Nueva York, la aniquilación del arte no ha hecho más que ir en aumento. ¿Aniquilación? Sí, porque aniquilarlo es dar el sagrado nombre de arte a engendros en los que la fealdad, la necedad y la vulgaridad sustituyen a la belleza y, sustituyéndola, la insultan y le escupen.
Les ofrecemos seguidamente todo un ramillete de engendros de dicho ‘arte’ (no olviden nunca las comillas, por favor). Algunos son parodias destinadas a burlarse de él, mientras que otros son prestaciones ‘artísticas’ realizadas con total seriedad. Da igual; ambos son perfectamente intercambiables.
Ambos expresan la degeneración de una época que no sólo es capaz de producir tales patochadas, sino también de comprarlas y exponerlas. No todos lo hacen, es cierto. La gran mayoría sonríe o incluso se ríe desdeñosamente ante tales imposturas. Nadie, sin embargo, se estremece ni solivianta —en EL MANIFIESTO debemos de ser los únicos— ante el hecho de que semejante fealdad constituya la belleza oficial de nuestro tiempo, esa fealdad que, si alguien se atreve, transmitiremos a nuestros descendientes.
Tal es el arte que, repudiando lo bello, se aniquila a sí mismo. Tal es el arte oficial de nuestro tiempo. Un tienpo que, sin embargo, no se circunscribe a sus desatinos. Extramuros, en los márgenes de la Ciudad, anida también un arte no oficial, no reconocido, pero henchido de belleza.
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