No hay mal que por bien no venga, dice el saber popular mientras intenta consolarse de alguna desgracia. Lo decía también el jefe de Estado del régimen anterior y puede que la fortuna nos lo haga decir a nosotros mismos. Quien también decía algo parecido, pero de forma más refinada y poética, era Hölderlin, cuya famosa sentencia, tantas veces citada por Heidegger, reza: «Ahí donde está el mayor mal, ahí también crece lo que salva». Otro (y con esto acabo) que en su columna de La Gaceta aludía ayer (pero de forma implícita) a un mal capaz de aportar un bien, es Hughes. Y pásmense, porque el mal del que se trata no es cualquiera. Es el mayor, el más demoledor mal al que se enfrenta nuestra civilización.
Se trata de la invasión migratoria que nos amenaza con dos posibilidades. O bien con reemplazar, sin más trámite, nuestra cultura y nuestra etnia por las propias del Islam; o bien con diluir nuestra identidad en una viscosa papilla de indiferenciación total —el enjambre «multicultural», lo llaman—. ¿Cómo podría una hecatombe de tal calibre aportar el menor bien? La respuesta es obviamente paradójica. Pero no olvidemos que a veces son grandes paradojas las que mueven los oscuros, misteriosos meandros de la historia.

Recuerda Hughes en su columna al historiador francés Henri Pirenne, quien «consideraba a Carlomagno una consecuencia de Mahoma. Sin el Islam y su avance no es que no se entienda España, es que no se entendería la formación carolingia de Europa, antecedente de la Unión Europea actual», salvando obviamente las distancias entre un imperio y un engendro económico-burocrático. Por ello, concluye Hughes, «parece innegable que el Islam ha sido una fuerza exterior que ha moldeado Europa». Entendamos: que la ha moldeado reactivamente, por oposición y enfrentamiento a los soldados de Mahoma. De manera similar, otro historiador, Eric Hobsbawn, considera —sigue diciendo Hughes— que «el atractivo de la política antiinmigratoria para los nacionalismos europeos es llenar su vacío identitario. Los inmigrantes serían la forma de definir una identidad europea no resuelta».
No es que nuestra identidad —tanto nacional como europea— no estuviera resuelta, es decir, resultara confusa antes de que se produjera el alud de hordas venidas de fuera. Es que la identidad ya casi nos la habíamos arrancado. O poco faltaba. Incluso parecíamos convencidos de vivir en el mejor de los mundos posibles, tan plácido, tan cómodo ,tan blando y… tan feo, tan sin nervio, tan desaborido todo —pero esto bien pocos lo veían—. Golpeándonos con palizas, insultos, violaciones y atentados —¡zas, zas!, ¡toma, perro blanco!—, han acabado por hacernos reaccionar y, poco a poco —aún queda trecho— hemos empezado a recuperar nuestro sentimiento y nuestro orgullo patrio. El orgullo por las patrias chicas que son nuestras naciones (las aldeas y regiones son sólo entrañables terruños) y el orgullo de la patria grande que es nuestra Europa.
¿A quién se lo debemos, en últimas, sino a «ellos»? Sin ellos, cada vez más numerosos, y más arrogantes, más embravecidos, más violentos, ¿estaríamos acaso presenciando el florecer de un hondo movimiento identitario por toda Europa? ¿Estaría Alternativa por Alemania a punto de hacerse con el poder en Sajonia-Anhalt y cada vez más cerca de lograrlo a nivel nacional? Sin ellos, ¿estarían acaso Marine Le Pen y Jordan Bardella a punto de hacerse el año que viene con el poder en Francia? Sin ellos, ¿estaría Vox pisándole los talones a un PP obligado a disimular y poner algo de sordina a sus ansias favorables a la invasión? Y así sucesivamente por toda Europa.
¿Refugies Welcome, entonces? No, por supuesto. Pero como ya están aquí, aprovechemos al menos su presencia para recuperar, antes de repatriarlos, la identidad que nuestros pueblos, inducidos por nuestras élites, habían abandonado.





















