“Sólo yo, nada más que yo”, dice el hombre solo de nuestros tiempos. Algunos, sin embargo (Rafael Narbona, por ejemplo, en este texto que se ha hecho viral), añaden con dolorida pero clara lucidez, mientras poco a poco va acercándose la de la guadaña: ¡Qué dura, pero qué dura que es la soledad!
Qué duro es superar los sesenta años sin familia.
Mi mujer y yo no tenemos hijos ni sobrinos. Yo he perdido a mis tres hermanos y mi mujer sufre algo peor: la desafección de dos hermanos por culpa de una herencia.
Los amigos sólo son una brizna de afecto en el vasto océano de la soledad. Y no cabe esperar nada de la sociedad. En una gran ciudad, nadie conoce a nadie. Ya no existe sentido de comunidad.
No sé qué le sucederá a mi biblioteca, con más de 20.000 volúmenes y muchas primeras ediciones dedicadas. No es fácil donar algo así. Casi todas las instituciones están desbordadas. Nos conformamos con que nuestros perros y gatos no nos sobrevivan.
Si la vida sólo es esto, un viaje efímero entre dos océanos de oscuridad, Camus y Sartre tenían razón: la vida es absurda. Cuando Teresa de Jesús dijo “Solo Dios basta”, sabía que sólo el Absoluto, sea lo que sea, puede salvar al ser humano del desamparo y la sensación de impotencia.
Cioran escribió: “Imagino mis cenizas desperdigadas por todo el planeta, frenéticamente agitadas por el viento, diseminándome en el espacio como un reproche contra este mundo”. No puede imaginarse otro futuro para cada uno de nosotros si sólo somos un capricho de la evolución, una pavorosa forma de azar.












