Un muchacho, casi un niño, un boy scout escocés, acaba de dar una lección a tantos y tantos adultos que, aun criticando al islam y no aprobando su invasión, se postran a sus pies, colaboran con él. Como colaboran los propios dirigentes del Scottish Beaver Scouts, que llevaron a sus niños a visitar la sala de plegarias del Centro Islámico de Stirling, en Escocia, y consintieron que les hicieran postrarse ante Alá.
Quien, en cambio, no colaboró en absoluto fue el niño (véanlo en la imagen) que se mantuvo gallardo y de pie mientras el imán, el monitor de los Scouts y sus compañeros se postraban en la sumisa postura de la religión cuyo nombre, en árabe, significa Sumisión.
¿Era apertura de espíritu lo que caracterizaba a los dirigentes de los Beaver Scouts? ¿Era deseo de que los niños conozcan las diversas religiones existentes y se inicien en sus rituales? ¿Acaso no es encomiable esa apertura de horizontes que les lleva a visitar también centros de otras religiones, aunque se ignora si entre éstas figura la cristiana?
No, en absoluto. Lo que fluye en todo ello no es ni libertad ni apertura de espíritu. Lo que mana a raudales, salvo en la gallardía del niño que no se posternó, es el magma líquido de un mundo que presupone que todas las religiones —incluida la que pretende acabar con él— tienen idéntica validez. Bienvenida sea, es cierto, la libertad de cultos (aparte de que el islam, además de un culto, es una forma de poder y de sociedad). Bienvenida, pues, tal libertad, pero a condición de que sólo se trate de cultos carentes de cualquier ansia de dominar (¿qué es, si no, la yihad?) las naciones que, intentando suicidarse, les han abierto las puertas.
¡Al enemigo, ni agua!




















