Lo más importante que aquí cuenta Víctor Lenore no es sólo el avance de las fuerzas culturales y políticas opuestas a la cultura ‘progre’ hasta ayer dominante. Lo más importante es que ello se acompaña, tanto en Europa como en Estados Unidos (piénsese en un Elon Musk, el hombre más rico del mundo), de la implicación activa, con dinero, empresas, influencia y medios de comunicación de gran alcance, de una parte significativa de las élites más poderosas de nuestro mundo.
Quienes llevamos años partiéndonos el pecho en el combate cultural y político de cada día no notamos la presencia de dichas élites en nuestro campo. Seguimos siendo tan pobres y desaparrados como siempre, pero nos congratulamos sinceramente de que estos poderosos estén ahí, en el lado correcto de la historia. El resentimiento… es cosa de zurdos. ¿O acaso se imagina alguien que la revolución —porque es de una revolución de lo que se trata— podría hacerse sin la implicación, activa o pasiva, de una parte de los poderosos de nuestro tiempo? ¿Qué revoluciones se han hecho así a lo largo y ancho de la historia? Ninguna.
Por primera vez, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la derecha europea parece dispuesta a asaltar la cultura. El empresario francés Vincent Bolloré y la presidenta italiana Giorgia Meloni dirigen la reconquista
Están viendo llegar un cambio y les entran sudores fríos. Se hizo evidente en el último Festival de Cannes, donde la mayor polémica no fue una película de alto voltaje, sino un manifiesto contra Vincent Bolloré, magnate de la logística y del sector energético, que decidió poner una parte sustancial de su fortuna en el sector de la cultura y las noticias, en particular en la gigantesca productora Canal+. El mundillo del cine francés, tan pijo y tan ‘progre’, no puede soportar que un señor de derechas comparta sus moquetas. «A pesar de que la influencia sobre el contenido de las películas ha sido, por ahora, discreta, no nos hacemos ninguna ilusión. Eso no durará mucho tiempo», explica el manifiesto del colectivo Apagar a Bolloré, publicado en Libération y firmado por 600 profesionales, encabezados por Juliette Binoche.
Se trata, obviamente, de intimidar a cualquier derechista, advertirle de que juega en terreno enemigo. La estrategia no ha funcionado en absoluto: Maxime Saada, director general de Canal+, lo dejó claro durante una comida con los principales productores franceses el 17 de mayo. Entre plato y plato, comunicó que dejaría de contratar a todos los firmantes de la tribuna. «Si algunos quieren calificar a Canal+ de criptofascista, me parece algo inaceptable y no voy a trabajar con ellos», advirtió el directivo. Las firmas del manifiesto pasaron entonces de 600 a 3.400, con nombres de peso internacional como Javier Bardem, Mark Ruffalo y Ken Loach. Ya estaba armado el escándalo.
Atendamos a la perversidad del proceso: las estrellas y los profesionales del cine francés son aplaudidos por su activismo cuando publican un manifiesto que propone cancelar a un hombre de negocios que no piensa como ellos. Si Canal +, como respuesta, decide no contar más con los servicios de quien pretende silenciarlo, se empieza a hablar del horror de las «listas negras». El doble rasero es evidente. Al final, como todos los implicados saben, lo único que importa es el dinero. Bolloré es el máximo accionista de Canal+, la empresa que más películas produce en Europa. Además, posee el 34% de las acciones de UGC, una poderosa cadena de salas, la más importante de Francia, empresa en la que planea seguir invirtiendo hasta superar el 50%. «Detrás de su traje de empresario, ese multimillonario no esconde que lleva a cabo un proyecto civilizatorio y reaccionario de extrema derecha a través de sus cadenas de televisión como CNews y de sus editoriales”, aseguran los abajofirmantes. El terrible pecado de Bolloré es hacer exactamente lo mismo que han hecho tantos otros inversores culturales progresistas desde Mayo del 68, recibiendo aplausos y palmaditas en la espalda: defender sus ideas.
En realidad, llueve sobre mojado. Unas semanas antes de la bronca de Cannes, el sector editorial francés estaba hiperventilando por la decisión de 130 escritores franceses de abandonar el sello Grasset. El motivo fue el despido de Olivier Nora, que llevaba 26 años como director y acaba de ser despedido por Vivendi, conglomerado dirigido también por Bolloré. Entre los superventas literarios que se apuntaron a la deserción destacan Bernard-Henri Lévy, Frédéric Beigbeder, Virginie Despentes, Pascal Bruckner y el español Paul B. Preciado. La medida de presión no funcionó en absoluto: Bolloré les contestó: “Vivendi es mi casa y haré lo que me dé la gana”. Como hace cada uno en la suya.
Por supuesto, detrás de toda esta guerra cultural late el pánico ante las inminentes elecciones generales del año que viene, en las que el partido lepenista Agrupación Nacional tiene serias posibilidades de conquistar por primera vez la presidencia del país. Una de sus medidas culturales estrella es suprimir el Centro Nacional del Cine (CNC), organismo clave en la gestión y la financiación de la potente industria cinematográfica gala. Lo que molesta de los políticos y empresarios de la nueva derecha occidental —con su potente epicentro en el trumpismo— es que ya no están dispuestos a pedir perdón por sus convicciones políticas, ni por defender sus tradiciones (una firmeza de principios a la que contribuyó el ejemplo pionero del magnate Rupert Murdoch).
En el último mes, el diario El País ha publicado dos artículos prácticamente idénticos, vendiendo la idea de que la presidenta italiana, Giorgia Meloni, ha fracasado en sus guerras culturales. «Se impuso desde el principio como prioridad volcar su escala de valores en la educación, la televisión pública, el cine y la ópera. Una kulturkampf en toda regla, una auténtica guerra identitaria en busca de la hegemonía cultural que teorizó el comunista Antonio Gramsci. En realidad, la primera ministra ha demostrado tal escasez de ideas y personalidades a la altura que acabó buscando referentes de renombre debajo de las piedras, hasta echar mano incluso del propio Gramsci, encarcelado por el fascismo”, denuncia el diario de Prisa, en un crispado editorial. Justamente ahí está el triunfo: la nueva derecha italiana se ha quitado complejos y usa la cultura como herramienta, no como escaparate. Por eso Meloni puede alabar el talento político de Gramsci, y Salvini la visión estratégica de Lenin, sin aplaudir por ello el comunismo ni descuidar los contenidos conservadores. En su excelente autobiografía, Yo soy Giorgia (Homo legens, 2023), Meloni confiesa que su poema preferido lo escribió el homosexual comunista Pier Paolo Pasolini. Es el que lleva por título ‘Saludo y deseo’: «Defiende el prado / entre la última casa y la acequia, / defiende, conserva, reza». ¿Es esto ceder ante la izquierda o salvar a un artista de un secuestro?
Pero, sobre todo, y esto es lo que escuece al progresismo, Meloni ha completado un ambicioso plan por el que ha situado a Dante como inicio de la tradición conservadora italiana. Al mismo tiempo, se ha quitado complejos a la hora de nombrar y cesar directores de grandes instituciones culturales y ha roto el tabú de que no se podían dedicar exposiciones a obras como El Señor de los anillos —por tradicionalista— o al Movimiento Futurista —por fascista—. Los italianos no van a volverse reaccionarios de la noche a la mañana, pero se ha borrado el estigma asociado a reivindicar a artistas y pensadores nacionales como Gabriele D’Annunzio y ya no se rechazan las obras que exploran la identidad nacional en la globalista Bienal de Venecia. Los contenidos patrióticos han dejado de ser tóxicos.
Fratelli d’Italia ha marcado un camino para la derecha española, dominada por un Partido Popular siempre tibio y acostumbrado a ceder el campo cultural completo al PSOE. ¿Volverá a caer el PP en el adictivo vicio de no hacer nada cuando gobierna? Los experimentos francés e italiano confirman que hay mucho por ganar.
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