Alain Delon, uno de los nuestros

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Dos mundos enfrentados. En un lado el color terracota de las calles de tantas ciudades y pueblos de Italia. El negozio, la vespa, el final de la primavera dejando paso al estate...

En el otro lado, la vulvocracia yanki, con su prisa, con su comida rápida y sus centros comerciales.

El primer mundo representado por un varón galo, blanco, hetero, católico, machista, misógino, racista, homóbo, fascista, xenófobo y colonialista —como dirían ellos.

El otro, representado por unas intelectuales malfolladas, o bien por unas tías buenas ninfómanas, que se encuentran a disgusto con su furor uterino y quisieran ser puras, buenas amas de casa de los años 50, cuando nada de malo, y sí mucho de bueno, tiene tal condición. Acéptenla con regocijo.

¿Por qué resulta tan poco atractivo para un europeo con conciencia de serlo ese mundo gringo de burger en lugar de bistró; de mall en lugar de ágora; de cochazo gigante en lugar de vespa? 

El “fascista” Delon constituye ya todo un símbolo de aquello que tanto amamos los europeos.

El “fascista” Delon constituye ya todo un símbolo de aquello que tanto amamos los europeos y que nos resistimos a soltar, a dejar ir. Cuando ver un McDonald’s en la Piazza della Rotonda hacía que se nos llevaran los demonios, cuando admirábamos la sólida construcción mussoliniana de la Stazione Termini y nos calzábamos un plato de spaghetti pomodoro con un vino tinto en cualquier tasca de los alrededores de la estación, en las noches mal iluminadas del estío romano. Cuando nos montábamos en un tren, destino Brindisi, donde embarcar a continuación en un hacinado ferry rumbo a Patras, en la costa de Grecia.

Esas canciones de Franco Battiato, que evocan el verano del Mezzogiorno, y también del norte de África, cuando el Magreb aún era parte de nosotros, en una fraternidad mediterránea, antes de que su encanto colonial español, francés, italiano o británico de extranjeros y cuartetos de Alejandría fuera violentado por un integrismo islámico fomentado y desatado por las bombas arrojadas sobre Mesopatamia por la barbarie yanki neocón.

El fascista Delon, ya octogenario, es nuestra encarnación de la vieja Europa, del mundo que conocimos, antes de que ardiera Nuestra Señora de Lutecia. Séale concedida la Palma de Cannes, y sea laureada su blanca testa con ella.

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