Osadía

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Somos capaces de disolver nuestro ego en la multitud, gritar en un campo de fútbol, en orgásmica fusión con miles de fanáticos tan fanáticos como nosotros, cuando el gol de un delantero nos vuelve inmortales o la decisión de un árbitro nos condena a la miseria; y al mismo tiempo nos creemos aptos para opinar sobre el cambio climático, la política fiscal del gobierno y lo idóneo de las sentencias judiciales.

Llamamos “gilipollas” al vecino por creer en la homeopatía pero se nos antoja encantador que nuestros hijos expresen voluntad de redimirse mediante el veganismo, aunque sea necesario mantener su correcto aporte de proteínas a base de inyecciones cuyo principio activo —naturalmente—, es de origen animal.

Nos partimos la cara por el “derecho a decidir”, ya que somos capaces de tomar nuestras propias decisiones, y observamos sin escándalo ni turbación cómo el número de jóvenes que han tomado su propia decisión y están enganchados al juego on-line —ludópatas—, se acerca al número de personas entre 18 y 25 años que buscan su primer empleo.

Creemos en el reciclaje de residuos orgánicos e inorgánicos, pero atascamos cada día las cloacas de nuestras ciudades con toneladas de toallitas higiénicas no degradables.

Amamos la naturaleza, nos sentimos preparados intelectualmente y autorizados moralmente para señalar y denigrar los agentes causantes de la contaminación, los planes urbanísticos irrespetuosos con el entorno ambiental, la desertización y la suciedad de nuestras playas y costas; sin embargo, y sin que nos tiemble el alma, cada verano envenenamos a millones de peces con la resbaladiza sustancia F/50 que nos protege del sol, disuelta en la sopa marítima cada vez que nos ponemos a remojo.

Somos la hostia y somos el verso.

Personas que creen que la tierra es plana están convencidas, a su vez, de que los votantes del partido de enfrente son imbéciles. Integristas de la defensa animal mean en la calle, en los parques donde juegan nuestros hijos, porque si ningún ser vivo debe ser ilegal, lo que forma parte del todo tampoco puede ser ilegal, ni siquiera antihigiénico.

Otros y otras se preguntan si el camarero se habrá lavado las manos después de ir al wc, cuando su sueño de una noche ideal de copas es amorrarse al pilón de una persona a la que no conocen de nada. Muchos están convencidos de que el ataque a las Torres Gemelas del 11/9/2001 fue un montaje del gobierno de los EEUU, los atentados del metro Madrid una culpa de nuestro gobierno expiada por el pueblo, y la matanza de Barcelona en 2017 un mal sueño del que sólo se acuerdan los xenófobos y los fachas.

Algunos practican la meditación profunda para relajarse y después, para elevar el espíritu, se embuchan programas de tv anfetamínicos al rojo vivo, o se calzan un gramo de coca al día para soportar el agotamiento de una vida empantanada entre la manifestación del sábado contra los recortes sanitarios y la cortacésped del domingo en el chalet de la sierra. No faltan quienes braman porque no hay dinero con qué pagar las pensiones de nuestros jubilados, aunque se ponen en modo unánime para reclamar la llegada masiva de inmigrantes, la abolición de las fronteras y la acogida de todo el que quiera un lugar donde caerse muerto, venga de donde venga, en las condiciones en que venga y a lo que venga. Abundan, incluso, quienes protestan porque los mendigos tienen hechos un asco los cajeros automáticos, si bien les sobra sentido del humor para burlarse de los católicos que van a misa y soportan con cara estreñida el pestazo que han dejado los indigentes de Cáritas en la sacristía.

Son la teta y la sopa. La gallina y los huevos fritos.

De siempre se ha dicho —porque es verdad—, que la ignorancia y la estupidez son muy osadas. De siempre se dijo aunque el aserto ha dejado de tener sentido desde hace mucho. La ignorancia ya no es carencia sino un derecho fundamental del pueblo; la estupidez no se considera demérito sino hecho diferencial al que, por supuesto, también las gentes llanas tienen derecho. Lo que queda es la osadía, intacta en sus apabullantes potestades. Cada vez tiene más sentido pensar que la experiencia no tiene porqué ser la madre de la ciencia, sino el sendero necesario para una vida plena, incansable en la osadía. Y nada más.

La osadía ha dejado de ser consecuencia abominable de la necedad para transformarse en virtud capital, la nueva vía democrática al conocimiento útil: cuantos más majaderos en la misma canción, más fuerte sonará el coro.

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