Venezolanos

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Los veo con frecuencia, casi todas las mañanas en la plaza de San Pedro, que es tan de San Pedro como cualquier otra de las muchas que llevan ese título, incluida la de Roma. La nuestra —la del pueblo donde habito—, no es tan grande ni tan ornamentosa, pero tiene su aquel y su gracia, su ir y venir y su estar tranquilo a la hora del café. Y tiene su gente de Venezuela, que es mucha. Muchísima, digamos lo cierto: muchísima gente de Venezuela llegada a Canarias —que es de donde salieron sus ancestros—, de regreso a España —a Canarias, con su hora de menos y su hora del café y sus plazas como la de San Pedro—, después del estrépito de una gran derrota que aceptan con toda la dignidad posible; toda la resignación de quienes llevan casi dos décadas contemplando con impotencia cómo el país donde dejaron el sudor y la vida, su añorada y en otro tiempo próspera Venezuela, se desmorona y transforma en un campo de concentración para millones de prisioneros de la pobreza, la crueldad de la peor dictadura de América, la violencia del narcorégimen y el terror de las calles tomadas por delincuentes sin escrúpulos y paramilitares sin alma.

Hablan entre ellos, comentan cómo les fue a unos y otros, quiénes pudieron marchar y quiénes siguen allí varados, los que murieron y los que fueron asesinados, los que han conseguido a duras penas sobrevivir y a los que se llevaron el hambre, la enfermedad y la tiranía de los hospitales sin medicinas y las calles llenas de miedo. Y de muerte.

Han tenido suerte de estar aquí, en la plaza de San Pedro, y poder contarlo. Apenas se quejan, nunca protestan, casi nada piden excepto una manera decente de ganarse la vida. Saben que sus lejanos familiares españoles los recibirán con los brazos abiertos, que toda la gente de las islas se sentirá orgullosa de poder echarles una mano… Pero también saben que no habrá pancartas de “Refugees Wellcome” para ellos, ni ONG que se preocupe de sus problemas, ni manifestaciones clamando por su derecho a saltar la valla de terror y miseria que separa su amada patria de las islas Canarias. Lo saben, no son inmigrantes que huyen de una guerra con el Corán debajo del brazo, sino fugitivos de una dictadura que les ha machacado con las obras completas del Che Guevara. Ni el negocio de las ONG,s ni la recta pensantía de nuestra izquierda horizontal les perdonan ese detalle. Nunca se lo van a perdonar porque lo primero que exige la revolución es morir por la causa, a favor o en contra, eso es lo de menos; y los que se han resistido a donar la vida para que Maduro siga engordando, serán sospechosos para siempre.

Aunque apoyos no van a faltarles. El mejor de ellos, en este pueblo y en esta plaza de San Pedro, aparte del calor de la remota familia española, aparte el cariño de los tinerfeños, ha sido —cómo no—, el de Cáritas. Algo muy lógico si se considera que el párroco de San Pedro, sacerdote de profesión y cura de vocación, también es venezolano. Como ellos. 

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