VOX, la fuerza tranquila

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Nunca había estado en un mitin de VOX, lo que no tiene nada de particular porque hace años que no acudo a reunión alguna de partido ninguno, ni falta que me ha hecho. Sin demasiado entusiasmo por tanto, más llevado por la curiosidad ante un fenómeno social que por el interés hacia un ideario político, asistí el pasado 16 de abril al auditorio de Santa Cruz de Tenerife donde intervenía uno de los pesos pesados del partido, Iván Espinosa de los Monteros, conocido entre otras cosas por sus virales ocurrencias ante los medios de comunicación.

Esperaba ver gente preocupada, cabreada —la derecha se cabrea, la izquierda se indigna—; caras largas, ademanes adustos y, en cualquier caso, una recia marcialidad en la épica protestota, en consonancia con el mito de partido “ultraderechista” que la mayoría de los medios de comunicación han ido tejiendo en torno a este movimiento durante los últimos meses.

Me equivocaba, como casi siempre. Vi mucha gente de todas las edades: muchísimas mujeres, amas de casa de las que llenan el cesto de votos y señoras de derechas con mechas rubias; jóvenes en grupo y en pareja, hombres maduros vestidos casi de domingo y gente mayor un poco temblorosa porque no están acostumbrados a estos trajines de la política, las banderas, las multitudes… Gente amable, contenta, capaz de bailarse un pasodoble al son del “Que viva España” y otras músicas que amenizaban el ambiente mientras empezaba la parte oratoria, todas recibidas con jolgorio y danza, todas coreadas:  “Color esperanza” de Diego Torres, “Libre” de Nino Bravo, el muy celebrado “Islas Canarias” de Josep María Tarridas, catalán de Cataluña por más señas… Música simple para gente que no acostumbra a cantar himnos ni a corear consignas. Gente que nunca o casi nunca se ha movilizado: la gente tranquila de cada día que se ocupa más del sarampión del sobrino o la primera comunión del hijo pequeño que de los debates televisivos, las entrevistas de Ana Pastor o los documentales-denuncia de Cuatro TV. Y precisamente esa es la fuerza de VOX, me parece. Esa impresión saqué al menos de la experiencia.

Esa gente —tranquila—, se ha puesto en pie y ha empezado a bailar el pasodoble. Ojo con ellos. Son muchos y no están cabreados ni indignados. Están contentos porque intuyen que pueden a ganar.

No todo el mundo hiperventila viendo el telediario ni discute en la cena de nochebuena con el cuñado indepe. A mucha gente, hasta ahora, la política les ha interesado lo justito, algo así como “No me ayudéis pero no me deis el latazo y, si es posible, robad menos y bajadme los impuestos”. Y es esa gente —tranquila—, la que ahora considera necesario movilizarse, tan contenta como siempre, tan resignada a cumplir con aquella fastidiosa obligación: ya que los partidos que tradicionalmente les representaban han cambiado el oro de la convivencia por el lodo de la discordia, que no le cambien también su país, la sociedad en la que han vivido, el marco constitucional y cultural en el que han crecido y han educado a sus hijos, y lo suplanten por un invento neoprogre donde los matones filoterroristas de Alsasua son “chavales” injustamente encarcelados, todos los hombres asesinos potenciales de mujeres a los que hay que reprimir preventivamente, y los separatistas que hicieron añicos la ley y la convivencia en Cataluña una bondadosa asociación vecinal cuyo único propósito era votar en paz, sin injerencias del odiado Estado español. Yo no sé si la gente tranquila que acudió al mitin de VOX en Santa Cruz tenía muy claro lo que quería —seguramente, muy pocos habrán leído el programa electoral completo—, pero de cierto tienen muy claro lo que no quieren: una España quebrada, arruinada moralmente y éticamente escindida entre los partidarios del orden constitucional y los profetas orgiásticos de un caos liberasta, en el que los niños —y las niñas—, no pueden leer “Caperucita Roja” pero sí pueden ser adoctrinados desde su tierna infancia en las maravillas del sexo homosexual.

Esa gente —tranquila—, se ha puesto en pie y ha empezado a bailar el pasodoble. Ojo con ellos. Son muchos y no están cabreados ni indignados. Están contentos porque intuyen que pueden a ganar. Y si no ganan, seguirán en pie hasta que alguien cambie la banda sonora de España y se escuche una música que podamos bailar todos. Al tiempo.  

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