Elija usted. Si prohíben las medidas de prevención de incendios, eficaces y sencillas, que los campesinos realizaban de toda la vida de Dios, es porque son tontos (pero tontos de remate) o porque…
Arde España, arde Francia. Y en cualquier momento arderán otros países europeos (curioso: en África y Oriente Medio no debe de haber «cambio climático», visto que nada arde por ahí). En cambio, aquí… A sólo 15 kilómetros de Burdeos y a 50 de Madrid han llegado esta vez las llamas. Nunca se habían aproximado tanto ni con tanta ferocidad. Nunca había ardido tanto monte ni con semejante voracidad. Nunca se había tenido que evacuar a tanta gente (más de cien mil personas).
Y ante esta situación, todo lo que desde nuestra rabia se nos ocurre gritar —quienes lo gritamos— son cosas así:
«¡Maldita panda de incompetentes! ¡Maldito Gobierno de corruptos y tarados! ¡Incapaces de prevenir tales desastres!»
Pero no, no es cierto. Esto no es verdad. Competentes lo son, vaya si lo son… para su proyecto de mundo… inmundo, para sus afanes, su ideología, sus intereses; para conseguir, entre otras cosas, arrasar el campo (hay mil otras medidas complementarias), acabar con campesinos y ganaderos, poner eólicas y placas solares por miles o millones, instalar grandes fábricas de producción de insectos y carne artificial.
O si esto no es lo que los mueve, entonces aquí no se entiende nada.
Todo el mundo está de acuerdo en que la principal causa de semejantes incendios —no tanto de su producción como de la voracidad con que se expanden— está en la gran cantidad de maleza que se acumula en montes y bosques… y que los ecologetas de izquierdas prohíben limpiar (no olvidemos que existe también una ecología de derechas digna y necesaria, a la que hay que defender).

Una prueba entre mil, la más chunga. Hasta divertida si no fuera por tanta y tan provocada desgracia. El fuego llegó a la reserva natural que el ganadero Raúl Rodríguez tiene en Robledo de Chavela. ¿Y saben quiénes cortaron su avance? ¡Los bisontes que tiene en esa reserva! Fue preservada de las llamas toda la zona en la que pastan unos animales que no dejan ni una hierba en pie. El incendio, en cambio, se cebó con toda la zona no dedicada al pasto.
De toda la vida de Dios, las gentes del campo se han dedicado en invierno y primavera a limpiar y desbrozar tanto los bosques que pueden arder como los cursos de agua que se pueden desbordar. Pero esas cosas se han dejado de hacer. Es más, ¡pobre del campesino o pobre del ayuntamiento al que le ocurra hacerlo! Una multa, incrementada si el «delito» se repite, cercenará aún más sus ya menguados recursos.[1]

Desde hace un tiempo incalculable, algo tan sencillo, tan elemental como que hay que desbrozar el bosque lo venimos oyendo cansina, repetidamente, cuando, verano tras verano, se desata la furia ígnea que calcina nuestra naturaleza, ese lugar sagrado, consideraban los antiguos.
¿Será posible que oligarcas y gobernantes sean los únicos que no se han enterado de que los incendios no se combaten en verano, sino mediante desbroces realizados en invierno y primavera?
Enterarse, claro que se han enterado. Pero nada ha cambiado, nada han hecho ni tienen la intención de hacer. Lo único que hacen es mantener la puntillosa, asfixiante burocracia de reglamentos y ordenanzas que, desde los despachos, prohíben a la gente del campo hacer lo que sabe y quisiera hacer.
¿Por qué tanta obcecación?
Sólo caben dos respuestas que, muy probablemente, se combinan entre sí. O bien son tontos de remate; pero de una estupidez superior a la del tonto aquel que asó la manteca. O bien no son en absoluto estúpidos, sino que actúan, consciente y habilidosamente, como pirómanos de facto, dedicados a arrasar montes y campos, a aniquilar la tierra sobre la que, desde hace siglos, se ha alzado la cultura en todos los sentidos del término y que esas ignominiosas élites aborrecen: tanto la cultura de los cultivos que nutren nuestro cuerpo como la cultura que, nutriendo nuestro espíritu, conforma nuestra civilización.
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Veamos algunos ejemplos de todo ello en los siguientes artículos que hoy publicaba La Gaceta. ♦ La represión contra los desbrozadores no sólo la sufren los campesinos. También afecta a los propios ayuntamientos. La Confederación Hidrográfica del Júcar, dependiente del Gobierno, multa con hasta 300.000 euros a los municipios que limpien los cauces o los desbrocen de vegetación. ♦ Según el ayuntamiento de Pedro Bernardo el Gobierno ha dado la orden de desalojar a los vecinos para que no vean que la UME «tiene el mandato de no hacer nada». ♦ Una simple casualidad, por supuesto, pero ¿saben dónde se ha declarado el incendio de la Vall d’Uxó, en la provincia de Castellón? En un terreno en el que se acababa de aprobar el mayor proyecto, en España, de almacenamiento energético con baterías. ↑
¿Qué hacer con los “inmigrantes ilegales” (pero no los hay:
los legalizan a todos)?
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¿Remigrarlos a todos ahí de donde han venido?
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¡Oh, no! Ndie les pidió venir, es cierto. Pero… ¡los derechos humanos, los derechos humanos!
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¿Remigrar a los más peligrosos y quedarnos con los demás?
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Da igual. De todos modos es imposible deportar a millones de gentes
Son cuestiones decisivas para nuestro futuro
Pero nadie las plantea
¡Nuestra revista, sí!
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