Dejemos por un día la política y sus enredaderas. Ovidemos los hediondos trapicheos de quienes ni siquiera son políticos: sólo rufianes de baja estofa. Alcémonos sobre la espuma de los días. Hablemos de la muerte de los dioses. Hablemos de Hölderlin y de su poema «Archipiélago», donde el archipiélago es Grecia y donde planea, como casi siempre en sus poemas, la herida que nada puede restañar: «¡Ay! ¿no vienes todavía?, y aquéllos, los nacidos divinos, / continúan viviendo, ¡oh día!, solitarios en lo profundo / de la tierra, mientras una primavera, siempre viviente, / apunta sobre la cabeza de los mortales, sin que nadie la cante».
Hagámoslo de la mano del escritor Alejandro Gándara, quien, a raíz de una nueva traducción de «Archipiélago», escribía lo siguiente:
¿Por qué traducir otra vez al poeta de Suabia, teniendo en cuenta que en el último siglo se le han hecho unas treinta versiones?. Según Gil Bera, circula por ahí demasiada traducción poetizada y hay que regresar otra vez al verso de Hölderlin, a su trasparencia y oscuridad no gratuitas.
En el prólogo de Félix de Azúa a esta nueva edición se da, sin embargo, otra respuesta: la poesía, incluso la de la propia lengua, siempre se traduce. Es decir, siempre se interpreta, siempre exige para su comprensión un acto creativo. Un aspecto que la emparenta con la música (siendo la poesía la más alta música). La traducción literal es uno de esos actos, primordial cuando la lengua es extranjera. De modo, sigue Azúa, «que cuando leemos una traducción de Hölderlin estamos oyendo la música del poema a través de una versión instrumental específica».
Menciona, a propósito de las distintas versiones, la orquesta sinfónica en Díez del Corral, la orquesta mozartiana en la traducción reciente de Helena Cortés y Arturo Leyte, mientras que asigna a la presente traducción de Gil Bera la música de cámara de inspiración «schubertiana». Como se ve, a Azúa le gusta la música. Y seguramente más cosas.
Bien, les voy a dejar aquí dos versiones de un fragmento del famoso poema «Archipiélago», para que detecten por su cuenta, hagan sus distingos y peroren. La primera pertenece a Gil Bera y la segunda a la vieja traducción de Díez del Corral. Y éste es un oportuno momento para felicitar a la editorial y darle las gracias por el empeño que mantiene en devolvernos la poesía que era nuestra. Va:
I)
Pero, ay, nuestra especie vaga en la noche y vive,
como en el Orco, sin lo divino. Están sólo fundidos
a sus propias intrigas, y cada cual se oye a sí mismo
en el taller que retumba, y los salvajes trabajan mucho
con poderoso brazo, sin pausa, pero siempre
estéril, como las Furias, queda el esfuerzo de los miserables.
Hasta que, despertada del sueño angustioso, el alma de los hombres
se incorpore, joven y dichosa, y el aliento bendito del amor,
de nuevo como antes en los hijos florecientes de Grecia
sople en una nueva era sobre frentes más libres
y el espíritu de la naturaleza que vaga a lo lejos aparezca
de nuevo cual dios que se demora callado en nubes doradas.
Ay, ¿aún tardas? Y aquellos vástagos de los dioses,
¿aún viven, oh día, en las profundidades de la tierra
solos, mientras una primavera siempre viva,
y no cantada, alborea sobre las cabezas de los durmientes?
II)
Mas, ¡ay!, nuestro linaje vaga en la noche, vive como en el Orco,
sin lo divino. Ocupados únicamente en sus propios afanes,
cada cual sólo se oye a sí mismo en el agitado taller,
y mucho trabajan los bárbaros con brazo poderoso,
sin descanso, mas, por mucho que se afanen, queda infructuoso,
como las Furias, el esfuerzo de los míseros.
Hasta que, despertando de angustioso sueño, se levante
el alma de los hombres, juvenilmente alegre, y el hábito bendito del amor,
de nuevo, como muchas veces antes entre los hijos florecientes de la Hélade, sople en una nueva época, y el espíritu de la naturaleza,
el que viene desde lejos, el dios, se nos aparezca entre nubes doradas
sobre nuestras frentes más libres, y permanezca en paz entre nosotros.
¡Ay! ¿no vienes todavía?, y aquéllos, los nacidos divinos,
continúan viviendo, ¡oh, día!, solitarios en lo profundo
de la tierra, mientras una primavera, siempre viviente,
apunta sobre la cabeza de los mortales, sin que nadie la cante.
Ω
Hasta aquí el fragmento del poema de Hölderlin y el texto de Alejandro Gándara. Quisiera añadirle tan sólo una breve apostilla. El poema (como rememorando el famoso «Ahí donde está el mayor peligro / ahí también está lo que salva» de Hölderlin) se mueve entre dos direcciones opuestas. Por un lado, el poeta nos anuncia el advenimiento de una nueva era el día en que, «despertando de angustioso sueño, se levante el alma de los hombres, juvenilmente alegre». Pero mientras tanto, seguiremos solos, ocupados en nuestras bajas miserias, pues «los salvajes trabajan mucho con poderoso brazo, sin pausa, pero siempre estéril, como las Furias, queda el esfuerzo de los miserables».
Renacerá un día el mundo. «Dejarán los nacidos divinos, de estar solitarios, ¡oh, día!, en lo profundo
de la tierra». Este día, sin embargo, no es mañana. No sabemos cuándo será. Pero será. Y en ello estamos.




















