En las causas reales del inicio de la guerra de Ucrania se superponen fuerzas en dos planos: el interno y el geopolítico. Ambos se retroalimentan. Sin uno no existiría el otro. De hecho, es en el Golpe de Estado del Maidán de 2013-2014 (sin el que no hubiese habido guerra) cuando ambos hacen converger planos con mayor profundidad sus fuerzas rumbo a la catástrofe.
Plano interno
La guerra hubiese podido evitarse si los actores políticos y económicos en Ucrania, en un ejercicio de patriotismo, pero también de realismo, hubiesen entendido antes del golpe de Estado el papel de Ucrania en el mundo como gozne entre el mundo exsoviético y lo que llamamos “Occidente”. Y esa situación de equilibrio existió hasta el golpe de Estado de 2013/2014. Era, sin duda, la Ucrania ideal.
Pero ello falló por la conjunción de varios factores:
- Intereses egoístas de varios oligarcas que querían más poder y más dinero y no dudaron con tal fin en colaborar con intereses y vectores extranjeros que querían usar a Ucrania como ariete contra Rusia, para lo cual el golpe de Estado al que esos oligarcas contribuyeron en beneficio propio sería el elemento clave.
- El extremismo filonazi hipernacionalista de algunos insensatos, sobre todo del Oeste de Ucrania. Patriotismo mal entendido, enfermo, y de nulo realismo.
- Como caldo de cultivo, la torpeza y la corrupción del gobierno de Yanukovich, que, sin embargo, fue elegido democráticamente. Era un gobierno legítimo que cayó por un golpe de Estado ilegítimo
Factores nefastos, ciertamente, que incidieron en una situación de base muy delicada y potencialmente explosiva. A saber, que en realidad existían dos Ucranias: la del Oeste, proeuropea y nacionalista y en la que coexistían el ruso y el ucraniano, y la del Este y el Sur, rusa (porque esos territorios en su día formaron parte de Rusia) y de mayoritario idioma ruso. Estado Frankenstein, por lo tanto, pero en el que hasta el golpe de Estado del Maidán no se rompe el equilibrio
Plano geopolítico
Es obvio que la política exterior de EE. UU. (y, por lo tanto, la de su mayordomo, el Reino Unido) siempre ha perseguido, para tener la hegemonía mundial, evitar que Rusia y Europa del Oeste (es decir, la UE y, en especial, Alemania) lleguen a la lógica y deseable alianza estratégica en la que Rusia aportaría energía y recursos naturales. Para ello, por un lado, han influido, y mucho, en bastantes decisiones de la UE actual, y por otro han hecho todo lo posible para ampliar la OTAN hacia el Este para dejar aislada a Rusia, esto último en flagrante ruptura de los acuerdos verbales con Gorbachov cuando la reunificación alemana.
Que tal política sea nefasta en la medida en que, como se ha visto, debilita a Europa y en especial a Alemania, poco importa en Washington, que obviamente busca su propio interés. Que además sea también una equivocación en la medida en que echa a Rusia en los brazos de China es algo que debería tenerse en cuenta en Washington, que sin embargo prefiere seguir fiel a la tradición de sus errores y barbaridades en política exterior que tanto daño han hecho al mundo, especialmente a España cuando nos arrebataron Cuba, Puerto Rico y Filipinas hace poco más de un siglo.

En estas circunstancias, nada tiene de extraño que Washington se fijase en Ucrania como el ariete ideal contra Rusia. Y con persistencia y mucho presupuesto empezaron a construir durante años las condiciones para que Ucrania, mediante la entrada en la OTAN, sirviese a sus designios estratégicos. Fueron muchos años de preparación. Primero, la “Revolución naranja” de 2004, en realidad el primer semigolpe de Estado contra el vencedor de las elecciones, Yanukovich. El resultado fue la anulación de las elecciones por vía judicial, lo que abrió las puertas a un gobierno pro-OTAN del tándem Yushenko-Timoshenko. Yanukovich tenía razón como patriota que entendía la dualidad Este-Oeste de Ucrania, pero su índole corrupta le debilitaba —y en realidad le restaba legitimidad—. Ello dio justificadas alas a los manifestantes cuya afluencia en el Maidán de 2004 en parte había sido promovida por los EE. UU.
Y los EE. UU. usaron a la CIA y a la USAID con ese fin. La USAID (cerrada ahora por Trump), con más presupuesto para ello que la CIA, hizo el papel de soft power, es decir, no sólo poder blando, sino sobre todo adoctrinamiento pronorteamericano y antirruso. Invirtieron mucho dinero, y doy fe de ello. Por ejemplo, una visita, pagada por USAID, de diputados ucranianos de Crimea (¡de Crimea!) a España después de la “Revolución Naranja” en la que visitaron el Senado y les recibí como senador que era, para darme cuenta de que los fines de la USAID eran ganar adeptos pronorteamericanos, crear un estado de opinión antirruso y promocionar el ucraniano en la rusa Crimea. Y eso cuesta dinero.
Los EE. UU. prepararon minuciosamente, con muchos fondos y con verdadero ahínco el caldo de cultivo psicológico de lo que sería el golpe de Estado definitivo: el de 2013-2014 que en el mismo 2014 acaba en guerra civil, y a partir de 2022 en guerra a gran escala entre Rusia y Ucrania, o más bien —y es la realidad— entre Rusia y la OTAN con sus vasallos de la UE. Obviamente, tras triunfar el golpe, los EE. UU. se pusieron a organizar la Junta de gobierno que pondría en marcha su diseño para Ucrania y contra Rusia. Sin que contase para nada la UE, como se puso de manifiesto en la ya célebre conversación de 2014, paradigma de la elegancia léxica e intelectual, de la directora para Europa de los USA Victoria Nuland con su embajador en Kiev: “¡Fuck the EU!”, afirmó, solemne, la sutil diplomática.
¿Ha valido la pena esta guerra, con más de un millón de muertos, que al final, inequívocamente, ganará Rusia (aunque a un alto precio), puesto que es para ellos un problema existencial y, si fuesen derrotados, Rusia dejaría de existir?
¿Por qué la REMIGRACIÓN es la única posibilidad de evitar la guerra entre ellos y nosotros?
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Pero la que ha dejado de existir es Ucrania. La Ucrania en plenitud que muchos conocimos y quisimos, con más territorio y más habitantes en su día que España, es cosa del pasado, en un país que ahora tiene poco más de veinte millones de habitantes y que ha perdido mucho territorio. Esa es la verdadera catástrofe.
¿Cuándo pedirán perdón los EE. UU. a Ucrania por haber creado semejante desaguisado? ¿Cuándo pedirán perdón a Ucrania los EE. UU. y el Reino Unido por haber torpedeado las conversaciones de Estambul, en la primavera de 2022, que hubiesen dado una salida airosa a Ucrania y a Rusia, mientras que ahora el resultado será un final de la guerra mucho más desastroso para Ucrania y con más víctimas y un peor acuerdo? ¿Cuándo presentará la UE, en especial Alemania, Francia y el Reino Unido, sus disculpas a Ucrania por haber entorpecido en su día hasta 2013 el Acuerdo de Asociación cuyo descarrilamiento enciende la chispa de las revueltas —espoleadas por EE. UU., la UE y los oligarcas traidores— que llevan al golpe de Estado y tras él a la guerra?
Causas internas, pues, en la guerra de Ucrania —y quien esto escribe vivió en primera línea muchos de estos acontecimientos—, pero también y sobre todo causas geopolíticas que, como lluvia de fuego y malas intenciones, han acabado de destruir Ucrania.
¿Son, entonces, Rusia y el malvado Putin —siempre dibujado como “la suma de todos los males sin mezcla de bien alguno”— los malos de esta película? Más bien no. Con todos los errores que Rusia ha cometido, en especial al inicio de la guerra, pero también en las formas con Ucrania antes de 2014, Rusia también ha sido víctima del desastre en la medida en que no sólo ha sufrido cientos de miles de víctimas, sino sobre todo porque la acción geopolítica de los EE. UU. le obliga a tener que intervenir militarmente. Hay incluso quien afirma que Rusia cae en la trampa de invadir Ucrania que los EE. UU. y el Reino Unido le habían tendido. Sea lo que fuese, el resultado es una catástrofe, y más lo sería si se empleasen armas nucleares en lo que podría ser —no lo descartemos— la III Guerra Mundial, que tendría entonces su verdadero inicio en un insensato golpe de Estado de 2013-2014 en el que los principales autores estaban jugando con fuego.
Fin del espíritu de Helsinki y del derecho internacional: sombrío futuro
Descritos quedan, por lo tanto, los dos fundamentales planos, el interno y el externo, en los que se mueven las causas y factores reales de la guerra en Ucrania. Pero, si ampliamos la perspectiva, vemos un tercer plano: la disolución del consenso de Helsinki que atenuó en 1975 la confrontación entre la URSS y el Pacto de Varsovia, por un lado, y, por otro, la OTAN y el llamado “Occidente”. Puede, en efecto, afirmarse que, en aquel acuerdo de más de treinta países, incluida España, se alcanzó un punto de equilibrio en la Guerra Fría que parecía augurar el fin de los conflictos y el respeto al derecho internacional, puesto que su espíritu implicaba el reconocimiento mutuo de la seguridad del contrario.
El resultado fue, por un lado, la reducción de las tensiones políticas y militares en un horizonte de esperanza que parecía mostrarse sin conflictos, con mutuo control de armamento y con respeto del principio de la inviolabilidad de fronteras; por otro, que se plantease la necesidad de crear la OSCE, de la que Helsinki constituye el embrión, como organización de cooperación y seguridad para la resolución pacífica de conflictos.
Pero aquel espíritu de Helsinki duró poco. Tras la implosión de la Unión Soviética y la reunificación alemana, el Acta de Helsinki se hizo papel mojado y la OTAN empezó a ampliarse al este ante la preocupación del mundo, Rusia en particular.

El momento culminante de esa disolución del consenso de Helsinki lo marca una fecha que debe ser recordada en los libros de historia como el momento en el que el derecho internacional deja de existir: el 24 de marzo de 1999, noche en la que, sin autorización de la ONU, la OTAN empieza a bombardear Belgrado en una guerra de agresión que lleva a la secesión de Kosovo impuesta por las armas y, por lo tanto, al fin definitivo del espíritu de Helsinki.
A partir de entonces, y al haber renunciado además los EE. UU. a los tratados de control de armas, todo es posible. Desde la guerra de Irak a la guerra de Ucrania. Desde los bombardeos a Irán al genocidio en Gaza. Y por eso tiene gran relevancia, por desgracia, la difuminación del orden de Helsinki, que muchos recordamos con nostalgia.
Finiquitado Helsinki, el futuro empieza a mostrar los contornos de un mundo sin reglas y sin validez en los pactos. Se vio en la ampliación de la OTAN hacia el este. Se vio en el bombardeo de Belgrado y la guerra de agresión contra Irak. Se ha visto en la guerra de agresión contra Irán. Se ha visto en la salida de EE. UU. de los tratados de control y reducción de armas, START, por ejemplo. Se ve por todas partes y se ve en Ucrania y los llamamientos en Francia y Alemania a la militarización y al belicismo en Europa.
La guerra de Ucrania (una guerra, insistamos, entre Rusia y la OTAN-UE, en realidad) acabará mal. Mal para casi todos. Mal para Ucrania, porque ha perdido población y territorio. Mal para Europa, por el ridículo que ha hecho enviando armas y dinero de los contribuyentes en un ejercicio de echar gasolina al fuego del que se arrepentirá. Mal para Rusia, que ha quedado muy desgastada y deberá asumir, tras la guerra, la reconstrucción de las regiones incorporadas. Y no tan mal para los EE. UU., que han logrado sus objetivos iniciales: debilitar a Rusia e impedir una alianza de ésta con Alemania. Sólo cabe esperar y desear, por lo demás, que la escalada en la actual guerra no acabe en guerra nuclear, que nadie ganaría.
Cuando concluya la guerra —que será larga—, y pese al largo conflicto congelado que seguirá, los países del mundo deberán iniciar un periodo de reflexión que acarreará, por un lado, cambios estructurales en la UE, en lo que quede de Ucrania y en la propia Rusia, y, por otro, una reformulación de la arquitectura de seguridad paneuropea y hasta global hacia una gobernanza planetaria razonable.
¿Surgirá entonces como resultado de esta guerra un movimiento internacional que lleve a un “Helsinki II” mediante una necesaria Conferencia Internacional de Paz, sea en la ciudad que sea, y que alumbre acuerdos duraderos para procurar evitar guerras en el futuro? Es difícil, pero ojalá pudiese llegar a ser así. Hay que resucitar Helsinki. Hay que establecer los fundamentos de una hipotética gobernanza mundial y reconstruir un inteligente concepto de una sólida arquitectura de seguridad en Europa que supere los errores del pasado
Mantengamos, pues, esa esperanza. Ya que, como afirmó el autor alemán Ernst Jünger, “en cualquier caso la esperanza nos lleva más lejos que el miedo”.
Luis Fraga es exsenador (1989-2011) y politólogo español. Asesor del gobierno de Ucrania en 2013, también patrocinó en 2022 el primer libro bilingüe en ucraniano y español sobre poesía y pintura ucranianas.




















