José Ignacio Latorre es un científico español, referente internacional en computación cuántica e IA, que ha desarrollado una gran carrera científica en el MIT de Estados Unidos, el Instituto Niels Bohr de Dinamarca, el TII de Emiratos Árabes Unidos o el NUS de Singapur, donde es director del Center for Quantum Technologies.
Nada más ni nada menos. Para que después digan que no hay grandes científicos españoles (lo que pasa es que los mejores se ven obligados a emigrar). Pero no es ésta la cuestión. La cuestión es que José Ignacio Latorre ha concedido una importante entrevista al diario El Mundo. Y esta entrevista es… aterradora.
Aterradora no porque sus aseveraciones sean falsas. Aterradora porque son ciertas, o en todo caso lo parecen a los legos que, irremediablemente, somos todos nosotros.
Éste es el enlace con el artículo de El Mundo.
Veamos algunas de sus afirmaciones en las que queda claro que, a su juicio, la IA va a ganar, de todas todas, la partida a los humanos.
Latorre —escribe Noa de la Torre, la entrevistadora— va más allá de cualquier película de ciencia ficción. Como humanos, deberíamos empezar a asumir que la IA nos dejará atrás. Que el tiempo del dominio del ser humano sobre todo y sobre todas las demás especies está llegando a su fin. «Es posible que no quede resquicio alguno para cualquier tipo de supremacía intelectual humana», escribe.
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Lo que es indudable es que la IA tomará decisiones más sensatas que muchos humanos. Su opinión será mejor. La gente no lo ve, pero la IA es tal vez uno de los pasos disruptivos más grandes que ha dado la humanidad.
Aceptemos, siguiendo a Latorre, que se produzca el apocalipsis que él entrevé. Aceptemos que, en términos de pensamiento e inteligencia, la artificial es mucho más poderosa que la natural. Es posible; no lo dudo; o no tengo los conocimientos que me permitan ponerlo en tela de juicio. Lo que ocurre, sin embargo, es que este clamoroso triunfo final de lo material y lo racional no implica su victoria sobre lo espiritual. La «muerte del espíritu », esa muerte para luchar contra la cual vio la luz EL MANIFIESTO, va por derroteros totalmente distintos.
La lógica y la razón desplegada por la IA es o acabará siendo superior a la de los humanos. Bien. ¿Y…? ¿Acaso todo se acaba ahí? ¿Es acaso la razón la quintaesencia del ser? Sí, para la modernidad que ha hecho de la ciencia y la razón su piedra angular, por supuesto que lo es. Pero la modernidad y la ciencia —y nuestro autor junto con ellas— olvidan que existen otras cosas, más fundamentales aún que la razón y la ciencia. Olvidan que hay sentimientos, emociones, pasiones. Olvidan, sobre todo, que hay lo más importante de todo; olvidan que hay la belleza y hay arte; ése del que Nietzsche nos dice que «tenemos el arte para no perecer a causa de la verdad». Olvidan, en una palabra, que, como decía Bécquer, «mientras la humanidad siempre avanzando / no sepa a dó camina; / mientras haya un misterio para el hombre, / habrá poesía!».
Y de ese misterio —y de esa poesía—, las máquinas de la IA, ellas que no sienten ni lloran ni ríen; ellas que quisieran borrar el misterio mismo del mundo: de ese misterio las pobres máquinas no saben ni nunca podrán saber nada.
Oh, sí, es cierto. Si se les dan cuatro ideas, las máquinas de la IA pueden desarrollarlas en una especie de entretenimiento en forma de versos. Pero de ahí a crear arte, de ahí a ser tocadas, como el poeta, por la belleza que sobrecoge el alma… ¡Por favor!
Con lo político sucede algo parecido. Dice Juan Ignacio Latorre que, en el campo de lo político, la IA también acabará soberana por una razón muy sencilla. Sus decisiones serán mucho más acertadas que las de los políticos: nada más fácil, es cierto, dado el grado de estupidez que suele caracterizar a nuestros dirigentes. Pero ahí, nuestro científico cae de nuevo en la trampa de la visión moderna de las cosas. Si lo esencial en el ámbito de lo político fuera la gestión de los asuntos públicos, muy probablemente la IA y sus máquinas se llevarían el gato al agua.
Sucede sin embargo que la política, antes de gestionar —bien o mal, eficaz o ineficazmente— lo que sea, hace otra cosa: toma decisiones. Decisiones tomadas sobre la base de sentimientos, emociones, voluntades que, trenzando imaginarios y concepciones del mundo, nacen, se enfrentan entre sí, viven y, al cabo de un tiempo, mueren sin que nadie —ni la inteligencia humana ni la artificial— pueda dar razón de por qué tales concepciones —o lo que es lo mismo: tales épocas— surgen, viven y mueren.
Afortunadamente. Alegrémonos de que no se pueda extinguir el misterio instituyente del ser.




















