Cosacos en los surtidores

Todo es posible cuando nuestros periodistas nacionales se enfundan el traje (a veces no se lo quitan nunca) de manipuladores de la realidad. Aquí, otro caso ilustrativo: Rusia y los cosacos.

 


 

Este pasado15 de julio apareció una noticia inquietante en El Mundo, firmada por un tal Xavier Colás: Rusia se queda sin gasolina y la vida económica de la Federación está al borde del colapso. De hecho, se informaba de que se echó mano de los cosacos para regular los surtidores. Esta última afirmación me sorprendió muchísimo, tanto por lo colosal de la  tarea como por el escaso número de hombres llamados a realizarla. En la Rusia actual, no deben de llegar a cien mil los cosacos que se reconocen como tales en los censos, nada comparable con los tres millones que había en el año 1913, de los que unos 350.000 eran movilizables casi de inmediato. Gracias a mi excelente amigo Eugenio de Dobrynine, estoy en contacto con los descendientes de los cosacos exiliados en 1920 y tampoco el número de ellos en la diáspora es precisamente alto. Es decir, y voy al grano, ni dentro ni fuera de Rusia  hay cosacos para tantos surtidores. Aunque el número de rusos con abuelos o tatarabuelos pertenecientes a las huestes del Don, del Kubán, del Térek o de Transbaikalia debe de ser considerable, como grupo social, estamento o, incluso, etnia, no dan para mantener el orden en la Rusia de Putin. Sólo en ciudades como Krasnodar o Rostov del Don hay un número suficiente para formar pequeñas milicias.

Teniendo en cuenta la excelencia de la información de los medios españoles, el rigor de sus periodistas, la fiabilidad de sus fuentes y la nula tendenciosidad de sus medios, no pude sino dar fe a quien tales acontecimientos anuncia. Me imaginaba a sotnias de cosacos, con la papája en la cabeza y la shashka al cinto, de patrulla por las enormes avenidas de Moscú;  mi mente recreaba a los caballos pastando en los surtidores de LUKoil y Tafneft y a los esaúles disolviendo a golpe de nagaika a los estresados moscovitas, a los sofisticados ciudadanos de Peter o a mis simpáticos compadres de Kazán. Parecía que volvíamos a febrero de 1917 y el régimen ruso se venía abajo en medio del clamor popular surgido de las largas filas de consumidores que, esta vez, piden gasolina en lugar de pan. En aquellos días, entre el 27 y el 28, los cosacos cambiaron de bando y dispararon sobre los gendarmes. ¿Va a pasar eso de nuevo? ¿El zar Putin va a ser obligado a dimitir por sus generales mientras las masas disuelven el Estado y el ejército? ¿Quién tendrá la triste fortuna de retomar el papel de Kérensky, de Guchkov, de Milyukov?

Alarmado por la noticia, me puse en contacto con mis amigos de Moscú y de Kazán, que tuvieron la osadía y el cuajo de desmentir las dolorosas verdades de la prensa española. Los ataques a las refinerías, me dijeron, han ocasionado restricciones en la producción de gasolina y la gente se ha apresurado a formar colas para abastecerse de combustible. Pero los rusos siguen usando sus coches, hacen vida normal y las reservas de hidrocarburos listos para el consumo son inmensas. Por otro lado, me señalan con cierta ironía, Moscú no es toda Rusia. Las dos capitales históricas de la Federación son, junto con Crimea,  el objetivo principal de la guerra psicológica de la OTAN, pues todo lo que sucede en ellas tiene una rápida difusión en todo el país y en el mundo. El mismo efecto busca la Alianza Atlántica con las oleadas de drones que atacan autobuses, mercados (cinco muertos en el último bombardeo a civiles en Tokmak), colegios (21 muchachos muertos en la residencia de estudiantes de Starobelsk el 22 de mayo): estos hechos minan el prestigio de las autoridades, pues no pueden proteger objetivos civiles en todo su inmenso territorio, pero también han suscitado entre los rusos una verdadera e intensa hostilidad contra Occidente y contra el régimen ucraniano; ahora el pueblo está mucho más resuelto a golpear al enemigo que hace un año y cada vez exige medidas más expeditivas, de las cuales son un ejemplo los constantes bombardeos, especialmente de Kíev, donde la defensa antiaérea de la OTAN no da abasto.

Basta con mirar un mapa para entender que la OTAN no tiene armas suficientes para acabar con la economía rusa; sin embargo, a la presión de Bruselas y Washington sobre Crimea y sus abastecimientos, Rusia responde de manera proporcional sobre Ucrania, donde llevar el coche a repostar es una actividad de máximo riesgo, con la campaña de destrucción de las estaciones de servicio por los drones rusos. Todo esto contradice las informaciones serias y contrastadas que recibimos por nuestra prestigiosa prensa y, por lo tanto, aconsejo al lector que no haga caso de lo aquí escrito: aunque los rusos acaban de tomar Konstantinovka y sus vanguardias se hallan a menos de seis kilómetros de Kramatorsk —la última gran fortaleza del ejército ocupante del Donbás—,  todo esto no desmiente que los rusos se hayan quedado sin misiles desde mayo de 2022, que el jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Gerásimov, haya sido matado tres veces por los francotiradores ucranianos o que los rusos combatan con palas y con tanques sacados de los museos militares. Si la prensa libre occidental, y en especial la española, lo dice, entonces es que Rusia está perdiendo la guerra. Pero, como en Moscú no leen El Mundo, no se han enterado todavía.

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