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La ofensiva rusa en el Polo Norte: petróleo y gas

Los viejos leones no duermen. Mientras Gran Bretaña busca más petróleo en el Atlántico Sur, Rusia no oculta a nadie sus aspiraciones sobre el Polo Norte. En los últimos meses hemos asistido a la sensacional expedición del buque científico ruso Académico Fiódorov y del rompehielos de propulsión nuclear Rusia, con el descenso de dos batiscafos tripulados Mir y una bandera rusa plantada en el fondo del Océano Glacial Ártico. ¿Qué buscan los rusos en el Polo? ¿Por qué otros muchos países se han puesto a transitar por lo que hasta hace poco era un desierto helado? Aquí ofrecemos todas las claves.

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ÁNGEL MAESTRO
 
La importancia de la tarea que se plantea ante los científicos resulta difícil de sobrestimar: su misión es proporcionar pruebas convincentes de que el Polo Norte pertenece a Rusia. Es más: lo que se reivindica en el Ártico es una zona inmensa en forma de triángulo cuya base coincide con la línea costera del norte de Rusia, desde la frontera con Noruega en el oeste y hasta el Estrecho de Behring en el este, una superficie de 1,2 millones de kilómetros cuadrados; esto es, un territorio equivalente a los de Alemania, Francia e Italia juntos.
 
¿Una reivindicación geográfica? Mucho más. El precio del asunto es enorme: las reservas del crudo y el gas natural en el “triangulo ártico” que reivindica Rusia se calculan en torno a 100.000 millones de  toneladas, o sea, entre el 25% y el 33% del volumen disponible a escala global, según las estimaciones previas.
 
Muchos pretendientes
 
Como era de esperar, la reciente expedición rusa al Ártico despertó escaso entusiasmo entre otros pretendientes, que últimamente no faltan. Dinamarca declaró que el Polo Norte y las zonas adyacentes son propiedad suya porque se encuentran en las inmediaciones de Groenlandia. Canadá insiste en que la cordillera Lomonósov es una prolongación del continente norteamericano. Noruega quiso acelerar el arreglo de un viejo contencioso que mantiene con Rusia sobre un área de 155.000 kilómetros cuadrados en el Mar de Barents.
 
Los EEUU también empezaron a moverse. El senador Richard Lugar, subjefe del Comité para asuntos internacionales, se pronunció en mayo pasado por la adhesión inmediata de Washington a la Convención sobre el Derecho del Mar, a fin de que Moscú no pudiera “reservarse” territorios ricos en gas y petróleo. Lo que más molestó a Washington fue la reciente acción de Rusia en el Ártico. El portavoz del Departamento de Estado, Tom Casey, se apresuró a afirmar que la bandera rusa bajo el Polo Norte carece de peso legal a la hora de reivindicar la plataforma marina.
 
Muy pocos lo cuestionan, por cierto. También parece evidente que, en el plano político, la expedición rusa resulta más importante que a efectos de la investigación. El responsable de esta travesía, el famoso explorador polar y vicepresidente de la Duma rusa Artur Chilingárov, jamás ocultó su intención: “Queremos demostrar que Rusia es una gran potencia polar”.
 
La resuelta pretensión de Rusia al Polo Norte, con más precisión al “triangulo” de 1,2 millones de kilómetros cuadrados que se extiende desde allí hasta las costas rusas, fue vivamente comentada. En respuesta, al principio Estados Unidos envió aviones-espía con la tarea de acompañar a los buques rusos, luego amalgamó de prisa una expedición propia que a bordo del rompehielos guardacostas “Healy” salió rumbo a la cúspide boreal del planeta. El premier canadiense, Stephen Harper,  realizó también un viaje de inspección por sus provincias septentrionales, habiendo prometido antes que en breve las fronteras árticas del país serían custodiadas por seis buques de patrulla y una nueva base militar enclavada en el Extremo Norte. En pos de ellos también los daneses emprendieron su “odisea”. A decir verdad, por no disponer de rompehielos propios, alquilaron el “Odeon” sueco y el rompehielos atómico ruso “50º aniversario de la Victoria”.
 
No son estas las únicas “personas interesadas”. Hoy en el Océano Glacial Ártico realizan “exploraciones” los expedicionarios alemanes a bordo del barco de investigación científica “Polar Stern”, y los franceses, en el yate de clase glacial “Tara”. De vez en cuando esa región es visitada por el rompehielos chino “Dragón de Nieve”. Según algunos comunicados, también los indios muestran interés por estos lugares.
 
Un tema aparte es el añoso pleito con Noruega. El año pasado, después de que lo hiciera Rusia, este país presentó su solicitud a la Comisión de la ONU sobre fronteras del zócalo continental. En ésta los noruegos expusieron sus pretensiones a una parte apreciable del sector oceánico considerado propio por Rusia. Se trata de la “zona gris” de 155.000 kilómetros cuadrados, donde, dicho sea de paso, se encuentra un yacimiento que, según algunas evaluaciones, contiene hasta 3 billones de metros cúbicos de gas. Parece posible un acuerdo entre Noruega y Rusia; al menos existe la aspiración común de arreglar el asunto mientras no se inmiscuyan otros “jugadores”. No es casual que hace poco Putin diera instrucciones al Gobierno de acelerar la firma de un acuerdo preliminar.
 
Perspectivas
 
Sin  embargo, los intereses de los países costeros no chocan sólo respecto al “triángulo ruso”. La expansión rusa hacia el Norte echó leña al fuego que desde hace tiempo arde débilmente al otro lado del polo, en el Hemisferio Occidental. Si el deshielo en el círculo polar prosigue con igual intensidad, se hará navegable el Paso Marítimo Noroeste: la vía más corta entre Europa y Asia, siendo, además, un territorio rico también en hidrocarburos. En primer lugar, es reclamado por el Canadá y Dinamarca, que envían buques de guerra a la pequeña isla deshabitada de Hans, de importancia estratégica en esta área, e izan allí sus respectivas banderas. Pero también Estados Unidos pretende esa vía ártica, lo que estos días declaró sin rodeos George Bush al premier canadiense. Suecia, Inglaterra, Alemania, Países Bajos, Francia y, probablemente, Rusia con su potente flota de rompehielos, tampoco estarían en contra de participar en ese reparto.
 
Cabe señalar que la actual actividad que en el Ártico desarrollan los distintos países tiene una justificación completamente inocente. La investigación del zócalo oceánico se lleva a cabo en el marco del Año Polar Internacional, iniciado la primavera pasada. Pero no son tanto los científicos como los hombres de Estado, diplomáticos, especialistas en Derecho del Mar y dirigentes de las compañías petro-gasíferas, quienes esperan resultados de estas numerosas expediciones. Y en Rusia, también los políticos, para los cuales la “carta polar” podrá llegar a ser un as de triunfo en el curso de la campaña preelectoral, lo que, a propósito, demostró claramente la reciente “arrancada” realizada al Polo Norte por el vicepresidente de la Duma de Estado, Artur Chilingárov, que nada tiene que ver con las exploraciones científicas.

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