Fue un milagro, pero se salvaron. Los célebres vitrales realizados por Viollet-le-Duc en el siglo XIX consiguieron resistir el fuego que hace siete años arrasó Notre-Dame de París. Volvieron a ser colocados en la catedral reabierta al culto, donde lucen espléndidos como siempre. Pero…, ¡ay!, no le gustan a Monsieur Macron. Los debe de encontrar viejunos, como rancios, casposos… Esas cosas de los progres, ya saben. Tanto por su belleza como por el tipo de luz que se filtra a través de ella, seguramente considera Macron que la catedral cobra un aspecto…., ¿cómo decir? Demasiado sagrado, eso es, demasiado poderoso, demasiado solemne. Y él quiere algo más moderno, más claro, más funcional. Por eso está dispuesto a echar por la borda cuatro millones de euros de los franceses en lo que pueden ver a la derecha de nuestra imagen de portada. Y sí, es cierto, los nuevos vitrales son anodinos, pero tampoco son tan horrorosamente feos como uno está acostumbrado a ver en las realizaciones del “arte” sacro contemporáneo. No quita que, al lado de los antiguos, no resisten la comparación.
De todo ello nos habla aquí el conocido articulista francés Guillaume d’Aram de Valada.
El tormento de una gigante de piedra y madera
Recordemos. Hace siete años, las llamas arrasaban Notre-Dame de París. En aquella dramática noche de abril de 2019, la madera gritó a muerte, de dolor, a medida que el incendio se extendía. Las piedras, que rodeaban esa maravillosa estructura de madera noble procedente de los bosques de la antigua Francia, permanecían mudas, con sus gárgolas colgadas y atormentadas como en los albores del año mil.
La estructura de esta maravilla arquitectónica multisecular ardía y sus brasas se derrumbaron a los pies de sus cimientos de piedra, que aún se mantenían en pie. El zócalo de piedra había sostenido el edificio y le había permitido renacer tras las obras de renovación.
Aquel día, los testigos se sentían desolados, impotentes y atónitos ante el fuego que envolvía y asfixiaba las legendarias vigas.
La gente presente en las calles, alrededor del corazón de Lutecia, petrificada por aquel siniestro espectáculo, parecía haber recuperado, como congelada por el terror, unos cimientos identitarios a imagen de nuestras raíces profundas.
Notre-Dame de París sigue siendo una de las ilustraciones más simbólicas del genio europeo que tantas veces nos ha hecho mirar hacia lo alto. Nuestra cuna europea, desde sus orígenes griegos y romanos, sin olvidar sus raíces celtas y nórdicas, está impregnada de esa verticalidad sagrada.
Los benedictinos han contribuido en gran medida a ello, desde las riberas del Mediterráneo hasta las costas de Donegan, desde las colinas de Asturias hasta las estepas del gran Norte, y desde las orillas del Mar Negro hasta las montañas de los Cárpatos, siguiendo las huellas de quienes los precedieron en su fe tridentina, conservando esa relación tan singular con lo sagrado que constituye las raíces profundas de nuestra civilización.
¿Qué decir a quienes sólo viven preocupados por lo inmediato y en una amnesia superficial?
Que todos los incendios nunca borrarán el entremezclarse de los antiguos ritos y de la catolicidad, muy presente aquí, en esta hermosa Île de la Cité, a orillas del Sena.
El corazón sangra ante tal desgarro. Solo puede cicatrizar verdaderamente a la luz de nuestra fuerza recuperada.
El resto no es más que una vicisitud.
Este monumento tan querido, golpeado en su corazón de roble y salvado por sus muros de piedra, sigue siendo el símbolo vivo de las raíces creadoras de nuestra identidad tan a menudo olvidada.
Con el mismo fervor, nuestras mejores empresas de construcción, nuestros mejores compañeros y otros artesanos han permitido «resucitar» a la perfección esta verticalidad de la arquitectura gótica.
El capricho destructor de Emmanuel Macron
Sin embargo, eso era sin contar con la eterna megalomanía juvenil de Emmanuel Macron, quien creyó necesario imponer la sustitución de las vidrieras de Viollet-le-Duc por otras contemporáneas, declarando pomposamente que quería «inscribir Notre-Dame en el siglo XXI».
Este capricho presidencial va en contra de las autoridades competentes en materia de monumentos históricos, que habían garantizado formalmente el buen estado de conservación de estas obras de arte, que representan una de las principales referencias de la arquitectura «Viollet-le-Duc» y que no requerían en absoluto su sustitución.
Las vidrieras, precisamente, resistieron bastante bien las llamas y las mangueras de los bomberos durante la fase más crítica.
Su restauración, a cargo de los talleres de vidrio y vidriería, se llevó a cabo en las mejores condiciones y su recolocación se realizó en los plazos previstos.
¿Por qué volver a desmontarlas ahora si no es para dañarlas de nuevo y hacerlas desaparecer?
¡Y todo ello por la módica suma de 4 millones de euros, manteniéndose fiel al «cueste lo que cueste» macroniano!
Se ha lanzado una petición para oponerse categóricamente a esta voluntad del Elíseo, firmada por más de 335.000 franceses.
De nada sirve; el actual inquilino del Elíseo ha decidido lo contrario.
Esperemos que los recursos ante el tribunal administrativo prosperen y que este funesto proyecto acabe en el olvido.
Es cierto que preservar la trascendencia, en una república obsesionada por el laicismo más obtuso, sigue siendo una tarea arriesgada cuando la espiritualidad se relega constantemente a la llamada «esfera privada».
Esta cuestión de querer sustituir vidrieras del siglo XIX, que no están dañadas, por otras del siglo XXI, es una de las estratagemas más burdas: esgrimir la modernidad en detrimento de la conservación.
Es cierto que la palabra «conservación» parece ser totalmente ajena al universo macroniano. «Conservar» se asocia con «preservar» nuestro patrimonio arquitectónico religioso. Querer sustituir lo existente equivale, sencillamente, a abandonarlo o incluso a deteriorarlo.
Quien pretende representar las más altas funciones de jefe de Estado debería obligarse a servir a nuestro legado histórico respetando su permanencia a lo largo del tiempo que pasa, en lugar de exigir que se desfigure por una vanagloria efímera y ridícula.
La catedral de Notre-Dame de París no es un museo, y mucho menos el lugar de una banal visita turística .
Su vocación nos trasciende y nos vincula a una promesa: la de no menospreciarla jamás.
«No se comprende absolutamente nada de la civilización moderna si no se admite primero que es una conspiración universal contra toda forma de vida interior», decía Georges Bernanos.
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