Luis Fraga. Exsenador (1989-2011) y politólogo español

El Instituto para la Paz de Kiev

Ya he insistido en textos anteriores en que la guerra en Ucrania arranca en 2014. Sí, en 2014, y no en 2022, que es cuando comienza la invasión a gran escala que los rusos, más de cuatro años después, siguen llamando “operación militar especial”.

1) La secuencia de hechos es la siguiente:

  • 2011, 2012, 2013 y años anteriores: La CIA, USAID y otras entidades norteamericanas preparan un cambio de gobierno no democrático en Ucrania con la colaboración de oligarcas ucranianos y algunos sectores extremistas del oeste de Ucrania.
  • 2014: Triunfa el golpe de Estado del Euromaidán y el presidente democráticamente elegido, Yanukovich debe abandonar el país. La Junta que lo sustituye, en parte nombrada por unos USA triunfantes, empieza a desarrollar su plan para usar a Ucrania como ariete para debilitar a Rusia. El primer paso es hacer obligatorio el ucraniano en las regiones rusoparlantes en las que sólo se hablaba ruso.
  • La medida fue traumática. Imaginemos enfrentándose a ello a una abuela que, sin hablar ucraniano, quiere solicitar una pensión. Es como si en Sevilla impusiesen el catalán. Y así, muchos casos más. Surgen las rebeliones. Crimea, Lugansk, Donetzk y otras regiones proclaman su independencia.
  • El presidente pronorteamericano resultante del golpe, Petro Poroshenko, inicia en 2014 la guerra. Manda tropas al este de Ucrania para sofocar las rebeliones. Lo llama “operación antiterrorista”. Resulta curioso que nadie llame a las cosas por su nombre: la fase de la guerra que en 2022 comienza fue denominada por el Kremlin “operación militar especial”; el inicio de la guerra dictado por Poroshenko es una “operación antiterrorista”. Vivimos en la edad de la mentira y la propaganda.
  • Y, con la guerra iniciada (entonces, en forma de guerra civil que yo había pronosticado en 2013), ésta empieza a cobrarse miles de muertos en el Este de Ucrania.

Hasta aquí, una descripción resumida de los hechos que conducen a la catástrofe en 2014.

2) Reacción de la sociedad ucraniana

Es evidente que alguno de los oligarcas ucranianos (que ganarían dinero con ella) y los nazis del oeste de Ucrania querían esa guerra. Una guerra que, para los nazis, fieles a su ideario, era una guerra de exterminio de la población rusófona. Pero muchos no querían la guerra. La gente en Ucrania no quería la guerra. Y surge entonces una idea: El “Instituto para la paz” en Kiev.

Este instituto es el resultado del talento político de una persona ya olvidada y arrinconada que, sin embargo, vio con clarividencia el peligro y el futuro y propuso un plan de acción para la paz: Leonid Kozhara. Kozhara es una de las personas con más valía que yo he conocido en Ucrania. Ministro de Asuntos Exteriores desde principios de 2013 con Yanukovich, domina el ruso, pero también el ucraniano de Poltava, su ciudad natal, que, al parecer, es el más puro y de mejor acento. Persona de gran cultura; también habla inglés y sueco con fluidez. Hubiese podido ser un excelente presidente de Ucrania. Pero, al final, acabaron con él, como se verá, las fuerzas que se oponían a la paz.

El instituto, ubicado en la sede del Partido Socialista de Ucrania, propugnaba una paz duradera para Ucrania, pero a la vez se ocupaba —coordinado con la Cruz Roja— de labores humanitarias para las víctimas civiles del conflicto en Lugansk y Donetzk, que para cuando el instituto arranca su andadura ya iban por varios millares. Su consejo de dirección lo integraban periodistas, intelectuales, influencers y hasta algún general, ya que no olvidemos que, en las guerras (y porque las conocen), los militares son siempre los principales defensores de la paz.

Fiel a su vocación internacional, el instituto publicaba sus textos en ruso, ucraniano e inglés. La cosa estaba bien montada. La idea era buena. Patriotas que querían a su país que ponen manos a la obra.

3) Mi participación en el proceso

En 2016 abrí un buen día la página web del instituto. Y en el apartado “nuestro equipo” (“nasha kommanda”, en ruso) me veo de pronto, con mi foto y detrás con el logotipo del instituto en tres idiomas, encabezando la lista, el primero, sí, de su consejo de dirección. No tenían permiso para ello. Pero les dejé hacer porque la idea de la paz en un país al que quiero me parecía simpática y positiva. Otros extranjeros en mi misma tesitura lo rechazaron. Pero yo no podía negarme, puesto que, además, Leonid era y es mi amigo. Necesitaban participación extranjera y, sobre todo —y más adelante explicaré por qué— de españoles, pues habíamos sido capaces de superar una guerra civil. Así de simple. Y no me opuse.

Llegado a este punto, es obligatorio un paréntesis autobiográfico. ¿Cómo se explica que un exsenador español acabe siete años después al frente (en teoría) de un Instituto para la Paz en Ucrania? ¿Cómo se explica que quien se ha dedicado a Hispanoamérica durante unos 20 años —en los que fui portavoz y presidente de la Comisión de Asuntos Iberoamericanos del Senado— de pronto reaparezca como protagonista en el escenario del mundo ruso y dominando el idioma? ¿Cómo se explica que un exparlamentario del PP, es decir, de centroderecha, acabe apoyando al Partido Socialista de Ucrania, que era donde se encontraba la sede del Instituto para la Paz?

Las cosas no suceden de repente. Un hecho, el que sea, presupone y se asienta sobre un universo anterior de hechos. Intentaré resumirlos de modo sucinto. La cosa sucedió así:

  • Mi primera visita al mundo ruso fue en 2005. Invitado por el gobernador de Kostroma, viajé a Rusia con el embajador Gómez de Aranda y el senador Pedro Agramunt (quien luego llegaría a ser presidente de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa) para intentar un hermanamiento entre Valencia y Kostroma. Me gustó el idioma, pero decidí no aprenderlo por el sencillo motivo de que me resultaba imposible hacerlo con la cantidad de trabajo que tenía en Hispanoamérica.
  • En 2008 regreso a Rusia. Para subir a la montaña más alta de Rusia y de Europa: el Elbrus en el Cáucaso. Subí a la cima, claro (lo más importante que he hecho en mi vida es el alpinismo), pero además, fascinado por el idioma, decidí aprender ruso. Con 50 años que tenía, dicen que tal cosa es imposible. Pero no hay nada imposible. Además, ya no era presidente de la Comisión Iberoamericana, sino vicepresidente de la de Asuntos Exteriores, es decir, tenía menos trabajo y más tiempo para aprender un nuevo idioma.
  • En el mismo 2008 visito Ucrania por primera vez. Impresionado por la belleza de Kiev, decido seguir aprendiendo ruso en Kiev y no en Moscú. Motivo: es una ciudad más apacible, manejable y amable. Dos apuntes más. Primero: en Kiev, en 2008, se hablaba ruso y no ucraniano, idioma que se hablaba sólo en algunos lugares del oeste del país. La imposición del ucraniano es reciente. Segundo: a diferencia de lo que sucede en nuestra querida España, donde tenemos grandes diferencias de acentos y modos de hablar en las distintas regiones, en el mundo ruso la cosa es mucho más homogénea. En poco difieren los acentos y modismos de Kiev y Petersburgo o Vladivostok, por ejemplo.
  • Desde 2008 hasta 2010 visito Ucrania una vez al mes en fines de semana para practicar el idioma. Sin desatender, claro, mis obligaciones parlamentarias. Y ahí empieza la cosa. Acabo haciéndome amigo de parlamentarios ucranianos, y muy en especial con mi contraparte ucraniana, el vicepresidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del parlamento ucraniano: Leonid Kozhara.
  • En 2010, Leonid y yo, con la ayuda del excelente embajador de España, José Rodriguez Moyano, decidimos crear un grupo de parlamentarios españoles que visite Ucrania en 2011. Y lo hicimos. Viajamos, pagando los gastos de nuestro bolsillo cada uno, en otoño de 2011. Fuimos Pedro Agramunt (ya lo he mencionado; excelente persona y excelente parlamentario), José Manuel García Margallo (quien pocos meses después sería ministro de Asuntos Exteriores), y por el PSOE Arcadio Diaz-Tejera, portavoz en la Comisión de Justicia y Jaime Blanco, presidente de la Comisión de Defensa. El viaje fue un éxito. Leonid y yo organizamos todo. Nos reunimos con ministros, parlamentarios, diplomáticos, y con el primer ministro Azarov y el viceprimer ministro Kluyev, que mandaba más que el primero. Mi último día como senador lo pasé en Ucrania en aquel viaje, en otoño de 2011.
  • Libre de la responsabilidad y las ataduras de ser senador, en 2012 inicio un proyecto empresarial en los países de la antigua URSS. Y decido que el centro de mis operaciones sea Kiev. Me gustaba esa ciudad. Alquilo un apartamento donde paso días o semanas entre otros viajes a Rusia, España, Alemania, Kazajstán, Uzbekistán o Turkmenistán. Kiev es, era, sin duda, una ciudad mucho más apacible que Moscú y buen lugar para reponer fuerzas. Sigo viéndome con parlamentarios ucranianos. En un almuerzo de 2012 en el distrito de Podol con otros dos diputados ucranianos, Leonid Kozhara nos dice confidencialmente que en 2013 será ministro de Exteriores .
  • Y así fue. Nada más tomar posesión me llama para que sea su asesor. Acepto y me pongo a organizarle viajes a Hispanoamérica. Pero un año después, con el golpe de Estado de Maidán, cae su gobierno en 2014. Me voy de Ucrania. Pero regreso cada tres o cuatro meses para seguir la situación, cada vez peor con el nuevo gobierno pronorteamericano y el país ya en guerra civil en el Donbás.
  • Iniciada la guerra y ante los miles de víctimas, Kozhara crea su Instituto para la Paz. En 2016 me pide que vaya al Instituto a darles una charla sobre cómo superamos en España nuestra Guerra Civil. Me fotografían con el logotipo del Instituto. Y es así como me veo, en su página web, como principal figura visible. Me dejé utilizar. Y pese a las críticas en la prensa ucraniana que esto me supuso, no me arrepiento de ello porque la causa era justa.

Espero no haber aburrido al lector con este paréntesis autobiográfico que, sin embargo, explica muchas cosas. Nada sucede de modo aislado, sino que todo hecho presupone un sinfín de hechos anteriores que lo causan y lo explican.

4) Los “Pactos de la Moncloa”

Kozhara y los suyos necesitaban a un español porque el fin último del instituto era construir en Ucrania una reconciliación nacional en forma de “Pactos de la Moncloa” según el ejemplo español. Por eso, en su web, me pusieron como mascarón de proa. Pero yo no trabajaba en el Instituto.

Todo llegaría. En verano de 2019 Kozhara me escribe anunciándome su visita a España para proponerme algo. Acepto. Preparo las habitaciones de invitados de mi casa para él y su mujer. Le organizo un almuerzo con dos exembajadores de España en Ucrania. Y me dedico dos días a enseñarles la Sierra de Madrid. Al tercer día me expone su proyecto. Yo tendría que viajar a Ucrania como una vez al mes —con buen sueldo, eso si— e involucrarme más en el Instituto para construir en Ucrania una “solución española” coordinando un grupo de trabajo para tal fin. Aunque la financiación ucraniana estaba garantizada, reflexionamos durante horas sobre otros apoyos europeos —que los había— y sobre las personas que podrían integrar ese grupo de trabajo.

La idea, del propio Kozhara y no mía, era buena. Ucrania necesitaba unidad nacional para poner fin a la guerra civil. Necesitaba paz. No se me escapaba que ello beneficiaría al Partido Socialista de Ucrania, cuyo presidente era el propio Kozhara y en cuya sede estaba el Instituto. ¿Por qué apoyé al Partido Socialista? Porque era allí lo único serio. Entendamos Ucrania: el presidente, Poroshenko, era un oligarca que había logrado comprar la presidencia para ganar más dinero, pero sin tener detrás un partido sólido; el alcalde de Kiev, un exboxeador y excampeón del mundo, se presenta y gana las elecciones bajo las siglas “Udar”, que significa “golpe” o “puñetazo”; otro oligarca, Kolomoisky, crea el partido “Ugrok”, es decir “cosecha”, y al cosechar pocos votos coloca a Zelensky como presidente. ¿Quién era y sigue siendo ese Zelensky que, con el apoyo de Kolomoisky, gana las elecciones? Pues un actor cómico, un payaso, protagonista de una serie satírica en la que hace de presidente y la tele le da popularidad. Y así todo en la depauperada política de Ucrania. Nada parecido ni comparable con la CDU alemana o con el PP español. Nada, salvo el Partido Socialista que presidía Kozhara. Lo único serio que vi allí. Por eso los apoyé.

Pero mi apoyo era, en realidad, al Instituto para la Paz, ubicado en la sede del Partido Socialista. A los “Pactos de la Moncloa”, Пакти Монклоа, que en ruso y en ucraniano se dice y se escribe igual. Si la idea hubiese salido adelante, se hubiese podido reconducir la guerra en Donbás. Pero hay demasiados “hubiera o hubiese” en la actual guerra en Ucrania. Si se hubieran cumplido los acuerdos de Minsk, no habría guerra ahora. Si el llamado “Occidente” hubiese seguido el espíritu del Acta de Helsinki sin ampliar la OTAN a Ucrania, tampoco. Pero en política no hay “hubiera” o “hubiese” que valgan. Importan los hechos. Y nuestro proyecto de paz no salió adelante. Surgió el Covid, sí, y eso lo ralentizó todo; pero ¿quién nos iba a decir a Leonid y a mí, mientras elaborábamos nuestros planes en la Sierra de Madrid, que todo se iba a ir al garete tres años después? Porque tres años después la situación era la siguiente:

  • El Partido Socialista, ilegalizado por Zelensky, su sede cerrada y con ella el Instituto para la Paz. Así es Ucrania. Aquello es la jungla.
  • El principal financiador del “Instituto para la Paz”, el banquero Denis Kireev (a quien me presentó Kozhara en Kiev), y vinculado a la inteligencia militar de Ucrania, asesinado por el servicio de inteligencia interior, el nefasto SBU. Así es Ucrania. Aquello es la jungla.
  • El propio Kozhara, detenido tras involucrársele en un presunto asesinato; yo siempre creí y sigo creyendo en su inocencia. Así es Ucrania, adonde no regresaré. Aquello es la jungla.

El “Instituto para la Paz”. Los “Pactos de la Moncloa”. Los intentos ucranianos para lograr la paz. “Lo que pudo haber sido y no fue”. Pero así es el mundo. El bien no siempre triunfa. Nunca nada sucede según lo planeado. Se intentó, por lo menos. Se intentó la paz. Ya es algo. Ahí queda.

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