Vivimos en la era de la mentira. En todas las fases de la historia ha predominado la mentira, por supuesto, y gente dispuesta a tragársela. Desde Roma a la Edad Media, desde Atenas a la Ilustración. Siempre es así, porque la mentira es inherente a la condición humana. Pero en ninguna época como en la actual, que se cree liberada de dogmas y supersticiones medievales o antiguas, la mentira se ha generalizado tanto ni ha sido tan monumentalmente atronadora.
Y ello por la omnipresencia de los medios de comunicación de masas en radio, televisión y prensa escrita, junto con la generalización de Internet en un mundo que ha pasado a ser fundamentalmente online. Son estos nuevos medios y estas nuevas tecnologías los que multiplican la mentira.
Como es natural, la mentira en nuestros tiempos no se llama por su nombre, sino que se esconde tras sustantivos que significan lo mismo, pero de manera algo más recatada. El relato, nos dicen. La narrativa, nos dicen. Los nazis, que eran bastante brutos, lo llamaron por su verdadero nombre: propaganda. Y se atribuye al ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, la idea de que poco importa si algo es verdad o mentira, puesto que, al parecer, una mentira repetida suficientes veces acaba convirtiéndose en verdad.
Cada periodo de la historia alumbra su propio monstruo de mentira y manipulación. Lo vimos hace poco con la crisis del COVID: una inmensa campaña de manipulación institucional produjo medidas totalitarias como encerrar innecesariamente a la gente en sus casas u obligarla a vacunarse con pócimas perjudiciales o a ir con bozal por las calles.
La era de la mentira, por lo tanto. La edad de los relatos y las narrativas. Que se usan siempre para crear estados de opinión en nuestro mundo online y de televisión. Estados de opinión que, mediante la manipulación de las masas de consumidores de noticias y relatos, sirven a objetivos concretos: lograr la legitimación popular de una u otra decisión política, de uno u otro estado de ánimo o de una corriente de actuación. La mentira siempre es intencionada. El relato o la narrativa pueden ser, claro está, mecanismos de defensa, pero las más de las veces son un modo de manipular opiniones y voluntades.
Casi toda la información que recibimos en nuestros días es manipulada o sesgada. Miremos los titulares de los medios, unos más que otros. Casi siempre hay un sesgo, a veces más, a veces menos lesivo contra la verdad de buena fe a la que se refería el veraz Montaigne
La guerra de Ucrania y la mentira
Y, sin duda, es en las guerras cuando con más fuerza y ahínco se ejercen y se construyen los relatos y las narrativas. La mentira. Y casi es innecesario recordar el tópico según el cual en toda guerra la primera victime es la verdad. La guerra de Ucrania es un clarísimo ejemplo de ello. Casi todo lo que sobre ella leemos, escuchamos o vemos en las pantallas es mentira.
De ahí la tesis de este artículo: los relatos y las narrativas, la mentira en definitiva, están contribuyendo a que la guerra se prolongue, cada día con cientos de muertos. Por eso, y por deseable que esto sea, es tan difícil llegar a un acuerdo de paz sobre Ucrania.
Veamos: cada país está generando su propia narrativa. Su propia mentira. Y hay que hacer un esfuerzo para ver o escuchar lo que cuenta cada cual. En Rusia hay una verdad oficial de la que nadie puede disentir o incluso, si lo hace, ir a la cárcel. Y en Ucrania, la mentira es flagrante: da vergüenza ajena escuchar las televisiones de Kiev, que afirman que Ucrania ganará la guerra y otras mentiras, o las inauditas declaraciones de Zelensky, que sin duda nos toma al resto del mundo por tontos que nos vamos a creer sus cuentos.
¡Aléjese de la mentira!
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