Discurso de la servidumbre voluntaria

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El discurso de la servidumbre voluntaria fue escrito por Étienne de La Boétie en 1548, cuando tenía sólo dieciocho años. Fallecido a los 33 años, en 1563, el libro sólo sería publicado póstumamente en 1572, gracias al decidido apoyo de Montaigne, su amigo del alma, que, hablando de La Boétie, decía: «Si me preguntan por qué le quería, siento que sólo puedo expresarlo diciendo: porque él era él, porque él era yo».

El discurso de la servidumbre voluntaria es una exhortación a la libertad contra la tiranía. Su gran pregunta, válida ayer como hoy, es: ¿por qué millones de hombres obedecen ciegamente a un solo tirano, cuando la libertad es su estado natural?

No pudiendo reproducir la obra en su totalidad, hemos seleccionado un fragmento ampliamente significativo.

 

¡Pobres y miserables, pueblos insensatos, naciones obstinadas en vuestro mal y ciegas ante vuestro bien! ¡Dejáis que os arrebaten ante vuestros propios ojos lo más granado de vuestros haberes, dejáis que saqueen vuestros campos, que roben y despojen vuestras casas de los viejos muebles de vuestros antepasados! Vivís de tal manera que ya nada os pertenece. Parece que a partir de ahora consideraríais una gran felicidad que os dejaran sólo la mitad de vuestros bienes, de vuestras familias, de vuestras vidas. Y todos estos menoscabos, todas estas desventuras, toda esta ruina, no os vienen de los enemigos, sino por el contrario del enemigo, del mismo al que habéis convertido en lo que es, de aquel por quien vais tan valientemente a la guerra, y por cuya grandeza no os negáis a ofreceros vosotros mismos a la muerte.

Mas ese amo no tiene sino dos ojos, dos manos, un cuerpo, y nada más de lo que tiene el último de los habitantes de la infinita cantidad de nuestras ciudades. Lo que tiene de más son los medios que vosotros le proporcionáis para destruiros. ¿De dónde saca todos esos ojos que os espían, si no es de vosotros? ¿Cómo tiene tantas manos para golpearos, si no os las toma prestadas? ¿Acaso los pies con los que pisotea vuestras ciudades no son también los vuestros? ¿Tiene algún poder sobre vosotros que no provenga de vosotros mismos? ¿Cómo se atrevería a asaltaros, si no estuviera de acuerdo con vosotros? ¿Qué mal podría haceros, si no fuerais los encubridores del ladrón que os saquea, los cómplices del asesino que os mata y los traidores de vosotros mismos? Sembráis vuestros campos para que él los devaste, amuebláis y llenáis vuestras casas para abastecer sus saqueos, criáis a vuestras hijas para que él pueda saciar su lujuria, alimentáis a vuestros hijos para que él los convierta en soldados en el mejor de los casos, para que los lleve a la guerra, a la carnicería, para que los convierta en ministros de sus codicias y ejecutores de sus venganzas. Os desgastáis con el trabajo para que él pueda deleitarse en sus placeres y revolcarse en sus sucios placeres. Os debilitáis para que él sea más fuerte, y para que os tenga más duramente a rienda corta. Y de tantas indignidades que ni siquiera las bestias soportarían si las sintieran, podríais liberaros si lo intentaseis, ni siquiera para liberaros, solo por quererlo.

Decidíos a dejar de servir, y ya seréis libres. No os pido que lo empujéis, que lo sacudáis, sino solo que dejéis de sostenerlo, y veréis de qué forma, como un gran coloso al que se le ha roto la base, se derrumba bajo su propio peso y se desmorona».

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