La tibieza de alma: todo al ralentí

Más despacio, por favor...

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La cosa empezó, al parecer, con lo que se llamó slow food, operación de mercadotecnia nacida en Italia contra la comida basura yanqui (al parecer, el gesto inicial no tuvo demasiado éxito, pues de nada sirvió la protesta contra la instalación de un McDonalds en la Piazza di Spagna de Roma). La verdad es que es una pena que para reivindicar la comida de toda la vida haya que ponerle etiquetas y tratarlo como si fuese una nueva tendencia que necesita una campaña de publicidad para darse a conocer. Al menos el fin no era malo. Pero con el segundo paso, las slow cities, quedó claro que se trataba de una muestra más de la licuefacción cerebral que padece nuestra ahíta sociedad: tener que ponerle un nombre tan cursi a la aspiración de que haya menos tráfico y ruido en las ciudades.

La cosa se ha ido expandiendo, y ahora tenemos tendencias tan innovadoras como el slow travel (consistente en viajar sin prisas), el slow school (consistente en rehumanizar la educación), el slow living (consistente en evitar el estrés), el slow parenting (consistente en educar a los hijos), el slow book (consistente en dedicar tiempo a la lectura) o el slow money (consistente en renunciar a ganar dinero rápidamente mediante la especulación), todo ello divisiones del slow movement que lo engloba todo. ¡Ahora resulta que comer bien, evitar la masificación, tomarse la vida con calma y aprovecharla en ocupaciones dignas es una moda revolucionaria con nombre inglés!
 
Tanta lentitud no es casualidad, sino un claro síntoma –uno más– de la senilidad terminal que padece Occidente. Me viene a la mente la imagen del Titanic, aquella premonición de lo que le esperaba a Europa en el maldito siglo XX: un mundo grande, pujante, lujoso, confiado, hundiéndose a ritmo de vals. Lentamente.

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