Contra el bazar de la estafa histórica

La verdad sobre los templarios

Un rey francés hizo que se los aniquilara bajo acusaciones generalmente falsas. Hoy, el mercado de la superchería histórica los resucita con un aspecto no menos falso, ya sea como antecedentes de la masonería, ya como depositarios de secretos nunca revelados. Los templarios están siendo hoy casi tan polémicos como ayer. En ambos casos, faltando al más mínimo rigor histórico. José Luis Martínez Sanz, profesor de Historia en la Universidad Complutense, pone los puntos sobre las íes: los templarios eran monjes guerreros de devoción a toda prueba. Nada más y nada menos.

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JOSÉ LUIS MARTÍNEZ SANZ

Vivimos en un tiempo de “cultura de masas”, una época en la que la propaganda manejada hábilmente consigue que las masas crean y necesiten lo que una minoría desea que crean y que necesitan. La opinión pública no existe: si existiera, la prensa al servicio de esa minoría, y la influida por ella, se encarga de acallarla, tergiversarla o dirigirla hacia sus fines e intereses. Para los historiadores, la situación es aún más penosa: desde hace más de 70 años, la Historia va dejando de ser una ciencia social sobre la evolución de la Humanidad para convertirse en el resultado de una propaganda bien orquestada y dirigida que pretende imponer sus ideas y criterios a los demás, para hacer que olviden su memoria histórica y la realidad y trascendencia de los hechos del pasado. Como ejemplo de esto, no hay más que ver la línea argumental (y su mensaje subliminal, cada vez menos subliminal) y el criterio reinante en los libros sobre la II República y la Guerra Civil publicados en los últimos veinte años. Lo mismo pasa respecto a otros períodos o a otros temas, como el de los templarios. 

Respecto a este último asunto, es obligado por rigor histórico, por respeto a la verdad y al honor de los templarios, precisar algunas cuestiones muy actuales sobre aquellos generosos hombres que entregaban su propia vida en defensa de Dios, de los Santos Lugares y de los peregrinos y fieles que allí acudían. En concreto, el buen nombre y fama de los templarios han sido puestos en duda con criterios científicos por algunos historiadores, con criterios sectarios por logias masónicas que pretenden entroncarse con ellos, y con falsos criterios cientifistas y buscando el escándalo (para vender más) por periodistas y falsarios que se autotitulan “investigadores”.

Desde una posición científica, alguna corriente historiográfica de nuestros días se empeña en demostrar la proximidad ideológica (no sólo coyuntural o social, que sería lo lógico y es la realidad histórica) de la Caballería cristiana respecto a la Caballería musulmana y a sus “cofradías”. Pretenden algunos historiadores que ambas se fundieron en un sincretismo religioso y político común, cuyo exponente o ejemplo en el ámbito cristiano serían los Templarios –lo que es una evidente calumnia para aquellos monjes-soldados y un grosero error histórico- y en el ámbito musulmán lo serían los sufíes, a los que se intenta adjudicar no la religión, ideología y cultura que defendían, sino un cierto paganismo ancestral y un extraño sincretismo. Lo curioso es que, aunque esa historiografía la cultivan y debaten eruditos e historiadores serios, sus hipótesis se han tornado supercherías esotéricas y extrañas al pasar al gran público en novelas actuales de ambiente medieval y de gran difusión. 

Desde una posición  sectaria, ciertas logias masónicas pretenden entroncarse con ellos y les consideran sus hermanos masones, eslabones entre su pretendida fundación por Hiram –arquitecto del Templo de Salomón-, los constructores de las catedrales góticas, y las logias aparecidas en el XVIII, de las que proceden. Pero es falso: los expertos saben que la Francmasonería (que sólo el nombre tiene en común con las medievales maçoneries francesas o los gremios españoles) se inició en la Inglaterra de Cromwell (s. XVII) como concesión y contraprestación a los cuantiosos préstamos recibidos de los sefardíes de Ámsterdam, y se dio a conocer en el XVIII con las Constituciones de Andersson: por ello, su objetivo inicial era combatir a España y a la Iglesia Católica. Concretamente, el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, cuyo “Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del grado 33 y último” para España era Ramón Torres Izquierdo en junio de 2005, tiene entre sus rangos –además de los lógicos “caballeros Kadosh”- a grados o jerarquías explícitamente denominados “templarios”, lo que evidencia su intención de vincularse a ellos y considerarlos guardianes de un supuesto secreto sagrado que poseían: el ser miembros y partícipes de la Alianza que en el Sinaí hizo el Gran Arquitecto del Universo, el Dios que había construido cielos y tierra. De ese modo ponen a los templarios como antecesores o miembros primitivos de sus logias, pero también como heterodoxos ajenos a la Iglesia.

Desde una posición pseudocientífica y de propaganda escandalosa, bastantes autores de novelas, como Peter Berling (Los hijos del Grial), Ann Benson (La peste), Jim Hougan (El último merovingio) o Dan Brown (El código Da Vinci), y ensayistas y seudoinvestigadores, como Lynn Picknett y Clive Prince (Las revelaciones de los Templarios), sacan al mercado obras con contenidos falseados que evidencian una campaña anticristiana bien organizada, cuyo origen y abundante financiación es fácil conocer observando sus contenidos y su costosa difusión. Aunque esa campaña mundial de cristofobia no ha dado el fruto esperado, su objeto no es ya atacar a la Iglesia, sino mostrar que Jesucristo no era Dios sino un hombre vulgar y, con ello, destruir los fundamentos mismos del Cristianismo. Por eso, casi todos ellos suelen unir en sus obras la herejía cátara, los reyes merovingios, los templarios, el esotérico Priorato de Sión y unos supuestos hijos de Jesús y la Magdalena. No deja de ser interesante y curioso que en esta fantasía los únicos que quedan bien en esas novelas e “investigaciones” son quienes han creado y pagado tan costosa campaña. Y para que cale hasta en los niños y adolescentes han impulsado trasladar la campaña a un juego de ordenador, algo a lo que los niños y adolescentes se entregan con pasión. En España, Matilde Asensi -Iacobus- y Javier Sierra –La cena secreta, Las tablas templarias- son cómplices de esa superchería, y la difunden; más concretamente, Sierra presenta ambas novelas no como imaginativas y simples novelas, sino como una realidad histórica cuyo “descubrimiento” es el resultado de tres años de investigación. 

Debido a estas tres fuentes de opinión, la imagen que las gentes de hoy tienen de los templarios es negativa y totalmente falsa. Se les ve como hombres ambiciosos (recuérdese la película El reino de los cielos, de Ridley Scott, 2005) que buscaban un conocimiento secreto o esotérico, y el poder y riqueza que supuestamente produce. En el siglo XIV se les calumnió como sodomitas u homosexuales que practicaban el pecado nefando condenado por Dios en la Biblia, y se dijo que se jactaban de ello exhibiéndolo en el sello de la Orden (un caballo montado por dos jinetes), cuando ese sello significaba en realidad que su pobreza inicial era tanta que para desplazarse dos de ellos sólo disponían de un único caballo. En el siglo XX se les ha tratado como arqueólogos codiciosos que buscaban riquezas y secretos bajo las ruinas del Templo de Salomón, al cual se les pretende vincular presentándoles como criptojudíos, cuando la realidad es que el rey latino de Jerusalén les entregó su propio palacio, construido en las ruinas de aquel templo (hoy, la “explanada de las mezquitas”) para edificarse él otro nuevo y de mayor categoría. Recogiendo lo dicho por algún templario bajo tortura en tiempo de su verdugo, Felipe IV el Hermoso de Francia, algunos han creído que ellos pisaban o escupían sobre el crucifijo, que se sodomizaban besando el culo a otros hombres, que adoraban a un ídolo llamado Bafomet, etc.

Todo eso que actualmente se recoge en esas novelas y escritos es falso, y no es sino la forma actual de la secular lucha contra la Iglesia Católica. La verdad es lo que siempre se ha sabido y se ha explicado: eran soldados piadosos que profesaban como monjes, muchos de ellos sacerdotes, que en una época durísima y difícil adquirían destrezas militares para defender espada en mano los Santos Lugares, así como para ayudar y socorrer a los pobres y débiles peregrinos que se atrevían a llegar hasta allí –a pesar de piratas, bandidos y demás peligros del camino- movidos sólo por su fe y su deseo de besar las huellas de Jesús. Al revés que instituciones civiles y religiosas propias del colonialismo europeo del siglo XIX, algunas muy prestigiosas, que en los países afroasiáticos y americanos obtenían productos y bienes con los que cimentar su riqueza, poder y prosperidad en Europa, los Templarios hacían lo contrario: obtener ganancias en Europa para invertirlas en el Próximo Oriente con el fin de asegurar las rutas de peregrinación con castillos y fortalezas, defender a los peregrinos y mantener Palestina en manos cristianas.                                 

Esa fue su grandeza, esos fueron sus objetivos, y por eso llevaban una durísima vida, llena de privaciones y expuestos en todo momento a perderla por Cristo, su divino maestro y modelo. Todo lo demás es calumnia, falsedad y deseo no sólo de ensuciar su memoria, sino atacar y dañar a la Iglesia a la que los templarios pertenecían como monjes devotos y fieles. Nada más; pero, tampoco, nada menos.

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