Cuando el ‘wifi’ va lento

Somos nosotros los primeros, aquí, en este periódico, en despotricar contra las mil degeneraciones que afligen a nuestro tiempo. Nos alzamos contra su pérdida de alma (“Muerte del espíritu”, lo llamó nuestro director en el manifiesto que da nombre a este periódico), nos sublevamos contra su culto a la fealdad y a la vulgaridad, contra  el sinsentido de una vida reducida al mero sobrevivir, contra tantas y tantas miserias (incluidas, de un tiempo a esta parte, también las materiales). Y, sin embargo, ¿cómo no estar de acuerdo, cómo no aplaudir al Carlos Esteban que lanza en este artículo todo un canto de gratitud a nuestro tiempo por los múltiples beneficios —materiales, eso sí— que nos ha aportado.

Hay que hacerlo, hay que agradecérselo; lo cual significa reconocer que nuestro tiempo posee, como Jano, la diosa bifronte, un doble rostro: el de lo mejor y el de lo peor. El de los mejores bienes materiales jamás poseídos, entremezclados con los más ruines males espirituales jamás imaginados. Es esta conjunción la que hace que nuestro tiempo nos resulte tan insoportable. Es ella la que nos desespera, la que nos desgarra al constatar que, si fuéramos espiritualmente tan grandes y poderosos coomo lo somos materialmente, estaríamos bastante cerca de algo que se parecería al paraíso.

 


 

Ayer, en el campo, el wifi me iba muy lento, y me sorprendí despotricando impaciente y con un humor de perros. Sólo un poco después, aprovechando la pausa que me proporcionaba la tecnología insuficiente, caí en la cuenta de que uno de los peores pecados de nuestro tiempo es la ingratitud.

Yo nací y me crié sin wifi, sin ordenadores personales, sin Internet, sin teléfonos móviles, sin microondas. Todas esas innovaciones, como aquellas con las que nací, son milagros brevísimos que en seguida convertimos en el paisaje, casi en una premisa natural, descontada.

Podría haber sido cualquier otra de las innumerables molestias cotidianas que nos acechan a diario y que no hubiéramos considerado tales unos lustros o décadas antes. Podía haber sido un retraso de dos horas en la salida del vuelo que nos llevará al otro lado del mundo por el aire. Imaginen decirle a Marco Polo que su viaje a Khanbalik se iba a retrasar sólo dos horas, de las 20 que iba a durar hoy todo el viaje. Pensaría que hemos enloquecido.

Y no es que hayamos enloquecido; es que hemos olvidado. Se diría que nos movemos en un estado de amnesia de baja intensidad en lo que se refiere a las maravillas que nos rodean a diario: pulsamos un interruptor y la noche se hace día; abrimos un grifo y surge un flujo inagotable y controlado de agua potable en nuestra misma casa; pulsamos unos botones en un aparatito no mucho mayor que una tarjeta y hablamos con alguien que está muy lejos.

Y no decimos «gracias» ni una sola vez. Es como si hubiéramos clasificado mentalmente todos esos avances, que hacen que un obrero del Primer Mundo viva indeciblemente mejor que el Rey Sol, en la categoría de las condiciones naturales, como el aire o el sol.

Polícrates, tirano de Samos, era un hombre extraordinariamente afortunado. Ganaba todas las guerras, prosperaba en todo lo que emprendía y parecía protegido por los dioses. Y eso le tenía profundamente inquieto: A un griego aquello no podía parecerle una bendición, sino un presagio: todo don lleva la etiqueta con el precio, y si no pagaba ninguno, la ley de compensación universal le reservaba uno mucho más amargo. Así que decidió tirar al mar el objeto que más apreciaba, un valiosísimo anillo.

Yo no propongo que arroje su smartphone al río, pero aconsejo una virtud al ciudadano moderno, rodeado a diario de tantos prodigios: la gratitud. La consciencia, cuando menos.

Vivimos en una cultura de la queja, en la que el puesto de mayor prestigio corresponde a la víctima, una inversión tan brutal de lo que ha sido norma en nuestra civilización que acabaremos pagándolo. Porque ese incentivo universal a la protesta hace de la virtud de la gratitud un bien cada día más escaso.

Ni siquiera estoy planteando un ideal estoico, hablo del placer. El secreto para apurar el placer, para magnificarlo, es la humildad y su fruto inevitable, el estupor. Mirar las cosas con el asombro que merecen lleva de manera natural a la gratitud, aunque sea una gratitud de la que no se conozca el destinatario.

Pensándolo bien, ahora me alegro de que el wifi fuera tan lento.

© La Gaceta


 

¿Qué hacer con los “inmigrantes ilegales” (pero no los hay:
los legalizan a todos)?

 

  • ¿Remigrarlos a todos ahí de donde han venido?

  • ¡Oh, no! Ndie les pidió venir, es cierto. Pero… ¡los derechos humanos, los derechos humanos!

  • ¿Remigrar a los más peligrosos y quedarnos con los demás?

  • Da igual. De todos modos es imposible deportar a millones de gentes

 

Son cuestiones decisivas para nuestro futuro
Pero nadie las plantea
¡Nuestra revista, sí!

¿Va a ignorarlo  por sólo 5 € (en PDF)
o 10 € (en papel)?

 

                 

 

¡Échele un ojo!
No se pierda la más
apasionante revista cultural


Más artículos de Carlos Esteban

Suscríbase

Reciba El Manifiesto cada día en su correo

Destacado

Lo más leído

Temas de interés

Compartir este artículo

Confirma tu correo

Para empezar a recibir nuestras actualizaciones y novedades, necesitamos confirmar su dirección de correo electrónico.
📩 Por favor, haga clic en el enlace que le acabamos de enviar a su email.