Todos iguales. Aquí no hay discriminación alguna

En defensa de la discriminación

¡Ay, el maldito igualitarismo! ¡Ay, el dichoso democratismo! ¡Ay, el desventurado buenismo! ¡Ay, la pánfila blandenguería!
No todo vale lo mismo, no todos somos iguales. Pese al igualitarismo que lo funda, el cristianismo también asentó Occidente en el esplendor de lo grande y lo excelso. Por eso, los actuales renacuajos, débiles y resentidos, odian a muerte nuestra civilización.
Pero voces se alzan que, quitándonos las anteojeras, nos abren los ojos.
Aquí encontrarán una.

 


 

Occidente se va a los perros porque hemos dejado de discriminar, porque hemos convertido la discriminación en uno de los pecados capitales de nuestro tiempo. Por eso urge que empecemos a discriminar como locos.

Discrimine mucho, a conciencia y sin remordimientos. Enseñe a sus hijos a discriminar desde pequeños. Exija que discriminen sus profesores, sus médicos, sus jueces y sus gobernantes. Desconfíe de quien presume de no discriminar: acaba de confesarle que ha renunciado a una de las facultades elementales de la inteligencia.

Necesitamos urgentemente más discriminación u Occidente está perdido. Discriminar es distinguir, separar lo verdadero de lo falso, lo hermoso de lo feo, el genio del imbécil, el amigo del enemigo, el vino del vinagre. El idiota no discrimina.

La belleza discrimina contra los feos; la edad, contra los viejos; el talento, contra casi todos. La naturaleza elige uno entre millones de espermatozoides sin publicar siquiera los criterios de selección: hoy no superaría una auditoría DEI.

El amor es todavía peor. Enamorarse consiste en elegir a una persona entre miles de millones y tratarla escandalosamente mejor que a las demás. La amistad es un club elitista cuyos miembros se seleccionan sin convocatoria pública, baremo transparente ni cuota de discapacidad. Nadie parece dispuesto a democratizarlos.

Porque todos discriminamos ferozmente cuando nos importa el resultado. El enemigo del elitismo busca el mejor colegio para su hijo. El apóstol de la igualdad consulta las estrellas del hotel. La militante contra la discriminación selecciona a sus amantes con criterios que harían palidecer a Recursos Humanos. Y nadie, cuando le van a abrir el pecho, pide «un cardiólogo medianamente competente pero representativo de la diversidad de su comunidad autónoma».

Quiere al mejor. Yo también. Así que discrimine. Discrimine entre un hombre admirable y un canalla, entre una obra de arte y una mierda, entre una noticia y propaganda, entre una injusticia y una desgracia, entre una víctima y un profesional del victimismo. Discrimine entre quien sabe y quien aparenta, entre quien le dice la verdad y quien pretende tomarle el pelo. Y discrimine especialmente entre ideas. Empezando por ésta: que discriminar está mal.

© La Gaceta

Artículo relacionado de Sertorio: «La nueva desigualdad»

 

 

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