También sé romperme la boca

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Lo que no sé es callarme. Me jugué la boca con un pronóstico arriesgado sobre las elecciones del 28-A: los resultados serían similares a los comicios andaluces de diciembre pasado. Me equivoqué en dimensión garrafal. Eso me pasa por no hacer caso a las encuestas de Tezanos, como le sucede a la mayoría de los españoles… Aunque, bueno, mejor será decir: como le sucedía a la mayoría de los españoles. Tezanos es un crack, un antipático incomprendido. Y yo un bocazas. Todo en orden.

Huelgan sesudas reflexiones. Sólo cabe una: la gran expectativa de esta convocatoria electoral, VOX, se ha quedado en eso mismo, expectativa. No valen excusas ni cabe echar la culpa de la decepción al “enemigo externo”. El mensaje de VOX ha servido para convencer a mucha gente desencantada del PP y nada más. La consecuencia es evidente: al único partido que han dañado es al PP —cosa que me importa lo mismo que al PP le han importado sus electores durante los últimos 7 años—. Cierto que gobernaban para todos los españoles y no sólo para sus votantes —eso al menos decía Rajoy—; pero lo que no se puede hacer es gobernar para todos los españoles y al gusto de todos los españoles, como pretendían Rajoy, Santamaría y algunos otros magos del buenrollismo. Mejor menos y bien avenidos que esta debacle para el partido de las dos gaviotas.

No valen excusas ni cabe echar la culpa de la decepción al “enemigo externo”. El mensaje de VOX ha servido para convencer a mucha gente desencantada del PP y nada más.

Seguramente el PP se ha ganado a pulso esta caída, una herida que va a sangrar por mucho tiempo. Su cancerígena corrupción interna, su torpeza casi genética para manejarse con soltura en el debate ideológico, su tibia gestión propagandística de la recuperación económica —naturalmente empañada, anulada por casos y más casos de corrupción que enviaban un mensaje perverso: “Mejoramos la economía pero nos cobramos el favor”—; su postura pasmarote en la intervención sobre “el asunto catalán”, con una aplicación del art. 155 de la Constitución ineficaz, acomplejada, pactada hasta el detalle con quienes querían y consiguieron beber del cáliz sin mojarse los labios, dejando intactas las estructuras de propaganda y control mediático del separatismo, entre otros poderes de hecho; y en breve: su desastrosa gobernanza que no ha resuelto ningún problema fundamental de la nación pero ha dinamitado su imagen como partido capaz de ofrecer un futuro estable a los españoles… Todo ello le ha llevado adonde está, y bien merecido tienen que una parte importante de su militancia se haya rebelado a la española, con entusiasmo y a la carga: “¡Santiago!”. No sé si aún tienen tiempo de aprender o si la historia les está mostrando la puerta de salida. En esta delicada cuestión no me juego la boca. Porque no quiero rompérmela otra vez —la boca—.

Lo de VOX es más sencillo: su mensaje no ha calado en la ciudadanía. Sólo han convencido —me repito—, a previamente convencidos respondones, con toda la razón del mundo, ante el marianismo que ni pinchaba ni cortaba y encima se dejaba podar por un incesante desfile de sus dirigentes hacia los tribunales, por lo general acompañados de la Guardia Civil. Pero una cosa es alzarse sin falsos pudores, sin melindres, y proclamar las verdades del “sentido común” y la “extrema necesidad” y otra plantear una alternativa consolidada y viable. Al mensaje “fuerte” de VOX le han faltado contenido y contundencia en lo decisivo: la política social. En ese terreno competían contra expertos, la izquierda de “Prometer y no dar no descompone casa”. Por más que hayan insistido en la bajada de impuestos, la defensa de la familia, la necesidad de recuperar las competencias en educación y sanidad, y todos los etcéteras que quieran, su imagen se ha instalado finalmente en el imaginario colectivo como “el partido de las banderas” y los mítines multitudinarios donde se canta “El novio de la muerte”. Cosa que no me parece mal, desde luego; al contrario: en otro artículo publicado en esta sección les contaba lo bien que lo pasé en el mitin de VOX celebrado en Santa Cruz de Tenerife, un acto que resultó entrañable y emocionante. Lo malo de la emoción es que nos seduce para que confundamos la realidad con nuestros deseos. Y la realidad dice que a muchos muchísimos de nuestros compatriotas les emocionan más otras cosas. La onda expansiva de VOX, por tanto, no ha alcanzado más allá del entorno habitual del centro-derecha de siempre; ese centro-derecha que es más derecha que centro o derecha sin centro ni paños calientes. 

Ahora tienen 24 diputados. Sánchez Dragó les vaticinó 90. Los más optimistas, mayoría absoluta. Ahí estaba —aunque pocos quisieron verlo—, el ejemplo de Podemos para enfriar aquellos tremendos ánimos. De “conquistar los cielos” han pasado, en cuatro años, al “Pedro, no te olvides de nosotros, que somos coleguillas”. De 71 escaños a 42. Inversiones Galapagar está en números rojos.

Decía… Sí, decía que ahora VOX tiene 24 diputados. De cero a veinticuatro no está mal, aunque más ha subido Cs, la denostada “veleta naranja”: 35 escaños arriba, nada menos. Mas, no cunda el pánico. Con 24 diputados se pueden hacer muchas cosas, y a la vuelta de la esquina hay unas elecciones autonómicas, municipales y al Parlamento Europeo. Es razonable pensar que, en mucho o en poco, más importante o menos, van a tener que afrontar gestión en distintas y complicadas áreas institucionales. Será el momento de comprobar esa capacidad necesaria y, a la vista está, inexcusable para quien aspira a convertirse en una alternativa real para todos, especialmente para las clases trabajadoras, la clase media empobrecida y los sectores sociales más débiles. Ese será —ya es—, su momento. Llenar las plazas de toros con rojigualdas es maravilloso. Hacer política todos los días y convencer al resto de compatriotas de que su principal virtud no es abarrotar los espacios públicos, parece el gran reto de VOX. Lo demás es épica, siempre alentadora, siempre vistosa pero de poca sustancia y menos cimiento ante la única gran prueba de verdad: la ley D’Hont.

Con 24 diputados se pueden hacer muchas cosas, y a la vuelta de la esquina hay unas elecciones autonómicas, municipales y al Parlamento Europeo.

Hablando de la ley D`Hont, termino: ni siquiera cabe achacar a este procedimiento tan despiadado la debacle de la “derecha”. Si se hubieran adjudicado los diputados de cada partido por el sistema de proporcionalidad directa, los resultados habrían sido casi idénticos: 149 escaños para PP-Cs-VOX, y los mismos o uno más para el “bloque de izquierdas”. Si echamos cuentas de los nacionalistas vascos y catalanes y su afición a pactar con el PSOE, lejos estaría el cambio a la andaluza. Eso, como dijo Abascal ayer, cuando algunos coreaban su aparición ante la militancia con gritos de “¡Presidente!”, queda para más adelante. O ya veremos.

Hala, a trabajar.     

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