Todos somos Bernardo

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Para el feminismo pop, todos somos Bernardo. Todos los varones, por imperativo insoslayable de nuestra condición de género y, seguramente, por indecente privilegio de cuna, somos agresores, violadores, asesinos de mujeres, maltratadores de niños y unas cuantas porquerías más. Nuestra única posible redención, aunque dificilísima, es constituirnos de propia voluntad en rehenes del pensamiento supraético y las “políticas de igualdad” teorizadas e implementadas por señoras tan sabias, sensatas y ecuánimes como Carmen Calvo Poyatos o Cristina Fallarás.

Esa espeluznante similitud física, como es natural, hace sospechar de inmediato en una sórdida identidad moral; si tu doble es un asesino repugnante, tú no puedes ser buena persona.

Rendidos, entregados, presas de pies y manos nuestras mugrientas conciencias, sólo encontraremos el perdón si suscribimos humildemente bíblicas retahílas de contrición al estilo de las expuestas por Raúl Solís en su célebre artículo Tú también eres el asesino de Laura, publicado en el no menos célebre y edificante digital La Voz del Sur; que digo yo, que si así son los del sur, cómo serán los norteños…

 

Ha querido la naturaleza, además, adornarse en este espantoso asunto con una espectacular metáfora, perfecta para el “Yo Acuso” y absolutamente ilustrativa de la corresponsabilidad de los hombres (de todos los hombres y sólo de los hombres) en el asqueroso asesinato y terrible muerte de la joven licenciada en Bellas Artes: el caníbal Bernardo Montoya tiene un hermano gemelo, llamado Luciano, quien, como es natural, reniega de su antiguo compañero de apartamento intrauterino y dice de él que “es un mal bicho”. Esa espeluznante similitud física, como es natural, hace sospechar de inmediato en una sórdida identidad moral; si tu doble es un asesino repugnante, tú no puedes ser buena persona. Anda el pobre paseando con pañuelo palestino a modo de foulard, exhibiendo el ornamento solidario cual cristiano penitente aferrado a su cruz testimonial de buena fe; anda de cámara en foto renegando de su otro yo criminal, su otra mitad degenerada, su herida en el espejo de la maldad… Camina como si el peso de una culpa que no es suya aunque pertenece a todos (y a él más que a nadie, por minuciosa semejanza con el demonio), hubiese arruinado ya para siempre, para la eternidad de la infamia, su hasta hoy difuso propósito en el mundo. Quizás las intenciones de este hombre, Luciano, eran pasar la vida más o menos tranquilamente, sin dar un sí ni un no y que lo dejasen en paz. Mas el pecado de la sangre (y no me refiero a la sangre de la víctima), ha arruinado para siempre cualquier otro plan que no sea el de servir de mal ejemplo, de doble del servidor del mal, rostro reconocible y aborrecido que encarna lo que todos (y todas) odian: la violencia contra las mujeres, las agresiones sexuales, el maltrato y el asesinato.

 

Sí... la naturaleza es sabia. Ella misma nos ha provisto de un argumento incontestable: todos somos Bernardo o el hermano exacto de Bernardo. Todos los que no somos mujeres, somos hombres. Somos culpables. Sobre todo Luciano, quien soporta la maldición perpetua de no sólo no ser Bernardo sino, encima, no querer ser Bernardo. Y así lo repudia. Y así se condena más hondo en el infierno donde, tarde o temprano, acabaremos todos.

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