Los progres y el fútbol: patriotismo descremado

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Lo más notable de la Eurocopa habrá sido esto: ver a toda la progresía mediática española, esa misma que lleva treinta o cuarenta años zapando sistemáticamente el patriotismo español, convertida ahora en portavoz del orgullo nacional colectivo sobre la plataforma de una camiseta –roja, por supuesto- y los cuantiosos beneficios por derechos de emisión del acontecimiento. Así da gusto ser patriota, ¿verdad?

“No hay mal que por bien no venga”, dirá alguno. No, en absoluto. Este es un patriotismo descremado e inocuo, superficial y efímero: sin consecuencias políticas ni culturales, dura lo que dura un partido de fútbol o de baloncesto y se extingue en el pitido final; tranquiliza a la gente, la pone en fila, y permite al sistema seguir manejando la máquina a su antojo. No va a haber más patria por esto; al contrario, habrá menos: mantendrá la ilusión de que España aún existe mientras, en los despachos del poder, la nación se sigue despedazando en lo político, lo económico y lo cultural, con el aplauso, por supuesto, de los mismos que antes se han forrado con la euforia artificial del fútbol.

Típico ejemplo de alienación colectiva, teledirigida por los magos de la imagen de masas, el espectáculo de la Eurocopa ha funcionado como el medicamento que se da al enfermo terminal en las unidades de cuidados paliativos: alivia el dolor, pero acelera la muerte.

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