Encuentros en México con García Márquez

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Recién llegado al Distrito Federal en 1980, a la tierna edad de 27 años, lo primero que se me ocurrió escribir en la sección cultural de Excélsior, dirigida por Edmundo Valadés, fue un artículo titulado “¿Cómo matar a García Márquez?”. Es bien sabido que todos los nuevos escritores colombianos, aplastados por el genio del Nóbel, lo primero que buscan infructuosamente es matar al padre para tratar de existir.


Pero yo insistí y poco después escribí en la misma sección un texto titulado “Gabo y los godos”, una crítica encendida al maestro por sus supuestas relaciones amistosas con el Partido Conservador, lo que a mí, hijo de liberales de izquierda, era una especie de sacrilegio.


El artículo era tan vindicativo, que el entorno de quien todavía no era Nóbel lo leyó y fui desterrado con la espada del juicio final, mientras el maestro Álvaro Mutis, que me había prometido presentármelo, me decía por teléfono, junto al Suburbia de la Condesa, y en tono de regaño, “te metiste con Gabriel”.


No es fácil ser “una joven promesa de la narrativa colombiana” y a la vez ser desterrado del reino del creador de Macondo. Durante una década, en el exilio, conviví pues con García Márquez en la enorme ciudad que finalmente es la nuestra, sin poder verlo ni tener como otros la unción de su saludo o su presencia magnánima. Una vez lo vi en un homenaje a Jaime García Terrés en el Palacio de Bellas Artes con un traje de lino café claro, flotando sobre las maderas de los añejos pisos de aquel sagrado recinto; en otra ocasión lo vi caminar solo por los largos senderos de la Universidad Nacional Autónoma de México; otra me dio su mano suave de poeta en la presentación de Un Bel Morir de Álvaro Mutis; hasta que al fin, gracias a los oficios del poeta William Ospina, recibí un Cien Años de Soledad dedicado y la invitación a comer.


Un día después el Nóbel pasó por nosotros al Altillo, en la Avenida Universidad donde yo vivía, para llevarnos a comer a un restaurante de Coyoacán. Era técnicamente el primer encuentro con el deificado novelista. Pero cuando ya estábamos adentro del vehículo gris que conducía el escritor, trajeado como siempre con jeans, me preguntó a quemarropa qué tal me había parecido Edipo Alcalde, película que acababa de ser estrenada en la Cineteca y inspirada en una de sus historias.


Como la película me había parecido espantosa, miré aterrorizado a mi amigo Ospina y reflexioné un segundo sobre la respuesta que debía darle, y no dudé: le dije que me había parecido fallida. A lo que él me respondió: “entonces eso es culpa de Sófocles”.


La tarde en ese restaurante de Miguel Ángel de Quevado fue maravillosa al lado de Ospina y del poeta Fernando Herrera, que acaba de ganar el Premio Nacional de Poesía en Colombia. Al calor de una botella de vino blanco Marqués de Cáceres hablamos de todo lo habido y por haber y de sus aventuras en París cuando vivía en la rue de Cujas al lado de Nicolás Guillén y no tenía un peso.


García Márquez es sin duda un defeño total, un chilango (Habitante de México D.F., N. del E.) esencial.  En el DF vivió recién llegado de Estados Unidos en 1961 y trabajó en la calle Córdoba como publicista con amigos como Mutis, Fernando del Paso y Raúl Renán, entre otros. En el DF compartió con Emilio García Riera, Nancy Vicens, Carlos Fuentes, la “Chaneca”, Jomí García Ascot y María Luisa Elío y otros muchos amigos, sin saber que algún día terminaría siendo el abuelo de los nietos de Salvador Elizondo. En el DF escribió Cien años de Soledad, el libro que cambió su vida y las nuestras y en esas calles y en esas avenidas entrañables del DF se siente como en su casa, libre como en ninguna parte y más feliz que en el frío dieciochesco de París, los estiramientos nacionalistas de Barcelona o el hielo clasista de Bogotá.


La última vez que lo vi en la vieja cafetería de la Gandhi hace tres años, llegó como siempre trajeado de pies a cabeza con jeans y como era de esperarse, el fotógrafo Borzelli, que estaba allí por casualidad le tomó una foto con los entrañables meseros de esa cafetería en la que toda la cultura mexicana de las últimas décadas ha realizado sus encuentros. Pese a que una dependienta de la librería lo paró al salir y le revisó los libros para ver si no se había robado alguno, ya todo mundo sabía que él estaba ahí, como el dinosaurio de Monterroso y de todas partes aparecían personas que se le arrodillaban y le pedían un saludo, un autógrafo, un milagro o una bendición, los artesanos le regalaban sus mejores objetos o mercancías y al frente, en la nueva Gandhi, ya se había armado una cola de 300 personas para que les firmara su libros. Allí estuve detrás de él mientras atendía a su público con una felicidad y una dedicación notables. Y al terminar la impresionante ceremonia, se subió al taxi y desapareció hacia su casa en la calle Fuego del Pedregal.


Ese es García Márquez, quien hace parte de la familia de todos los escritores colombianos y mexicanos. Es el tío, el padre y también la Mamá Grande. Pero yo quería ir más allá y por eso logré meterme en el cuarto donde escribió Cien años de Soledad, cerca de Televisa San Ángel, en una casa de dos plantas de clase media que fue su residencia durante los años de vacas flacas e iluminación literaria. Una tarde, con el fotógrafo chileno Jorge Uzón, en busca de fotos para ilustrar la biografía magistral de Dasso Saldivar sobre el Nóbel, Nos metimos a explorar los rincones, pero en especial el estudio de la planta baja, frente al patio trasero, donde el joven de 37 años vio flotar unas sábanas y se inspiró para el inolvidable vuelo celestial de Remedios la Bella. Sentado en ese lugar sentí la felicidad de estar en la Cueva de los Milagros de donde salió una de las obras más fascinantes de todos los tiempos. Al fondo de ese cuarto mágico había abandonado un globo terráqueo para indicar que la literatura y la poesía vuelan sin límites hasta el terreno incesante del relámpago.

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