Derecha, derechas, derechos

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Con el acierto que le caracteriza, el PP ha convertido “su” problema en un auténtico problema nacional. Ahora todo el mundo opina sobre la derecha. ¿Todo el mundo? No nos engañemos: a la mayoría de la gente, incluso a los votantes del PP, ese asunto sólo le suscita cierta hastiada indiferencia. Los problemas del país son otros. Los problemas de la gente son otros. Problemas que el PP, por otro lado, parece estar dejando a un lado para poner toda la atención en “su” problema. La frustración del electorado es inevitable.

Mientras la derecha española se envisca en sus miserias, otras derechas tocan la gloria. En la alcaldía de Roma acaba de entrar Gianni Alemanno, figura señera de la posfascista Alianza Nacional. La prensa progre española ha saludado el hecho como si sobre la Ciudad Eterna se hubiera abatido la sombra ominosa de la peor tiranía. Pero no: simplemente, ha ganado la derecha. Una derecha, eso sí, que no teme decir su nombre ni aceptar cuál es su pasado. Esa derecha, en España, también existe, pero carece de representantes; el PP está en otra cosa.

Hay una porción de la ciudadanía, se esté o no de acuerdo con ella, que tiene derecho a disponer de una representación política que se ajuste a sus convicciones. Llamativamente, en España, por la agobiante hegemonía mediática y cultural de la izquierda, esa porción de la ciudadanía no puede hallar auténticos representantes: como sus convicciones se consideran reprobables, “fachas”, indignas de existir en la plaza pública, sobre esa derecha se lanza un veto sumario, una expresa prohibición de existir. Eso es una anomalía. Tarde o temprano, el tapón reventará.

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