SIC SEMPER TYRANNIS, que en román paladino y para que lo entiendan las víctimas de la LOGSE, significa: “Siempre así con los tiranos”. También debemos precisar que, tratándose de un estudio histórico, cualquier parecido o relación con la actualidad sería mera coincidencia.
La Europa del XVI, desgarrada por guerras de religión y amenazada por el crecimiento imparable del Imperio Otomano, sufrió episodios que negaban con la contundencia de las armas la legitimidad de los gobernantes de aquella era convulsa. Al padre Juan de Mariana (1536-1624), teólogo jesuita español, no le faltaron ocasiones para reflexionar sobre tan difícil objeto: los regicidios de Enrique III y Enrique IV de Francia, la muerte de Guillermo de Orange o los asesinatos jurídicos de Tomás Moro o de Johan van Oldenbarnevelt, eran sólo algunos de los muchos episodios que el erudito pudo conocer a lo largo de su muy dilatada vida. En su obra Del Rey y de la institución real, lo más conocido, sin duda, es la reflexión que sobre la tiranía y los tiranos realizó el venerable teólogo, en especial sobre la espinosa cuestión del tiranicidio. Como estas cosas nunca pierden actualidad, vamos a refrescar algunas de las ideas del teólogo clásico español. Nunca está de más escuchar la viejas palabras que han de volver a sonar.
En la era que vivió el padre Mariana, la monarquía hereditaria, sancionada por la religión y la costumbre, moderada por elementos aristocráticos y populares, se consideraba el modo de gobierno perfecto del Estado. Los regímenes republicanos de Venecia o Génova estaban regidos por los patricios y representaban a la perfección, sobre todo en la Serenísima, la esencia del republicanismo, que es la cooptación del poder entre una élite histórica, identificada con el servicio del bien común durante generaciones. La república democrática sólo era concebible en comunidades muy pequeñas, de gran igualdad social, sin grandes fortunas ni pobrezas infamantes, al estilo de los cantones suizos o de nuestros territorios forales en Guipúzcoa y los valles navarros. Aun así, para Mariana, la democracia es la antítesis de la república, porque los cargos del Estado se distribuyen por igual entre los hombres, “sin distinción de méritos y de clases, cosa por cierto contraria al buen sentido, pues pretende igualarse a los que hizo desiguales la naturaleza o una fuerza superior e irresistible”. La república, según el modelo romano, es el gobierno de los nobles, de los mejores, de los aristoi. Nada que ver con la aguardentosa y chabacana tarasca que en España se nos presentó dos veces como tal.

Pero, para Mariana, no hay peor gobierno que el del tirano, aunque se presente “blando y risueño”, aunque esté inspirado en los mejores principios y tenga buenos comienzos, pues es inevitable que degenere y tome como medida de sus desmanes, “no la utilidad pública, sino su propia utilidad, sus placeres y sus vicios”; que utilice el Estado como instrumento de sus intereses personales y de su disfrute de los privilegios que dan las magistraturas, pero no de sus deberes, en especial de su misión de velar por el bien común. Teme la virtud ajena y es enemigo de los mejores, “busca su apoyo en la intriga, solicita cuidadosamente la amistad de los príncipes extranjeros a fin de estar preparado a todo evento, compra guardias de otros pueblos de quienes por ser bárbaros se fía”. Enemigo de los mejores, llamará a su lado a los peores para mantenerlos bajo su férula y que se conviertan en sumisos ejecutores de sus designios, pues son personas que en un régimen bien ordenado jamás ocuparían una posición tan destacada. La descripción del padre Mariana nos es muy familiar: “…¿para qué hemos de decir más? Trastorna un tirano toda la república, se apodera de todo sin respeto a las leyes, de cuyo imperio cree estar exento; mira más por sí que por la salud del reino, condena a sus ciudadanos a vivir una vida miserable agobiados por toda clase de males, les despoja a todos y cada uno de sus posesiones patrimoniales para dominar solo y señor en las fortunas de todos. Arrebatados al pueblo todos los bienes, ningún mal puede imaginarse que no sea una calamidad para sus súbditos”.

Envanecido por su aparente invulnerabilidad hasta llegar a la hybris, su ceguera acaba perdiendo a quien se cree impune porque no ha encontrado un freno a sus audacias y sólo ha visto sumisión y silencio, cuando no elogios, ante sus crímenes. Mariana justifica incluso la muerte de un rey legítimo de origen, aunque no de ejercicio, como Enrique III de Francia, cuyo peor crimen fue el asesinato del duque de Guisa y del cardenal de Lorena, que, fiados en su palabra, habían acudido a su presencia en Blois. Matar al tirano es una exigencia de la vida de la patria: “No por no poderse reunir los ciudadanos debe faltar en ellos el natural ardor por derribar la servidumbre, vengar las manifiestas e intolerables maldades del príncipe ni reprimir los conatos que tiendan a la ruina de los pueblos, tales como trastornar las religiones y llamar al reino a nuestros enemigos. Nunca creeré que haya obrado mal el que, secundando los deseos públicos, haya atentado en tales circunstancias contra la vida de su príncipe.”
El padre Mariana es militante contra los tiranos y considera inevitable su exterminio, fruto de la virtud ciudadana y del servicio al Estado: “.. el tirano es una bestia fiera y cruel, que adondequiera que vaya, lo devasta, lo saquea, lo incendia todo, haciendo terribles estragos en todas partes con las uñas, con los dientes, con la punta de sus astas. ¿Quién creerá sólo disimulable y no digno de elogio a quien con peligro de su vida trate de redimir a su pueblo de sus formidables garras? ¿Quién que no se han de dirigir todos los tiros contra un monstruo cruel que mientras viva no ha de poner coto a su carnicería? Llamamos cruel, cobarde e impío al que ve maltratada a su madre o a su esposa sin que la socorra; ¿y hemos de sentir que un tirano veje y atormente a su antojo a nuestra patria, a la cual debemos más que a nuestros padres? Lejos de nosotros tanta maldad, lejos de nosotros tanta villanía. Importa poco que vayamos a poner en peligro la riqueza, la salud, la vida; a todo trance hemos de salvar la patria del peligro, a todo trance hemos de salvarla de su ruina”. Así fue siempre en la España de verdad: la de Fuenteovejuna, la de Pedro Crespo, la del Dos de Mayo.




















