Diego Chiaramoni publica en este mismo número un más que interesante artículo cuyas reflexiones, centradas en torno a William Faukner, se pueden extender al conjunto del arte contemporáneo.
Sí, han leído bien los seguidores de EL MANIFIESTO o quienes conocen mis propios escritos. Acabo de infringir por una vez la norma de esta casa consistente en escribir arte contemporáneo con las infamantes comillas con las que aludimos a las mamarrachadas («lo feo en el lugar de lo bello») con las que dicho «arte» trata de escarnecer al arte, al único posible: el que tiene la Belleza por reina y señora. Y Belleza no significa necesariamente lo bonito y armonioso. Belleza es el nombre que damos al gran estremecimiento en el que se abre el mundo y se desvela el ser: tanto el ser de lo armonioso como de lo desgarrado, entrecruzados ambos en medio de la eclosión pletórica de un sentido que, si no se da, hace que todo caiga (valga la redundancia) en el sinsentido.
Ni Faulkner ni otros escritores vanguardistas de las primeras décadas del siglo pasado cayeron en la degeneración feísta en la que otros —más abundantes sobre todo en el campo de la pintura— caerían y siguen cayendo. Ellos todavía no. Por ser, quizás, la primera vez que alguien intentaba una gesta parecida, hay cosas memorables en su descenso a unos abismos en los que tratan de plasmar —dice Chiaramoni hablando de Faulkner— un «sinsentido existencial “lleno de ruido y furia que no significa nada”».
Salta entonces vertiginosa, insidiosa, la pregunta: ¿es posible expresar la nada? Si no se puede decir o significar nada, ¿no sería mejor callarse, como pedía Wittgenstein?
Con otras palabras, ¿se puede escribir, se puede pintar, se puede esculpir, cuando se considera que el mundo no significa nada, y, por consiguiente, la obra que lo plasma, tampoco? ¿Puede haber arte en medio del huracán desatado por semejante nihilismo? Sí puede haberlo, sí lo lograron, al menos parcialmente, los primeros vanguardistas. Ellos —es su mérito— fueron los primeros, no en descubrir el abismo de lo indecible (de una forma u otra, más explícita o más encubierta, el arte lo conoce desde siempre), pero sí fueron los primeros —por algo se los denomina «las vanguardias»— en plasmarlo de la forma más abierta que nunca se ha conocido.

Nos mostraron el abismo, pero se mantuvieron a su borde, consiguieron la proeza de no caerse del todo en él. Entre los escombros de mundo que manifiestan sus obras aún merodean jirones de sentido que se resisten a sucumbir. Luego —he ahí el problema, la catástrofe— vinieron los otros, los que sí se cayeron de lleno y complacidamente, ¡ji, ji, je, je!, ¡ay, qué gracia!, en el despeñadero de la nada.
Tal vez sí, tal vez la vida y el mundo sean un «sinsentido existencial “lleno de ruido y furia que no significa nada”». Supongámoslo, admitámoslo. Pero hay algo que no se debe en modo alguno olvidar. Desde que el arte emprendió su aventura, desde que se abrió el mundo, desde que se inició allá en las cuevas del Paleolítico, la misión primera del arte consiste precisamente en combatir la Nada con todas sus fuerzas, en llenar de sentido, en colmar de plenitud el sinsentido que, sin arte y sin Belleza, sería el mundo.
Tal vez sí, tal vez sea verdad que el hombre vive sumido en un «sinsentido existencial». Tal vez sea esto Verdad. Pero precisamente por ello «tenemos el arte —decía Nietzsche— para no perecer a causa de la Verdad».




















