'NO KINGS'. Nada de reyes, nada de superioridad, de autoridad. Odian el principio mismo de jerarquía, de excelencia. Porque saben que lo excelente no va con ellos. El igualitarismo está enraizado en el corazón mismo de la democracia liberal

Los occidentales… antioccidentales

Ilustremos con una sencilla pregunta lo que nuestro director nos cuenta bajo este paradójico título. Si tan curiosos occidentales se fueran a los países que parecen resultarles tan simpáticos, serían acogidos con alfombras (persas) desplegadas a sus pies. Y, sin embargo, entre quienes apoyan o simpatizan con los regímenes islámicos, ¿cuántos se han ido a lugares tan acogedores? ¿No será que, en realidad, prefieren vivir en su tan repudiado Occidente?
Los males que aquejan a Occidente nosotros, en EL MANIFIESTO, somos los primeros en sufrirlos y combatirlos. Pero entre los males de aquí y los de ahí; entre que el Sistema plutocrático-liberal te coarte con argucias la libertad de expresión, y que, sin argucia alguna, una teocracia te dé de latigazos, te cuelgue de una grúa o separe tu cabeza de su tronco, la verdad es que…

 


 

Vuelan piedras que caen sobre el mismo tejado de quienes las lanzan. Bogando, mal que les pese, en una misma galera, un creciente número de occidentales —izquierdistas unos, derechistas otros— la están tomando contra Occidente. Y aunque a los segundos les moleste la consecuencia, también ellos la están emprendiendo contra la historia, la identidad, la savia misma de esta civilización occidental que, he ahí la paradoja, defienden fervorosamente, o eso parece.

Toda esa gresca antioccidental ha surgido o se ha exacerbado a raíz de la guerra emprendida por Estados Unidos e Israel contra el régimen de los mulas iraníes. Una guerra —así es con todas— se puede ganar o perder, como diría don Perogrullo. Lo que vaya a suceder en la de Irán nadie lo sabe aún. Igual es cierto lo que pretenden algunos; igual se acaba demostrando que Trump se ha dejado llevar por la hybris, por el desenfreno que, cegándolos, ha llevado a la pérdida, a lo largo de la historia, a tantos grandes hombres de Estado (Alejandro, Napoleón, un tal Adolfo…). Pero también puede ser cierto todo lo contrario. Igual Trump sólo  es víctima  de las bravuconadas propias de su estilo, y la coalición americano-israelí (el contubernio «imperial-sionista», lo llaman) es la que acaba victoriosa. Al tiempo.

Pero una cosa es esto, una cosa es discurrir sobre las posibilidades de victoria o de derrota, sobre las razones o sinrazones de haber declarado la guerra, sobre lo adecuado o inadecuado de la estrategia militar y de los objetivos establecidos; y otra cosa muy distinta es que, en la gran confrontación entre el Islam y Occidente, una parte de nuestros mejores hijos —no hablo obviamente ni de los izquierdistas ni de los liberales— tomen partido por uno de los más siniestros regímenes islámicos. Es cierto que no lo alaban ni cantan abiertamente sus loas. A tanto no llegan. Todo lo que hacen, respecto a la teocracia de los ayatolás, es guardar un clamoroso silencio, a veces entrecortado por algún inciso de leve crítica.

Conocemos de sobra, y en EL MANIFIESTO los primeros, todos los males que corroen nuestro  Occidente. Conocemos también los vicios que empañan tanto al Estado de Israel como al de Estados Unidos. Pero sabemos asimismo  dos cosas.

Una, que Israel tiene derecho absoluto a existir y a defenderse de quienes sólo sueñan con que desaparezca del mapa (de nuevo: es cosa distinta que sea adecuado o no, para sus propios intereses, ejercer este derecho con los aguerridos o brutales métodos que emplea).

Y también sabemos otra cosa. Sabemos que, bajo la égida de Donald Trump, Estados Unidos acaba de emprender una revolución mediante la cual ha roto con aspectos determinantes de la política y la ideología (aún imperantes, por lo demás, en casi toda Europa) que hunde y socava nuestro mundo.

Si lo anterior no fuera cierto. Si no se admitiera que Israel tiene derecho a existir y a impedir la posibilidad misma de ser aniquilado por un bombazo atómico. Si tampoco fuera cierto que los Estados Unidos de hoy son un país profundamente distinto, radicalmente opuesto —de ahí la larvada guerra civil que conocen— al de los Biden, Obama, Bush, Clinton y compañía.

Si nada de ello fuera cierto, entonces sí; entonces tendría sentido —sentido lógico al menos— que, cubriéndose las mujeres con negro burka y revistiendo los hombres blanco tocado, nuestros occidentales antioccidentales se lanzaran a apoyar no sólo objetivamente, sino de forma abierta y activa, a quienes anhelan acabar con nuestra civilización.

Occidente no ha esperado, es cierto, a que el islam se lanzara contra él para socavar nuestra gran civilización y hundirla en el nihilismo. Nosotros mismos nos bastamos de sobra para autodestruirnos, y si la invasión islámica puede, con su Gran Reemplazo, acabar étnica y culturalmente con nosotros, ello se debe, en primer lugar, a nuestra propia debilidad y a nuestras ansias de muerte.

Ahora bien, una cosa es esto y otra, muy distinta, incrementar nuestra descomposición tomando, geopolíticamente, partido por el islam. Son dos cosas diferentes, aunque a lo mejor, a lo mejor… tampoco lo son tanto como parece. Igual resulta, hurgando en el fondo del asunto, que la descomposición posmoderna y nihilista, por un lado; y los ataques, por otra parte, de los propios occidentales contra sí mismos son, en realidad, dos fenómenos profundamente ligados entre sí.

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