Lo que Trump enseña a los débiles

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Cambia el signo de los tiempos. ¡Y cómo! De arriba abajo. Lo que un artículo como éste pone en la picota son todos los principios, todo el espíritu constitutivo de la blandenguería democrática, del formalismo leguleyo, de la debilidad, en una palabra, con que la derecha —la liberal, la timorata por esencia; pero también una parte de la derecha radical— encara el poder y la forma de combatir a nuestros enemigos.

 


 

Lo que nos dice Trump

Donald Trump no nos pide que lo amemos, nos obliga a mirar de frente lo que hemos dejado de ser: actores políticos capaces de decidir y asumir el conflicto. Una verdad que Europa se niega a escuchar: la política no es moral aplicada, sino voluntad puesta en práctica. Al liberarse de los marcos impuestos por sus adversarios, el presidente estadounidense nos recuerda que el poder comienza con la definición soberana de sus reglas..

Es natural que, para tranquilizarse, uno mismo se diga que es bueno cuando en realidad es débil. Y es profundamente perverso complacerse en esta falsa bondad forzada. Por último, es malsano querer imponer a los fuertes esta debilidad disfrazada de moral. Ésa es la gran lección de Nietzsche.

Es también lo que nos recuerda Trump en su diálogo con Europa: «Los fuertes hacen lo que pueden, los débiles lo que deben», nos dice Tucídides. ¿Es amable? ¿Es justo? ¿Es inteligente? Son preguntas que, en materia de relaciones internacionales, sólo se plantean los que sufren.

 

El momento schmittiano

Trump nos adentra en un momento schmittiano. Desde hace cincuenta años, la Nueva Derecha comenta, no sin razón, a Carl Schmitt y Julien Freund, reflexiona sobre el decisionismo y la distinción entre amigo y enemigo para rechazar ciertos fundamentos del liberalismo filosófico o jurídico, ya la vez que critica el espíritu leguleyo que ahoga la democracia auténtica y la voluntad política al tiempo que favorece la tiranía del individuo. Trump aplica todo esto. En él es algo instintivo, y para parte de su entorno es incluso algo reflexivo y consciente. A cambio, nos obliga a pensar realmente como schmittianos y a ser coherentes con nosotros mismos.

Pero no lo entendemos. Porque está «loco» y es «grosero». Porque sus métodos son «brutales». Sin embargo, ¿cómo creer que la restauración de la primacía de la política y su autonomía frente a otras «actividades originarias» según Julien Freund (como la economía o la moral) no pueda ser brutal y parecer loca?

Veamos el caso de la ICE (Immigration and Customs Enforcement), la policía encargada de luchar contra la delincuencia transfronteriza y la inmigración ilegal. Desde hace unas semanas, cierta derecha repite sin vergüenza los argumentos de los demócratas estadounidenses: agentes mal formados, violentos, sobrearmados, enmascarados (porque están amenazados en un país donde es fácil conseguir armas, recordémoslo)… Una policía inquietante. Brutal.

La ICE llega incluso —horresco referens— a perseguir y expulsar a los inmigrantes ilegales. Es cierto que obtiene resultados bastante espectaculares, con más de dos millones de expulsiones o salidas voluntarias, cientos de miles de delincuentes detenidos y, por lo tanto, muchas vidas salvadas. Pero a veces, en las fotos o en la televisión, se ve a niños llorando. Y, entre los manifestantes que interfirieron en las operaciones destinadas a detener a delincuentes —algunos de ellos asesinos y pedófilos—, dos ciudadanos estadounidenses murieron en circunstancias lamentables.

No es muy amable. En Europa no haríamos eso, no, señora. Tampoco destruiríamos las embarcaciones de los traficantes de drogas antes de que atracaran y, tal vez, vendieran su carga. Hay que celebrar un juicio, hay normas. Los delincuentes tienen derecho a ser citados y luego puestos en libertad por jueces a los que nadie puede responsabilizar. Los inmigrantes ilegales y los terroristas tienen derecho a permanecer en nuestro país después de un sermón sobre las virtudes de la democracia. ¡No somos norteamericanos!

 

La derecha con las manos limpias

Nosotros, la verdadera derecha inteligente y moral, somos escrupulosos. Tenemos principios y nos negamos a rebajarnos a mostrar violencia, ni siquiera simbólica. Además, nos negamos a deshacer lo que han hecho nuestros adversarios. Mantengámonos puros, mantengamos las manos limpias y sigamos siendo inocentes, ellos no prevalecerán en el Paraíso. Perdamos con honor; o mejor dicho, hagamos un punto de honor de perder.

Ah, claro, si llegáramos al poder… La escuela, la administración, la delincuencia, la inmigración, la economía… Tenemos las soluciones. Pero también valores. Las soluciones se aplicarán, por tanto, respetando las normas jurídicas, mediáticas y morales, aunque estas sean impuestas por otros.

No importa que la izquierda incumpla alegremente estas mismas normas cuando está en el poder y quiere hacernos daño. La izquierda es violenta, mentirosa, injusta. Su indignación es variable. No dijo ni una palabra cuando Obama era el «jefe de deportaciones». No sale a la calle cuando un conservador o un trumpista es asesinado por la policía o por un asesino; incluso se regocija ruidosamente.

La izquierda está organizada y busca sistemáticamente obstaculizar la acción de la derecha. Tiene un proyecto global y lo aplica a marchas forzadas. Si pudiera, ejecutaría a los menos sumisos de nosotros y reeducaría a nuestros hijos en campos; ya lo ha hecho, y la radicalización de su discurso demuestra que no dudaría en volver a hacerlo. Si Trump fracasara, la respuesta sería mucho más terrible que todo lo que la izquierda se permite hacer por ahora.

Y la izquierda siempre reacciona según un criterio sencillo cuando no nos sometemos a sus reglas. Optar por actuar únicamente dentro del marco legal y retórico delimitado principalmente por el adversario no es una prueba de sensatez, sino de sumisión. Es trágico persuadirse de que mostrar buena voluntad, moderación o apertura es una opción que nos permitirá demostrar, con nuestra benevolencia, que el otro está equivocado ya que es más radical; esto equivale a disfrazar la derrota presentándola como una elección.

¿Cómo creer que la remigración será pacífica? ¿Cómo imaginarse que, independientemente de la dureza o la benevolencia que muestre un gobierno de derechas, la izquierda política y mediática no organizará enfrentamientos violentos para impedir la remigración? Se necesitará mucha fuerza para devolver su futuro a los franceses y a los europeos. Y, sin embargo, ya vemos que una parte de la derecha se tambalea a la vista de una acción decidida al otro lado del Atlántico. Si, asustada, combate y deslegitima lo que es necesario allí, ¿de qué lado estará mañana aquí?

 

La voluntad en política

Lo que Trump dice de nosotros es que ya no tenemos voluntad, encorsetados como estamos por principios y apariencias que nos son impuestos. Se multiplican los llamamientos al poder, pero se considera que éste debe seguir siendo siempre mesurado, restringido, controlado. Ahora bien, el poder es ante todo la capacidad de definir de forma autónoma el marco de la acción, de cambiar las reglas para alcanzar los objetivos que nos proponemos. Existe una antinomia formal en aspirar al poder para no exprimirlo en absoluto.

El derecho internacional, por ejemplo, es en gran medida una ficción: no es más que el marco definido por el hegemón en el que se expresa su poder y del que puede emanciparse a su antojo, precisamente porque es a la vez la fuerza normativa (potestas) y el garante (imperium). Es absurdo querer ser capaz de hacer lo que Trump ha hecho con Maduro si es para prohibirse hacerlo. Los medios no existen en la prácticai no hay voluntad de emplearlos; del mismo modo que no hay un proyecto real de poder sin veleidades imperiales.

No se trata de admirar a Trump, de creer que es un salvador, un modelo o, lo que es aún más ridículo, que nos quiere bien. Ningún europeo lúcido puede seguir afirmando tal cosa. En cambio, hay que burlarse de las protestas indignadas de la derecha blandengue ante el trumpismo, esa reacción del burgués conservador honesto que se tapa la nariz ante la voluntad en acción. La propensión a revolcarse en la comodidad moral y la convicción de que somos mejores porque estamos dispuestos a no hacer nada caracterizan tristemente a los derrotados y engañados de la derecha.

Trump no gana en todo, eso es evidente. A veces, incluso daña en lugar de consolidar y reforzar su posición. A veces también retrocede. Pero se atreve, intenta imponerse y avanza. Ejerce el poder como la izquierda, con los mismos límites. La izquierda nunca ha retrocedido más que temporalmente, acumulando victorias por el efecto de trinquete.

La brutalidad de Trump no es más que la cruda realidad de la voluntad apoyada en el poder. No se molesta en fingir para que la píldora sea más fácil de tragar. ¿Qué hace que no hayan hecho sus predecesores? Humillar, explotar y coaccionar a sus socios vasallos, expulsar en masa a los inmigrantes ilegales aunque algunos lloren… Lo que realmente se le reprocha a Trump es haber roto una ilusión, la de que la fuerza y la autoridad debían ser civilizadas y educadas para que los débiles pudieran, al menos, creer que también ellos son un poco fuertes. Es inútil esgrimir un ceremonial que desaparece con el imperio al que servía, como si la forma bastara para mantener la grandeza. La reacción emocional y moral ante Trump es una huida hacia adelante en la impotencia y la salida de la Historia.

 

La moral no hace política

¿Significa esto que hay que abolir las conveniencias y todo lo que hace al hombre civilizado? ¿Abandonar la nobleza, la decencia, la moderación? ¿O que debemos seguir dócilmente y aplaudir a Trump en todo porque es el hombre fuerte del momento? Por supuesto que no. Tampoco se trata de venerar la fuerza excesiva, ciega o tiránica, ni la fuerza por la fuerza, sin freno ni telos.

Pero hay que tomar conciencia del mensaje que Trump nos envía involuntariamente. En primer lugar, muestra la voluntad en acción porque es políticamente capaz, sin verse obstaculizado por la moral de los demás cuando ésta impide hacer lo necesario; se permite hacer, desde la derecha, lo que siempre ha hecho la izquierda. A continuación, afirma que la ética y la estética que defendemos son en sí mismas un marco definido por la fuerza que hemos poseído durante mucho tiempo. La altura moral no bastará para recuperarla. Solo podrá arrojar un velo pudoroso sobre las ruinas.

© Éléments

 

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