Cuenta Raúl del Pozo que, siendo muy joven, llegaba hasta el Café Colón de Madrid para observar cómo César González-Ruano tomaba la pluma mientras las moscas le subían por los dedos amarillentos del tabaco. Esas liturgias profanas, como la de aquellos extranjeros que llegaron una noche hasta la morada de Heráclito para observar el “espectáculo” del pensar, se repiten en la historia y cabalgan entre la curiosidad y la veneración. Si bien el escribir en los cafés parece un arte decimonónico, será el siglo XX, “cambalache, problemático y febril” —como escribió Discépolo en su tango—, aquel que congregue a una verdadera tribu de grafómanos, desde Larra hasta Umbral y desde Machado hasta Aleixandre, pasando por “los Ramones”, que para los que vivimos en clave literaria no son los norteamericanos Joey, Johnny y Dee Dee; sino Valle, Jiménez y de la Serna. Otro tanto ocurre aquí en mi patria, en esta ciudad que ensaya su compás de sístole y diástole entre las brumas del Río de la Plata, donde Roberto Arlt pulía su “cross a la mandíbula” repitiéndonos que el futuro sería nuestro, escribiendo libros y artículos en orgullosa soledad.
En una columna fechada el 20 de enero de 1955 para el periódico Pueblo, fijando su mirada cansada en la madrugada madura de algún Café, César González-Ruano escribía:
Hace poco han barrido y no hay papeles ni colillas en el suelo. Las sillas, que han dormido como extrañas gallinas de pie sobre las mesas, están bien alineadas […] En esta hora prima no hay tertulias ni voces. Los caballeros desayunadores suelen venir uno a uno y cada cual ocupa su mesa, una mesa que no se le reserva, pero que se respeta seriamente. A nadie se le ocurre sentarse con anarquía.
En esta sociedad donde la gente ya no camina, se traslada; donde ya no se congrega, se junta; en esta Babel posmoderna donde los cafés se han convertido en bancos, gimnasios o barberías americanas, aún pueden contemplarse y vivirse aquellas imágenes. El café es como un puerto donde atracan las almas-barcas de los hombres solos. Y se preguntará usted, querido lector, “mi hermano” —como decía Baudelaire—, ¿por qué algunos hombres escribimos en los cafés? Porque en los cafés nos hallamos en compañía y en soledad, porque las paredes de nuestras casas a veces nos expulsan, esas paredes pintadas con el salitre de las lágrimas y las ausencias, aunque soñemos, como soñaba Miguel Hernández, que un día esa misma casa “regresará del llanto adonde fue llevada, con su desierta mesa, con su ruidosa cama”. Escribimos en los cafés porque el rumor de las voces anónimas y el tintineo de las cucharitas sobre las tazas son como acompañantes terapéuticos, y el aroma a café nos trae un perfume de infancia, cuando el miedo al hospital había quedado atrás y mamá volvía a ser mamá, no aquella tirana con gesto adusto en la sala de espera. Hoy proliferan los cafés “vintage” en casas antiguas, que por cuestiones edilicias cuentan con más profundidad que anchura, es decir, uno se mete allí y pierde el contacto con la realidad. Yo creo que a un café no puede faltarle jamás la membrana protoplasmática de los amplios ventanales hacia la calle, porque la luz, la lluvia, las figuras humanas y hasta las palomas comparten con nosotros su vecindad de sangre. Pero el café no solamente es el reducto de nuestra soledad habitada, también es el lugar donde partimos el pan de la palabra, donde discurrimos sobre el logos, que eso es el verdadero diálogo. Porque en el “pantano del café” demoran su vuelo algunas mujeres, como verdaderas “aves migratorias”, como “grullas líricas” —las metáforas son de Umbral, claro—, y uno lee en sus ojos que los propios deseos son ya un archivo de fichas color sepia en el rincón oscuro de una antigua biblioteca. Y llegan también los viejos de siempre. Aquellos que observaron desde su mesa la metanoia del barrio, impotentes ante las arrugas verticales sobre sus rostros, que son, según dicen, las que más denuncian la edad.
Los que escribimos en los cafés contamos con lo imprevisto y nos ganamos el silencio, porque en eso consiste el secreto de la vida. Y un día, cuando nos toque remontar el vuelo final sobre las altas torres en un ocaso anaranjado, alguno dirá: “En esa mesa se sentaba un tipo raro, que miraba por la ventana y volvía al papel, como descifrando una ecuación inmaterial”. Y rodarán nuestros papeles por un empedrado mojado, y se borrará nuestra caligrafía como desaparece el montoncito de azúcar en el vientre negro del café.





















