Cálida visita de S. M. Felipe VI a su 'primo', el Comendador de los Creyentes

La visita

Un recuerdo inútil de nuestra muy lejana infancia era aquella cosa entre aburrida y misteriosa que nuestros mayores llamaban “la visita”. Hoy resulta difícil de explicar, pero se trataba de una institución tradicional de las bisabuelas y tías antañonas, aquellas damas devotas, viudas o condenadas a vestir santos, que te regalaban unos caramelos de La Pajarita y cinco duros de los de Franco, todavía en inmutable y tranquilizador ejercicio de sus funciones (según la venerable abuela de mi amigo Luis María, el único error del Caudillo fue morirse tan joven). Para los niños de los años sesenta y principios de los setenta, se trataba de un ritual iniciático, que cada miércoles o jueves realizaban los más ancianos de la tribu y que en contadas ocasiones, de Pascuas a Ramos, permitía la presencia de menores en su entorno. Hay que recordar que, en aquellos tiempos felices, los niños se iban al cuarto de jugar mientras los mayores hablaban de sus cosas y, siempre, la gente menuda guardaba silencio en presencia de adultos de los de antes, de los de verdad, normalmente vestidos de gris y con un aspecto semejante al de don Santiago Bernabéu, puro incluido. Ahora, cuando los mayores son adolescentes surferos y los niños dan la tabarra sin límite,  todo esto que cuento parece la leyenda de la perdida Atlántida, pero hubo un tiempo en el que las solteronas de virgo consolidado iban a misa y no se derretían en éxtasis de látex; en el que las esposas consideraban tener muchos hijos como una b

Si las visitas iban a casa, también los niños, vetidos con una elegancia que ningún adulto hoy conoce, iban de visita

endición; en el que los hombres no lloraban como damiselas cloróticas; en el que los pueblos, las calles, los parques y los colegios rebosaban de niños nativos; en el que López Ibor atendía a la gente que presentaba síntomas tan inquietantes como dejarse el pelo azul; en el que ir tatuado hasta el colodrillo se consideraba propio de putas y lúmpenes; en el que en la televisión ponían muy buen teatro en Estudio Uno; en el que la edición de un nuevo libro constituía todo un acontecimiento; en el que don Julio Caro Baroja, Cela o don Joaquín Calvo Sotelo eran presencias habituales en los medios; en el que Mariano Medina con un puntero y un mapa de papel predecía un tiempo sin mitologías de cambios climáticos… y en el que España estaba llena de españoles. Sí, soy de los pocos testigos que quedan de aquello. Puedo jurar que todo eso existió y que incluso se dio el raro fenómeno de disfrutar de ministros competentes y con una formación de primer orden, que eran los números uno de su especialidad: en aquella época no existía la inclusión y la palabra “subnormal” era un eufemismo pseudocientífico y no una conditio sine qua non  en las altas esferas de la política y la academia.

Volvamos a la visita; en toda casa bien ordenada había unas tardes en las que las ancianas de la tribu “recibían” en el salón vedado a la infancia, en rotondas patricias llenas de cuadros, libros y un bric-à-brac tan diverso como inverosímil. En aquella fecha señalada, aparecían matriarcas tan arcaicas como las que albergaba el piso decimonónico de nuestros mayores; las novias de Matusalén se sentaban a parlotear cosas nada interesantes mientras la doncella (es un decir) venía con una estrafalaria cofia y un traje negro a servir pastas, bollería, té, café, oporto y hasta coñac para el caso de que existiera algún valetudinario consorte de la señora que ejecutaba la visita, que era una institución profundamente femenina y en la que el achacoso varón, como en las bodas sucede con los mozos, ejercía de triste e indefenso actor de reparto. Cosas de nuestro inoperante patriarcado tradicional. A veces, se llamaba a los niños, debidamente peinados y vestidos, a presentar sus respetos a la arrugada forastera y, a cambio, se podía gozar de un bizcocho de soletilla mojado en oporto o en moscatel, muy empapado, como mandan los cánones; aquello era lo único que merecía la pena en tan aburrido ritual.

“¿Para qué tanto proustiano magdaleneo?” Se preguntará el lector. Pues es que las visitas se han vuelto a poner de moda y las nuevas generaciones se muestran de una inepcia absoluta a la hora de organizarlas como Dios o nuestras bisabuelas mandaban. Lo que una señora con más décadas que Tito Livio y un ama de llaves del Paleozoico eran capaces de montar en un pispás, no lo puede hacer un Gobierno con mil asesores. La tarea no parece muy difícil: se trata de llevar a un tal Philippe de Bourbon, duque de Anjou y roi fainéant de España, a Ceuta. Parece ser que Sánchez, más acostumbrado a los usos sociales de un mozo de sauna o de un palanganero, no parece capaz, seguramente por desconocimiento congénito de los usos tradicionales de las familias decentes, de encontrar un día de visita adecuado para el estafermo dinástico al que hay que sacar de paseo, dado que el último merovingio no sabe valerse por sí mismo y se desorienta en cuanto desembarca del balandro y pone pie en el pantalán. Lo suyo sería preguntar al alcalde de Ceuta qué días recibe.

Una familia de aquéllas

Una vez hecho esto, se mandan las correspondientes tarjetas de visita o, simplemente, se aparece en la fecha señalada. No debe de ser cosa muy difícil  llegar a Ceuta cuando miles de magrebíes se presentan allí sin haber sido invitados por nadie y merodean por la ciudad como Pedro por su casa. Para ponerlo más fácil, se puede embarcar al Capeto en su yate y hacerlo desembarcar en la bella ciudad, africana y españolísima. O si, por lo que sea, el sultán de Marruecos se enfada y eructa un comunicado que hiera la sensibilidad del nieto del Rey Sol, siempre puede recibir al alcalde de Ceuta a bordo de su bergantín estatal o nave de los bergantes. Todo es poco para el bienestar de la Augusta Persona. Tampoco es necesario que le acompañe su regia consorte; hay que evitarle riesgos al único hombre de la familia; ella puede seguir en el gimnasio, musculándose a la moda, à la virago.

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